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Araujo, un reencuentro en mayúsculas

Araujo, junto a sus compañeros en el entrenamiento del Barça

Araujo, junto a sus compañeros en el entrenamiento del Barça / Gorka Urresola

Una sensación de satisfacción recorrió las gradas del estadio Johan Cruyff: el único día del año en el que los jugadores del Barça trabajan a puerta abierta, cerca de la afición que tanto se desvela para seguir a sus futbolistas, siempre es un día especial.

Y no solo por los niños: para muchos adultos, poder ver a jugadores profesionales tan de cerca es casi un lujo. Conviene no olvidar que asistir en directo a un partido del Barça no es fácil para todo el mundo, y que son muchos los que se tienen que conformar con acercarse un día al año al entrenamiento de puertas abiertas. ¿Sería mucho pedir que este tipo de sesiones, que tanto acercan al equipo con su aficionado, pudieran celebrarse al menos un par de veces por temporada?

Si además de esa comunión equipo-profesión, el entrenamiento sirve para asistir al regreso de Ronald Araujo, la satisfacción es doble. El uruguayo tuvo la valentía de pedir un tiempo muerto en un mundo especialmente acelerado, el del fútbol profesional, con un calendario de locos que no suele admite ni un día de respiro. Frente a todos y contra muchos, Araujo se detuvo, pensó y vio claro que su cuerpo y su mente necesitaban un descanso, un periodo de reflexión.

Probablemente aplicó una receta sencilla, pero no demasiado habitual: pararse y volver a la esencia de las cosas. ¿Por qué soy futbolista profesional?, debió de preguntarse. ¿Qué me da y qué me quita mi profesión? ¿Me gustaría dedicarme a otra cosa?

Son preguntas que todos, en mayor o menor medida, nos hemos hecho, aplicadas a nuestro día a día. Araujo no ha debido de ser una excepción.

Sin ánimo de aventurarnos en territorios íntimos o muy personales, es fácil imaginar que Araujo se hizo esas preguntas y encontró respuestas aparentemente básicas, pero muy relevantes. Acudió a la esencia de su profesión: el juego, la diversión, el compañerismo, la capacidad de transmitir unos valores o de hacer felices a miles de personas. Y pensó: quiero volver.