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¿Arabia Saudí no pero Catar sí?

OPINIÓN

Ernest Folch

@ErnestFolch

Es totalmente normal que el anuncio de la Supercopa de España en Arabia Saudí cause controversia e incluso malestar. Arabia Saudí es sin duda uno de los campeones mundiales de la intolerancia, sea hacia la democracia en general, las mujeres o los homosexuales, y en pleno siglo XXI hay ya sapos que son muy difíciles de digerir. 

Quizás el gran defecto del discurso de Rubiales haya sido hablar más de Arabia que de la propia Supercopa: se hubiera entendido mucho mejor que hubiera dicho las cosas tal como son; es decir, que la Supercopa se va a Arabia no para salvar Arabia sino para salvar al fútbol español. Es decir, se va a Arabia por el mismo motivo por el que se van las cosas, sean torneos o personas: por dinero. Al carecer de sinceridad, la explicación se ha debilitado.

Críticas salvajes

Dicho esto, sorprende el entusiasmo con el que articulistas, tertulianos y opinadores se han lanzado a criticar salvajemente el exilio de la Supercopa en Arabia, como si fuera la primera vez que colisionan los derechos humanos con el fútbol o el deporte.

Es cierto que en la vulneración de los derechos fundamentales hay muchas gradaciones, ¿pero alguien dice algo cuando se celebran amistosos en China? ¿Se ha investigado en qué fábricas de la India, Vietnam o Laos se producen las camisetas de los principales clubes o selecciones del mundo? ¿Sabemos qué parte del dinero nuevo que ha entrado en la Premier, en la Ligue 1 o incluso en LaLiga en los últimos años proviene de países reconocidos como dictaduras?

Sorprende, en definitiva, que se sea tan exigente con la Supercopa, pero tan laxo con, por ejemplo, el Mundial 2020 en Catar, un país que tampoco se distingue precisamente por ser un campeón de los derechos humanos.

En su momento, el Barça ya intentó edulcorar el patrocinio indigerible de Catar con discursos inverosímiles diciendo, por ejemplo, cosas tan surrealistas como que el acuerdo favorecía “la investigación de las células madre”. A menudo el problema no son los hechos sino los discursos absurdos que intentan justificarlos. Y también las llamativas incoherencias: ¿Arabia no pero Catar sí? Ay.

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