Opinión | Tuercebotas
Aplaudir a Santi Cazorla
Hay ‘hooligans’ y hay futboleros: a los segundos, esta temporada se les reconocerá porque ovacionarán en cada campo al gran centrocampista del Oviedo

El centrocampista del Oviedo Santi Cazorla celebra su gol de penalti / EFE
En Oviedo, las camisetas del Real Oviedo estaban agotadas a mediados de este mes de agosto. Es una zamarra muy bonita, del azul histórico del club ovetense, con un elegante cuello tipo polo y un patrón cuadriculado muy sutil como textura. Busqué la de Santi Cazorla, pero no hubo suerte: la fiebre por el regreso del equipo a Primera División había agotado las existencias de camisetas. Ver por la tele el debut del Real Oviedo ante el Real Madrid en el Carlos Tartiere solo puede alegrar a los futboleros: los carbayones son de esos equipos que forman parte del tejido sentimental del fútbol español.
Hay hooligans, forofos de equipos, y luego hay aficionados al fútbol. Conviene no confundirlos. A los forofos, en realidad, no les suele gustar el fútbol: solo disfrutan y padecen, se ilusionan y se enfadan por su equipo, por su escudo. Son incapaces de apreciar el juego, de reconocer las virtudes del adversario, de analizar de forma crítica a su equipo y, mucho menos, de comentar con cierta ecuanimidad las decisiones arbitrales. En lo que al fútbol se refiere, siempre están instalados en la barra del bar: vociferantes, maximalistas, maniqueos. Sus jugadores son los mejores cuando ganan y los peores cuando pierden; a menudo lo uno y lo otro varias veces en un mismo partido. Los adversarios, para ellos, son solo figurantes, un mal necesario. Ver un partido con ellos es un martirio. Durante 90 minutos son tóxicos. En sus facetas más violentas, nutren las filas de las barras bravas y de los tuiteros insultantes. En su vertiente más habitual, son simplemente insoportables.
De vacaciones en estadios
Los aficionados al fútbol también tienen colores. Jalean a sus equipos, no se pierden ni un partido, pero su mirada no está teñida por los colores de su camiseta. Son de esos que ven un Francia-Alemania en la Eurocopa sin importarles cuántos jugadores militen en su equipo y que se levantan de madrugada para ver la final de la Copa América. En vacaciones, se les reconoce porque arrastran a sus familias de peregrinaje por los estadios de fútbol de sus destinos vacacionales, templos (Wembley, Anfield, San Siro, Allianz Arena…) en los que han sufrido y, a veces, triunfado. Se compran gorras del St. Pauli, camisetas de entrenamiento del Sporting de Lisboa y calcetines del Mágico González.
Algunos de ellos, afortunados, hasta pudieron comprarse la camiseta del Oviedo de Cazorla. Esta temporada, en los estadios españoles, se les reconocerá porque se levantarán de su asiento, ovacionarán al gran centrocampista español y, después, animarán a su equipo.
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