'Amarrateguis', aléjense de los niños

'Amarrateguis', aléjense de los niños

Ivan San Antonio
Premià de Dalt y La Fàbrica
Premià de Dalt y La Fàbrica | sport

Cuando los alumnos del Marià Manent, una escuela de Premià de Dalt, un pequeño pueblo del Maresme, salen al parque a jugar a fútbol en ‘La Fàbrica’ (así llaman los premianenses a la plaza del ayuntamiento), su mayor obsesión es tener la pelota y marcar goles. Todos, absolutamente todos y sin excepción alguna, quieren marcar y las dos porterías, una puerta lateral del propio consistorio y un espacio entre dos columnas, siempre es rotativa.

Es fácil imaginar que esta estampa callejera, de la que Johan Cruyff estaba enamorado desde su niñez y de ahí su proyecto con las ‘Cruyff courts’, se repite en miles de pueblos alrededor del mundo. Solo existe una ley inquebrantable en el fútbol: ganar es disfrutar marcando más goles que tu rival porque en la calle no hay prórrogas ni tandas de penaltis ni monedas al aire. Es el todo o nada revolucionario que dicta el balón.

Los niños y las niñas (aún demasiado pocas) juegan por placer y quienes hoy son profesionales del fútbol recuerdan con nostalgia esos tiempos en los que pasaban las horas pegado a un balón sin mayor presión que hacer más goles que su amigo. Ni dinero, ni prensa, ni aficionados, ni patrocinadores, ni árbitros, ni prácticamente reglas. Parafraseando a Kase.o, era “el fútbol y yo, historia de un amor loco”.

A medida que los adultos corrompen el alma de esos seres vivos y únicos y los convierten en robots del sistema, la magia se acaba. Se deshace poco a poco en una telaraña de normas, obligaciones, responsabilidades y demás mierda adulta que convierte el mundo en un lugar peor para vivir. No hay nada como volver a ‘La Fàbrica’ y ser un niño otra vez.

Por eso quienes cada día alejan un poco a más a esos profesionales que un día fueron niños de su infancia deben ser repudiados. No, no vale todo. Los talibanes de la victoria solo hablan de ganar, ganar y ganar, como si ganar lo fuera todo, como si ganar fuera lo único válido, como si pasárselo bien jugando a fútbol no fuera necesario y sano. Simeone, lamentablemente, no es la prehistoria, es el presente de quienes basan en la destrucción su forma de vida con el único argumento de que aquí lo único que vale es ganar. Que se queden una y mil victorias todos aquellos ‘amarrateguis’ que alejan a los niños del balón. Que quienes construyen su juego con el objetivo de no perder dejen en paz a quienes sonríen en las calles y desean seguir haciéndolo con el paso de los años. No es Guardiola, ni Xavi, ni el Barça, ni Cruyff, Bielsa o Klopp. No es eso. Ganar está sobrevalorado porque el fútbol no va de ganar, va de disfrutar como un niño.