Opinión
Aleixandri, el gran 'sí' del 2025

Laia Aleixandri besa el escudo del Barça / FCB
No todos los fichajes hacen ruido al llegar, pero algunos terminan marcando el curso. El de Laia Aleixandri es uno de ellos. En un año en el que el Barça apenas ha podido moverse en el mercado, ella ha sido el único refuerzo real —más allá de la irrupción de las jóvenes— y, paradójicamente, uno de los más determinantes. Llegó libre, con paciencia infinita, después de años esperando el momento adecuado y rechazando ofertas de otros clubes. Vino cuando pudo… y cuando el Barça la necesitó.
Aceptó volver sin promesas de titularidad, sin un rol predefinido, con una única idea clara: sumar. Y lo ha hecho en todas las acepciones del verbo. En el campo, adaptándose a lo que el equipo requería en cada momento; y fuera de él, convirtiéndose en una figura de peso en el vestuario. Está en casa, sí, con su gente, pero aun así insiste en que lo que más está disfrutando es entrenar y competir cada día con el Barça. Esa frase lo dice todo.
Arrancó el curso como central, rotando con Irene Paredes y Mapi León, en una competencia interna tan exigente como sana. Más adelante, la lesión de Patri Guijarro obligó a mover piezas y Aleixandri asumió su rol con una naturalidad pasmosa. En partidos de máxima exigencia, tanto en Liga —incluido el clásico ante el Real Madrid— como en Champions, consiguió que la ausencia de una futbolista imprescindible se notara lo mínimo. Y cuando tocó volver al eje de la defensa, respondió con la misma solvencia.
Su papel recuerda mucho al que Eric Garcia tiene para Hansi Flick en el masculino: una jugadora comodín, fiable, inteligente tácticamente y siempre preparada. Para Pere Romeu es una bendición. Para el staff, un ejemplo de paciencia, trabajo silencioso y capacidad de adaptación.
Pero la historia no estaría completa sin la parte emocional. Laia es muy culé. Circula desde hace años un vídeo suyo cantando el himno con su padre en el Camp Nou, y ella misma ha explicado que en casa querían que tuviera el carné de socia antes que el DNI. Por eso, cada vez que marca —ya suma cuatro goles— besa el escudo con una verdad que no necesita relato añadido. También por eso se la ve feliz en el Palau viendo al Barça de basket con su padre, cerrando círculos.
Se marchó de niña porque aquí no había hueco. Creció lejos, primero en el Atlético de Madrid y luego en el Manchester City, hasta estar preparada para volver. El Barça tenía ganas de recuperarla. Ella, de regresar. Y el resultado no puede ser más elocuente. Aleixandri —y la Masia— son, sin discusión, el gran sí del 2025
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