Opinión
Además de cese, ¿dimisiones?

Joan Peñarroya fue cesado como técnico del Barça / Valentí Enrich
Qué fácil es cargarse al débil. Peñarroya nunca debería haber sido el elegido para comandar el banquillo. Después de echar a Saras y precipitarse con la apuesta de Grimau, la elección del técnico fue un error más. El baloncesto del Barça vive en una continua crisis estructural. Calificar el inicio de temporada de mala racha es ser benevolente.
Lo que estamos viviendo es el resultado de la falta de fe institucional, de una gestión comandada por incapaces y de un cúmulo de decisiones que han vaciado de ambición a la sección. Ese empieza a ser el legado de esta junta directiva, pero no sólo de ella. Cuando se pierde el alma, el problema no es el técnico. Porque no empieza en el banco, allí es donde acaba. Empecemos por la cúspide de la pirámide.
Joan Laporta no cree en las secciones. Las tolera, pero nunca las impulsará. Se las cargaría, pero sabe que es políticamente incorrecto. Las ahoga y no las protege. Su apuesta empieza y acaba en el fútbol. Por debajo de él, no hay visión, no hay proyecto. Hay abandono.
Qué decir de Josep Cubells, el encargado del marrón del jefe. Una figura invisible y desaparecido. Su papel ha sido el de un delegado administrativo más que el de un dirigente con criterio. No ha sabido proteger el baloncesto azulgrana ante los desapegos presidenciales. La sección necesita liderazgo, no un terrateniente que no luche por ella.
Y llegamos al caso, para mí, más doloroso: Juan Carlos Navarro. Un mito en la pista, que, desde los despachos, ha demostrado que no puede ser ni general, ni mánager. Nunca emborronará su mayúscula carrera, pero estaría mucho mejor en casa; este final, seguro que no es el deseado.
Su trayectoria como gestor roza el despropósito: plantillas desequilibradas, apuestas fallidas, falta de lectura del mercado por desconocimiento o por ausencia de trabajo. Navarro está allí para liquidar su último contrato y, para todos, incluso él, hubiera sido mejor que se lo abonaran sin necesidad de pedirle nada a cambio (la herencia de Barto). Ha dirigido como jugaba: confiando en la inspiración. Pero la gestión no admite talento sin método.
El resultado está a la vista: un equipo sin identidad y sin dirección. Un Palau cada vez más resignado a ver un proyecto perdedor año tras año. Hoy no hay plan, ni rumbo, ni orgullo. Marcos, Norris o Fall explican, por sí solos, el desmadre en la confección de la plantilla de este año.
Por eso, más allá de un cese puntual, lo que el Barça necesita es una sacudida sísmica. Reconozcan los errores. Hagan una limpia profunda. Porque el baloncesto del Barça no puede ser el campo de prácticas de un presidente desafecto, un directivo ausente y un ídolo desorientado.
Cubells debería dar un paso al lado y dejar sitio a quien entienda el valor cultural y emocional del baloncesto en la historia azulgrana. Y Navarro, un mito del club, debería reconocer que su sitio estaba en la cancha, pero no tiene presente, ni futuro en el ámbito de la gestión. Pero tranquilos, han traído a Jordi Trias, a no sé qué, ¿quizás él lo arregla? Una broma más.
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