Sarrià supuso el fin de la inocencia de Brasil

Jordi Blanco

Cinco de julio. 1982. Sarrià. La Brasil de Telé Santana y la Italia de Enzo Bearzot se enfrentan en el partido definitivo. Polonia espera en el Camp Nou al vencedor del duelo que cierra el tercer grupo, que ya ha apartado a la Argentina de Maradona, y el legendario campo del Espanyol se apresta a vivir uno de los choques más legendarios de la Copa del Mundo.

Hace ahora 32 años el fútbol brasileño vivió una de sus tardes más tristes. Como la Holanda de 1974, la canarinha convirtió el Mundial de España en una fiesta y los Zico, Socrates, Falcao, Cerezo o Dirceu se presentaron al duelo tras alegrar el torneo en Sevilla y aplastar después a la campeona. Les bastaba un empate ante Italia, pero su grandeza, alegría y ambición les acabó condenando.

"¿Perdimos? peor para el fútbol" recordó al cabo de los años Sócrates. "Si aquellos jugadores no levantaron la Copa... Peor para la Copa" afirmó el fallecido periodista brasileño Armando Nogueira, presente en todos los Mundiales desde 1954 y hasta 2006. El fútbol, quizá, perdió. Pero más perdió Brasil a partir de ahí.

Aquel cinco de julio de 1982 comenzó a morir el 'Jogo bonito'. Brasil, eclipsada en 1974 por la 'Naranja mecánica' y derrumbada en 1978 por el 'arreglo' entre Argentina y Perú, renegó de su leyenda, de su grandeza a partir de los tres goles de Paolo Rossi en Sarrià.

Aunque mantuvo disimuladamente sus esencias en 1986, a partir del Mundial de Italia se impuso ese nuevo orden que a la magia de los cracks, al carácter de su fútbol, ya anteponía la posición y el músculo. Futbolistas como Mazinho, Dunga, Mauro Silva, Emerson o Gilberto Silva ganaron en presencia a los Raí, Giovanni, Denilson o Juninho.

Y así hasta hoy. "Ganar es lo que importa" proclamó el jueves Scolari. "Jugar bien no es una garantía para ganar. Es el camino para hacerlo" le han contestado desde varios frentes en una frase que recuerda uno de los principios del Guardiola que aterrizó en 2008 en el banquillo del Barça.

Pero a Brasil todo esto ya no parece ocuparle. Perdió su inocencia una tarde de 1982 frente a Italia en Sarrià. Su fútbol, su arte, a pesar de todo, se mantiene en la memoria. Aunque Rossi, Cabrini, Scirea, Altobelli y la aguerrida Azzur.

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