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SPORT & MONEY

¿Sale a cuenta organizar un Mundial?

Los beneficios económicos directos no compensan el enorme coste de organización, pero su verdadero valor está en otros factores

El presidente de la FIFA, Gianni Infantino (d), sostiene la Copa del Mundo y dialoga con el presidente de Estados Unidos, Donald Trump. EFE/EPA/ANNABELLE GORDON / POOL

El presidente de la FIFA, Gianni Infantino (d), sostiene la Copa del Mundo y dialoga con el presidente de Estados Unidos, Donald Trump. EFE/EPA/ANNABELLE GORDON / POOL / ANNABELLE GORDON / POOL

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Jordi Pérez de Arenaza

Jordi Pérez de Arenaza

El Mundial 2026 ya ha arrancado, y, como en cada edición, durante varias semanas el fútbol se convierte en el centro del planeta. Detrás del espectáculo y la emoción, hay una realidad que se repite edición tras edición: el Mundial es un acontecimiento enorme en impacto, pero muy difícil de justificar en términos puramente económicos.

Los datos históricos ayudan a entenderlo. Tal y como explica 'Finance Football", desde Inglaterra 1966, solo un Mundial ha logrado cerrar con beneficios. Rusia 2018 registró un pequeño superávit de unos 240 millones de dólares, una excepción dentro de una tendencia general de pérdidas o desequilibrios financieros.

En el otro extremo está el caso de Japón y Corea del Sur 2002, considerado uno de los ejemplos más claros de déficit. Según los estudios económicos, aquel torneo dejó unas pérdidas cercanas a los -4.810 millones de dólares a precios actuales, pese a generar alrededor de 2.000 millones en ingresos por entradas, derechos televisivos y patrocinios. La conclusión es evidente: incluso con ingresos multimillonarios, el coste estructural del evento fue mucho mayor.

Pero reducir el Mundial solo a sus cifras sería quedarse corto. Su impacto va mucho más allá del dinero directo. Los países anfitriones no solo organizan un torneo, sino que se convierten en el centro del mundo durante un mes. La exposición mediática es global, las imágenes del país se retransmiten a miles de millones de espectadores y la marca nacional se proyecta como nunca en el escenario internacional.

Ese efecto explica por qué algunos países están dispuestos a asumir inversiones tan elevadas, como ocurrió en el caso de Qatar 2022, donde el gasto total se estimó en unos 220.000 millones de dólares. Una cifra que no se entiende únicamente como coste económico, sino como parte de una estrategia de transformación nacional: infraestructuras, modernización urbana, transporte y una ambición clara de reposicionamiento global.

Gianni Infantino, presidente de la FIFA.

Gianni Infantino, presidente de la FIFA. / Darryl Dyck/Canadian Press via Z / DPA

A nivel político y diplomático, el Mundial funciona como una herramienta de visibilidad y prestigio. Para muchos estados, especialmente aquellos con menor presencia histórica en el escenario internacional, el torneo representa una oportunidad única para reforzar su imagen, atraer atención global y situarse en el mapa de una forma distinta.

Incluso con ese valor añadido, la lógica económica sigue siendo clara: los ingresos directos del torneo —entradas, televisión y patrocinadores— rara vez compensan los enormes costes de organización. El resultado es un patrón repetido en el tiempo: balances ajustados, déficits importantes en muchos casos y solo excepciones puntuales en positivo.

En definitiva, el Mundial es mucho más que un evento deportivo. Es una combinación de negocio, política, imagen y estrategia global. Y aunque los números muestran que el desembolso suele ser mayor que los ingresos, su verdadero peso no se mide solo en dinero, sino en la capacidad de cada país para proyectarse ante el mundo durante unas semanas en las que todo el planeta mira en la misma dirección.