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MUNDIAL

El plan japonés (fallido) para sobrevivir en Sudáfrica: vivir en las alturas y comer hígado de vaca a diario

Takashi Okada llevó la preparación nipona al extremo para enfrentarse al reto de disputar el primer (y único) Mundial en suelo africano

La selección de Japón, durante el Mundial de Sudáfrica 2010

La selección de Japón, durante el Mundial de Sudáfrica 2010 / EFE

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Àlex Calaff

Àlex Calaff

Japón se preparó para el Mundial de 2010, el de Sudáfrica, como si sus jugadores tuvieran que escalar el Everest, cronómetro en mano y sin bombona de oxígeno. Bromas a un lado, el plan que preparó Takeshi Okada para hacer historia en el primer Mundial (y único, hasta ahora) celebrado en África cuidaba hasta el más mínimo detalle. Para él, el fútbol no acababa en la pizarra; más bien, ese era el punto de partida. Y lo demostró al mando del conjunto nipón.

Okada hizo los deberes y, además de los posibles rivales, estudió todo el país. Uno de los aspectos que más le preocupaba era la geografía. Varias sedes estaban situadas a una altitud considerable, con Johannesburgo como símbolo de ese Mundial jugado, literalmente, por encima de lo habitual.

Dos semanas en la montaña

Para muchas selecciones, la altura era un rival peligroso y a tener en cuenta. Pero Japón lo llevó al extremo. El plan pasaba por convivir con la altitud antes del torneo para acostumbrar el cuerpo de cara al Mundial. Fue terminar el sorteo de grupos y sedes y coger un avión rumbo a Suiza.

Endo, durante el partido ante Dinamarca en el Mundial de Sudáfrica 2010

Endo, durante el partido ante Dinamarca en el Mundial de Sudáfrica 2010 / FIFA+

A Japón le tocaba jugar en Bloemfontein (a 1.400 metros sobre el nivel del mar) y en Rustenburg (a 1.500 metros). Motivo suficiente a los ojos de Okada para marcharse con su equipo dos semanas a tierras helvéticas, concretamente a la pequeña ciudad de Saas-Fee, ubicada a 1.800 metros de altura.

Una dieta estricta

Pero el proyecto de Okada tenía dos patas: faltaba el hígado de vaca, preparado de distintas maneras para que la rutina no terminara pareciendo un castigo medieval. En este sentido, usó la alimentación para asegurar una buena ingesta de hierro en sus jugadores, fundamental para ayudar al cuerpo a producir hemoglobina, la proteína que transporta el oxígeno por la sangre. En ciudades elevadas, donde el aire ofrece menos facilidades, tener una buena maquinaria interna para mover oxígeno no parece precisamente una mala idea.

Entonces empezó el Mundial. Japón debutó ante Camerún y ganó 1-0. Después llegó Países Bajos: derrota por 0-1, su única derrota en tiempo reglamentario en todo el campeonato. Y ante Dinamarca no fallaron: victoria 3-1 y a octavos. Acababan de igualar su mejor participación en una Copa del Mundo tras “su” Mundial de 2002.

Honda, durante el partido ante Camerún en el Mundial de Sudáfrica

Honda, durante el partido ante Camerún en el Mundial de Sudáfrica / FIFA+

La ruta mundialista llevó a Japón a Pretoria para medirse a Paraguay en octavos. Pretoria, situada a unos 1.200 metros de altitud, parecía encajar en laboratorio de los japoneses. El partido fue cerrado y no se resolvió hasta los penaltis, con final feliz para los sudamericanos. Una derrota triste, pero más que digna. Allí fue donde falló el plan, que, visto el papel de Japón en la historia del torneo, no estuvo nada mal. Ahora habrá que ver cómo han preparado la edición de 2026.

Eso sí, antes de cerrar el artículo, les pido que hagan memoria. Como bien saben, el único partido que perdió Japón en el tiempo reglamentario de aquel Mundial, el de Sudáfrica, fue ante Holanda. ¿Pero saben dónde se disputó? En Durban, una ciudad prácticamente al nivel del mar. Caprichos del destino, supongo.