Nigeria: El harakiri de Zubizarreta y Clemente

Josep Coves

El equipo, muy al estilo del técnico, es decir rudimentario y sin brillo, con predominio de la fuerza física al talento y con la habitual presencia de algún central en el centro del campo, había conseguido la clasificación con holgura y el optimismo rezumaba por los cuatro costados.

Tan bien se presentaba esa Copa del Mundo, que muchos veían como la oportunidad de España de instalarse entre los grandes, que el mismísimo Clemente advirtió que “el día 12 estaré trabajando, preparando la final”, al responder por lo que iba a hacer el último día de competición.

De preparar la final, nada de nada. El seleccionador ya llevaba días en Barakaldo, con un ejército de detractores detrás (ya no solo los del grupo Prisa), por culpa del bajo rendimiento de la Roja. En una puesta en escena calamitosa, con derrota por 3-2 contra Nigeria y un extrañísimo gol de Lawal que Zubizarreta aún debe estar preguntándose  por dónde se le coló el balón, España hipotecó gran parte de sus opciones. Las podría haber recuperado en el siguiente partido, pero el empate sin goles frente a Paraguay la dejó a merced de terceros, haciendo inútil la goleada por 6-1 que le endosó a Bulgaria en su despedida.

La selección española se fue de vuelta a casa sin haber alcanzado siquiera la fase de octavos de final y con el convencimiento de que se había cerrado un ciclo. Así lo entendió Zubizarreta, que anunció que no volvería a jugar con la Roja, pero no así Clemente, que se mantuvo contra viento y marea en el cargo hasta que en septiembre de ese mismo año otro 3-2, esta vez contra Chipre en la fase de clasificación para la Eurocopa 2000, le costó la destitución. 

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