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Las favelas del Mundial

Cuando el pasado día 20 de febrero la Presidenta de Brasil, Dilma Roussef, inauguró oficialmente el estadio Beira Rio de Porto Alegre, todo fueron sonrisas, abrazos y piropos hacia esta sede que albergará cuatro partidos del Mundial 2014. Acompañada por un también sonriente Ronaldo Nazario de Lima, Rousseff dio la bendición a un estadio que no solo todavía no está terminado, sino que ya tenía que estar a punto hace... casi un año.

Joan Valls

La demora de los trabajos y de las remodelaciones afecta a nueve de las doce edificaciones futbolísticas que reunirán a partir del próximo 12 de junio a las estrellas más rutilantes del planeta futbol. Pero este no es el único contratiempo que apuñala la salud del Mundial de Brasil. A los problemas logísticos y de infraestructura se añadió en Porto Alegre otro grave contratiempo: la FIFA comunicó al club propietario del estadio, es decir al Internacional, que debía hacerse cargo del coste de las estructuras temporales necesarias –sala de prensa y barracones de seguridad y de apoyo– para la celebración del campeonato. La 'broma' escendía a unos diez millones de euros, cifra imposible e inalcanzable para las arcas del Internacional. El máximo mandatario de la entidad, Giovanni Luigi, rugió con severidad al verse contra las cuerdas: “Corremos el riesgo de que nuestra sede quede fuera del campeonato”. Para evitar esta humillante bofetada que podía convertir en anfitrión mundialista a Gremio, el gran rival de la ciudad, Luigi recurrió al Gobierno. Su jugada le salió redonda y cuando el Secretario General de la FIFA, Jerome Valcke, inspeccionó hace pocos días el estadio ‘Beira Rio’, le comunicó oficialmente que el Gobierno de Rio Grande del Sur, en conjunto con el Ayuntamiento de Porto Alegre, había dictaminado un proyecto de ley que posibilitaba la captación de recursos privados para habilitar las estructuras necesarias que, una vez finalizado el Mundial, pasarán a ser permanentes para albergar instituciones públicas y gubernamentales de la Ciudad. Luigi había superado la prueba.

EL PUEBLO EN CONTRA

Pero lo que no parece nada fácil de solucionar es la ola de protestas que ha originado la celebración del Campeonato del Mundo en Brasil. El país entero se ha levantado en una unánime protesta, lanzando su ira contra un Gobierno que está gastando millones de reales en la preparación del evento, mientras el país se balancea entre el hambre, la inseguridad ciudadana y la precariedad estructural y hospitalaria. Y no han sido protestas tímidas y puntuales, sino que la rabia ha sido global, estrepitosa e incluso violenta. El país, sumido en huelgas radicales –correos, transportes, policia federal, salud pública- , ha salido a la calle con toda su contudencia. Las constantes manifestaciones no han sido pacíficas y silenciosas, sino todo lo contrario. Porto Alegre es uno de los puntales de referencia a la hora de enfrentarse al poder gubernamental. Enfrentamientos con las fuerzas del orden, quema de mobiliario ciudadado y la aparición de peligrosos encapuchados pertenecientes al grupo ‘Black Block’ han teñido de polémica el día a día de ésta y de otras ciudades brasileñas. Al grito de “nao vai ter Copa” (no va a haber Copa) la multitud intenta mostrar al mundo no sólo su enfado, sino también la falta de recursos del país y la precaria calidad de vida de sus habitantes. “El Gobierno –comentaba un manifestante- quiere hacer creer que Brasil es alegría y carnaval. Pero la realidad es que es un país con muchas carencias y con abismales diferencias sociales”. Las últimas semanas de junio del pasado año fueron extremamente violentas. Desde entonces, las protestas no han cesado y todo parece indicar que se incrementarán durante la celebración del Mundial. Ante este incontrolable diluvio de contrariedades, la presidenta Dilma Rousseff no se ha mordido la lengua: “Si es necesario –declaró hace pocos días- movilizaremos a las Fuerzas Armadas, porque quienes matan, hieren o destruyen patrimonio público son criminales y así deben ser tratados”. Declaración contundente con una obsesión principal: transmitir tranquilidad al exterior e intentar garantizar la seguridad de los aficionados, selecciones y personalidades que visiten el país durante la celebración de este polémico Mundial.

ENTRE FAVELAS

Como bien decía el manifestante en el párrafo anterior, Brasil no solo es alegria y carnaval. Hoy, Brasil muestra su cara demacrada en unas calles oscuras, maltrechas, rodeadas de una combinación de edificios de lujo y ‘vilas’ repletas de favelas. En Porto Alegre, este contraste se ha acentuado todavía más en los barrios donde han emergido los dos nuevos estadios futuristas. El ‘Arena do Gremio’ –donde no rodará el balón mundialista– se erige como una nave espacial aterrizada entre ruinas y chabolas. El estadio ‘Beira Rio’, peinado por blancas y relucientes cubiertas, mece su esplendor a orillas del rio Guaíba, circundado por la extrema pobreza que atenaza esta parte del barrio de Praia de Belas. La inseguridad, los robos y la violencia se incrementa a un ritmo similar con el que crece la inflación y la impotència de los más necesitados que sobreviven exentos de infraestructura, con el alma ahogada por esas nuevas construcciones en las cuales van a exhibirse los futbolistas más poderosos y millonarios del planeta. Faltan 70 días para que Brasil y Croacia inauguren el torneo en Sao Paulo. Quedan 70 días de locura para acabar las obras, acondicionar las sedes y preparar los accesos a los estadios, muchos de ellos todavía patas arriba. Queda todavía un trecho y, hasta ahora, se han invertido casi tres mil millones de Euros en las doce instalaciones mundialistas, una cifra que supera el gasto que hicieron en su momento  Sudáfrica y Alemania... juntas.

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