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Loeb, el gimnasta que se dejó seducir por el olor de la gasolina

Aunque lo intentó, Sébastien Loeb siempre tuvo claro que no iba a seguir los pasos deportivos de su padre, gimnasta reconvertido en profesor de educación física en Francia. Aun así, dedicó los primeros años de su infancia a una disciplina que le reportó los primeros éxitos en competiciones regionales y que le enseñó el valor de la disciplina y del sacrificio. Dos características sobre las que ha basado sus ocho títulos mundiales. También sobre un talento que no siempre supo como canalizar.

Laura Ramos

El olor a gasolina empezó a dominar la vida de Sébastien en el instituto y con su primer sueldo de electricista se compró un Renault Super5GT que 'destrozó' con solo 2.500 kilómetros. Lo suyo era la adrenalina del riesgo y la velocidad al límite, emociones que no le aportaba la gimnasia. Su padre, sin embargo, no lo entendió así y le retiró su apoyo obligando a Loeb a buscarse la vida por su cuenta. Lo intentó sin éxito en 1995 y 1996 a través del programa de promoción 'Rally Jeune' y en 1997 logró, con un equipo de su ciudad, participar en los primeros rallies regionales. Ganó algunos, destrozó diversos coches e incluso coqueteó con las dos ruedas hasta que en 2000 Citroën le dio una oportunidad al incorporarlo a su estructura. En dos años se proclamó campeón de Francia y del Mundo Júnior y en 2002 se estrenó en el Mundial junto a Carlos Sainz y Colin McRae. Con ellos acabó de depurar su técnica, agudizó su siempre atenta mirada y visualizó cual debía ser su próximo objetivo: ser campeón del mundo. Rozó el sueño en 2003 ¿fue segundo por detrás de Petter Solberg y Subaru¿, pero no perdonó en 2004. La historia desde entonces es bien conocida por todos: ocho temporadas consecutivas celebrando con corona de laurel y champán el título de campeón.

Este año, sin embargo, se ha dejado entrever cierto aire de cambio. Por primera vez se ha encontrado con un compañero contestario que ha amenazado su dominio en Citroën, que se vio obligado a `cortarle las alas¿ a Ogier para evitar que Loeb tuviera problemas en su intento de liderar en solitario la clasificación de pilotos más laureados de la historia. Hasta la semana pasada compartía ese honor con el alemán Schumacher. El francés, ambicioso por naturaleza, no tiene intención de parar. Es especialista en encontrar nuevos retos y con Ogier en la retaguardia seguro que será capaz de encontrarlos para la que podría ser su última temporada en el Mundial, que no en el mundo del automovilismo. Tiene proyectos y tanto física como mentalmente está preparado para seguir en la alta competición a pesar de sus 38 años. Por algo, es el mejor de todos los tiempos.

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