Análisis
Francia, ¿el nuevo enfermo de Europa? La política más inestable, el peor crédito
La Asamblea Nacional está dividida en tres bloques irreconciliables y Macron no consigue pactar candidatos de consenso
La deuda es el 112% del PIB y el déficit, el doble de lo permitido por la UE
De momento, las protestas sociales no han conseguido la tracción de los 'chalecos amarillos'

El presidente francés, Emmanuel Macron, junto a su propuesto como primer ministro, Sebastien Lecornu / Benoit Tessier / AP

Francia está enferma, aquejada de tres dolencias al mismo tiempo. Una, política, con Gobiernos que implosionan nada más ser creados. Otra, económica, con una deuda siempre creciente, un déficit público disparado y una de las peores calidades crediticias de los países europeos. La última, un malestar social, un hartazgo generalizado que provoca protestas infinitas en las calles y que ya tiene un nombre, el dégagisme, (de dégager, en argot, pirarse) el equivalente al “que se vayan todos” de Argentina.
El vecino del norte está sometido a una inestabilidad política difícil de sostener. La vida media de un primer ministro galo se mide en meses: en orden temporal inverso, nueve para François Bayrou; tres para Michel Barnier; siete para Gabriel Attal; 20 para Élisabeth Borne. El recién nombrado Sébastien Lecornu no debería desembalar las cajas de su nuevo despacho, porque solo los suyos le quieren en la Asamblea Nacional.
El presidente de la República, Emmanuel Macron, ha propuesto siete jefes de Gobierno en sus ocho años en el Elíseo. España ha tenido uno solo en ese mismo período, Pedro Sánchez, con un Parlamento igual o más dividido que el francés.
¿Qué está llevando al país galo a la neurosis política?
Herida autoinfligida de Macron
Se trata, en gran medida, de una herida autoinfligida de Macron. En las elecciones europeas de junio de 2024, su partido sacó muy malos resultados y la ultraderecha de Marine Le Pen arrasó. Él intentó hacer como Pedro Sánchez un año antes, tomar la iniciativa política y dar un golpe de efecto convocando por sorpresa nuevas elecciones, apunta Guillermo Fernández Vázquez, doctor en ciencia política y profesor en la universidad Carlos III de Madrid. Dar la voz a las masas para que decidieran si querían a los ultraderechistas o a él en el Gobierno. No salió del todo bien.
La derecha clásica francesa, Los Republicanos, el partido de Charles de Gaulle, implosionó, dividida entre los que querían aliarse con la ultraderecha de Le Pen y su primer ministro, Jordan Bardella, y los que no. El presidente de Los Republicanos, Éric Ciotti, llegó a encerrarse en la sede para que no le expulsaran sus propios compañeros.
La Asamblea Nacional se pulverizó en 12 partidos con fuerzas equivalentes. Había tres grupos ideológicos casi simétricos en escaños: la ultraderecha de Agrupamiento Nacional; los centristas (formados por los liberales de Horizon y Movimiento Demócrata, los de Renacimiento de Macron y los Republicanos tradicionales) y una coalición de centroizquierda e izquierda radical formada a marchas forzadas para los comicios (el Nuevo Frente Popular).
“Macron es como un diabético que sigue tomando dulces. La oposición le acusa de hacer política soberbia. El Nuevo Frente Popular fue el que más votos obtuvo en las elecciones, pero Macron rechazó proponer como primer ministro a ninguno de los candidatos de los partidos que lo componen: ni de los socialistas ni de los ecologistas ni a una candidata de consenso que le propusieron, Lucie Castets”, explica el profesor. “Nombró un hombre de la derecha tradicional, Michel Barnier. Los grupos de izquierda lo ve como una provocación y una traición de Macron al “pacto republicano” [cordón sanitario a la ultraderecha organizado con la izquierda para frenar a los de Le Pen] sellado en las elecciones”.

Archivo - Asamblea Nacional de Francia. / VINCENT ISORE / ZUMA PRESS / CONTACTOPHOTO
A los tres meses cae Barnier, tras proponer un presupuesto de austeridad para frenar la deuda pública (114% del PIB) y el déficit (5,4%, casi el doble del 3% permitido por la Unión Europea). El siguiente, Bayrou, insiste en presentar unas cuentas de recortes aún sabiendo que no va a contar con el apoyo de la cámara. “No es solo un error de Macron, es que el bloque central no ha tomado conciencia de que no es el mayoritario en el Parlamento ni en la sociedad”, analiza Fernández, también autor de "Qué hacer con la extrema derecha en Europa. El caso del Frente Nacional" (Lengua de Trapo)”. Ni la ultraderecha ni el bloque de izquierda quieren imponer más recortes mientras no se suban los impuestos a los más ricos. Al fin y al cabo, Macron lleva con recetas liberales desde 2017 y el país no ha encontrado el oremus. “Lo presenta todo como que no hay alternativa, pero no tiene la cintura para pactar”.
Sorpasso de la vergüenza a Italia
La política explosiva solía ser cosa de italianos. El país de la bota ha tenido más de sesenta gobiernos en sus ocho décadas de democracia. Algunos primeros ministros también duraban solo unos meses. Ahora es cosa de franceses.
La ironía es que el sistema de la V República fue modificado en el año 2000 precisamente para evitar la inestabilidad. Se redujo el mandato del presidente de siete a cinco años, para sincronizarlo con las elecciones a la Asamblea Nacional, también cada cinco años, y evitar las disfunciones de la llamada “cohabitación”, en la que el color político del jefe de Estado y de Gobierno no coinciden. Aquellas complicaciones de la cohabitación parecen un mal menor comparadas con la actual parálisis política.
Pero otra enfermedad que corroe a la V República: el mal económico. En Francia se habla del “sorpasso de la vergüenza”. Esta misma semana, la prima de riesgo de la deuda gala (que la compara con la alemana, considerada la más fiable) ha superado por momentos a la italiana, la griega o la española. Es la primera vez que ocurre en la historia, salvo una ocasión puntual en 1998. Uno de los mitos fundacionales de la política económica europea, la fiabilidad de Francia, se pone en entredicho en los mercados.
Los macronistas proponen recortes de 40.000 millones de euros, al tiempo que se mantienen los recortes de impuestos, rechazan subir las tasas a los más ricos y se insiste en llegar al 5% del PIB de gasto en Defensa. La pinza entre la izquierda y la extrema derecha se oponen, porque ambas saben que su base no quiere recortes sino apoyo estatal, del campo a la ciudad.
La enfermedad social
Los últimos años han estado marcados por movimientos duros de protesta en las calles, especialmente del movimiento de los chalecos amarillos, de corte rural, que paralizó el país en 2018.
Ahora, la izquierda radical de Jean Luc Mélenchon está tratando de replicar algo similar en las calles contra el obstinación de Macron. Esta semana, ha habido disturbios por todo el país, coincidiendo con el nombramiento como nuevo primer ministro de Sébastien Lecornu, un macronista: bloqueos de carreteras, incendios y choques con la policía con más de 300 detenidos.
“Francia es como un paciente que tiene diversas patologías. Cuando intenta curar una, se le agrava la otra, porque no puede tratar todas a la vez”, concluye Fernández. “No sé si es el enfermo más enfermo de la UE, pero sí que lo que está enfermo es el propio sistema político de la V República en Francia [de 1958]”.
Y ahora, ¿qué? Lo más probable es que la sangría solo termine con las elecciones presidenciales de 2017. Macron, de profesión banquero, quería hacer de Francia una “start up nation”, fomentar la iniciativa privada, reducir impuestos, controlar el gasto público. No lo ha conseguido, en parte por su incapacidad crónica para pactar. Solo un nuevo presidente puede traer lo que el galo no ha conseguido: estabilidad política y depuración económica. En principio, esa no será Marine Le Pen, ya que no puede presentarse tras su inhabilitación por desvío de fondos públicos y salvo sorpresa en la apelación. Jordan Bardella, su delfín, no parece concitar los mismos apoyos. Más allá no hay nadie a la vista, al menos por el momento.
Vía: El Periódico
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