La opinión de Sergio Pérez
El enfado de David Navarro y el instinto asesino del Real Zaragoza
El equipo aragonés dio un claro paso atrás en Córdoba pero otra derrota del Cádiz, que suma 4 puntos de 42, mantiene abiertas las esperanzas de salvación

Un aficionado levanta una bufanda con la inscripción 'Sí se puede' en el Ibercaja Estadio. / JAIME GALINDO
Sergio Pérez
Cuando se produjo el primer relevo en el banquillo del Real Zaragoza de esta temporada, descontando el de Emilio Larraz, al que por decencia hay que excluir de toda esta historia, la llegada de Rubén Sellés tardó en producir un efecto numérico contante y sonante, que puntos es lo que siempre ha necesitado el equipo este año y continúa necesitando cuando solo restan siete jornadas para el final del campeonato.
Gabi Fernández había dejado un Real Zaragoza muy mal herido, con solo una victoria en nueve partidos y un bagaje terrible: seis puntos. A Sellés le costó saborear las mieles del triunfo porque cayó consecutivamente en Gijón, contra el Deportivo y frente al Granada. Luego recogió lo que había sembrado: una visible mejoría futbolística en el plano táctico y posicional. Así fue como luego derrotó al Huesca, al Eibar y al Leganés de una tacada y el equipo cogió aire para llevarlo con vida hasta el mercado de invierno.
La intervención en enero de la SAD añadió piezas importantes en la plantilla, alguna diferencial como Rober y otras de gran utilidad como El Yamiq o Larios. Con más material humano, Sellés no encontró la manera de encajar el puzzle y el puzzle se le rompió en las manos. Acabó destituido y, con él, Txema Indias, el director deportivo.
La apuesta de David Navarro fue todo un bálsamo. A la primera dio en el clavo. La victoria de Cádiz abrió la puerta a las demás y también provocó que en el horizonte volviera a verse un halo de luz. De pronto, el Real Zaragoza mejoró sensiblemente su funcionamiento colectivo, su seguridad defensiva, su capacidad para producir volumen ofensivo y su actitud. Hubo un día, antes de jugar contra el Mirandés, que el equipo estuvo en disposición de terminar la jornada a solo un punto de la zona de la permanencia. Toda una resurrección.
Sin embargo, cuanto todo parecía indicar que sí, volvió a ser que no. El Real Zaragoza jugó un gran partido en Leganés pero solo logró empatar. Contra el Mirandés empezó a perder parte de la identidad implantada por Navarro: el equipo se descosió, dejó muchos espacios y, a pesar de generar llegadas en gran número, se expuso a perder, que fue lo que sucedió.
En Córdoba, el paso atrás fue todavía peor: la salida al campo no fue la mejor, el ritmo no igualó al del rival, la fragilidad fue importante y el encuentro, el peor de la era de Navarro. El entrenador se enfadó con toda la razón. La Segunda División es muy traicionera. Las apariencias engañan más que en ninguna otra categoría. Esta idiosincrasia le ha perjudicado al Real Zaragoza, que con todo aún no está descendido. El Cádiz ha encallado por completo: suma 4 puntos de los últimos 42. El horizonte puede cambiar otra vez en dos jornadas con una buena combinación de resultados. Para eso hay que ganar. Y tener instinto asesino con una presa tan débil como el Cádiz a tiro.