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Entrevista SPORT | Txell Feixas Periodista, autora de Aliades

Txell Feixas, sobre la revolución del baloncesto en Shatila: "Los que antes las encerraban en casa, ahora les acompañan a los entrenamientos"

La corresponsal de TV3 ha publicado en catalán su novela Aliades (Capitán Swing) con la que da voz al proyecto de Majdi, una historia de esperanza en la crudeza del campo de refugiados de Shatila

Txell Feixas, autora de Aliades

Txell Feixas, autora de Aliades / Javi Ferrándiz

Cristina Moreno

Cristina Moreno

Txell Feixas (Mediona, 1979), corresponsal de TV3 en Oriente Próximo, ha desarrollado gran parte de su carrera cubriendo zonas de conflicto, buscando historias como la que cuenta en Aliadas (Capitán Swing). La esperanza de un padre, un equipo de baloncesto femenino y la lucha por la supervivencia se entrelazan en este relato que tiene como hilo conductor el campo de refugiados de Shatila (Líbano).

En un conocido café de una céntrica calle de Barcelona, Feixas atendió a SPORT con la promesa de convencernos de que Aliadas es una historia de esperanza, de creer en el futuro pese a las dificultades.

La historia del equipo surge del amor de un padre a su hija, pero ¿cómo surge Aliadas?

Aliadas surge de una de las primeras crónicas que hago como corresponsal en Oriente Medio. Surge del cambio de mirada que hago de un sitio que en un inicio percibo como muy oscuro y que luego tengo que rectificar mi primera impresión porque tiene más luz de la que pensaba. Esto es el campo de personas refugiadas de Shatila, en los suburbios de Beirut.

Todo lo que sabía de este enclave era relacionado con el genocidio que hubo hace más de 40 años, las violencias estructurales de este sitio, que es como una cárcel a cielo abierto. Todo eso hizo que yo entrase en Shatila pensando que sería un infierno. Y aunque es un sitio durísimo, me sorprendió ver la dignidad de su gente y las resistencias que habían construido para sobrevivir a su rutina diaria. Aliadas me pareció un gran título porque habla de las alianzas de niñas pequeñitas que juegan o intentan jugar a baloncesto en el quinto piso de un edificio con otras chicas ya mayores que lo hacen en una media pista porque no les dan más por el hecho de ser mujeres. Habla de las alianzas entre madres e hijas, entre vecinas, entre mujeres y hombres agentes de cambio también en esta lucha feminista. En definitiva, las alianzas para sobrevivir a un campo como Shatila, de ahí, porque es femenino y feminista.

Portada de Aliades

Portada de Aliades / Capitán Swing

¿Cómo conoces a Majdi y a su equipo?

Primero me aproximo a Majdi como el entrenador de ese equipo de básquet femenino que me han dicho que hay en Shatila y que es pionero no solo en el campo ni en Beirut, sino en todo el país. Lo bueno que tiene ser corresponsal es que puedes volver y regresar. Entonces empiezo a tirar del hilo y descubro que esa invención de un equipo de básquet en la quinta planta nace para poder apartar a su hija de violencias muy estructurales de ese campo. Y es ahí donde la historia me golpea tanto como me enamora y necesito saber más y no dejarlo en una crónica.

¿Cómo ayuda el deporte en una sociedad tan estructurada y cerrada como esta a ejercer de palanca de cambio? 

El deporte en esta región y en Shatila también es un instrumento de empoderamiento. Al final convierten a la cancha en un espacio de seguridad y de refugio. Una de las escenas que más me impactó y con la que empiezo el libro es cuando presencié a la nueva generación de niñas que juegan en este equipo. En este intento de pista de básquet en la quinta planta ellas aprendían no solo a jugar a baloncesto, que ya era importante, sino simplemente a jugar. No sabían hacerlo.

El efecto transformador, inspirador del deporte en este punto del mundo es increíble, pero además Majdi lo vincula a la educación y hace más poderoso este artefacto porque les condiciona el entreno a estudiar.

El equipo empieza con chicas palestinas, pero después se unen sirias, se unen libanesas. ¿Son el ejemplo de que es posible vivir en comunión todos? 

A través del deporte y del baloncesto en este caso se hace comunidad, un proyecto inclusivo que es difícil de encontrar en la gente más adulta. Majdi consigue que dos realidades como Beirut y Shatila, que están de lado y no se miren, al final se enlacen. Y consigue que chicas palestinas y sirias que no saldrían nunca del campo lo hagan para ir a buscar a sus amigas libanesas y que otras libanesas que no pisarían nunca Shatila lo hagan buscando la iniciativa deportiva que en su ciudad no encuentran.

Y lo hacen también porque son niños, al final, y no tienen los tabús, los estereotipos, el marco mental, falsas creencias que tienen muchos de sus padres, a quien también el hecho de que ellas jueguen juntas los obliga a interactuar.

Las chicas del equipo, durante un entrenamiento

Las chicas del equipo, durante un entrenamiento / Txell Feixas

¿Dirías que ese es el gran logro del proyecto? 

El mayor logro de este equipo de baloncesto, primero, es el cambio en las niñas, que les abre una ventana de futuro que de otra manera sería imposible, ya solo por el hecho que puedan ser quienes quieren ser y vean Shatila de otra forma y puedan viajar en el mundo como hacen. Pueden descubrir otras realidades de las que tendrían en su casa. Pero para mí lo más impactante también es que no solo se cambia a las niñas a través del deporte, también a sus padres. Los que antes les prohibían jugar o las encerraban en casa o las amenazaban. Estos mismos padres ahora los ves acompañándolas a los entrenos, emocionándose cuando ven que sus niñas meten una canasta o incluso acompañándolas al aeropuerto cuando se van a jugar a otro país que las ha invitado.

Es como una mancha de aceite que empieza por cambiar la mentalidad de una niña y acaba cambiando a sus padres

Es como una mancha de aceite que empieza por cambiar la mentalidad de una niña y acaba cambiando a sus padres, sus padres a un vecindario, un vecindario a la comunidad y a todo el campo de Shatila. Y no solo en eso, sino en la percepción también de lo que es el matrimonio infantil, que es el eje de este libro al final.

¿Cómo describirías Shatila? 

Shatila es poco más de un kilómetro cuadrado donde casi 30.000 personas viven condenadas a no salir de ahí ni ser nadie porque así les ahoga el gobierno libanés. Es difícil de explicar porque Shatila no es el típico campo de refugiados, es una miniciudad dentro de una gran ciudad. Hay cuatro generaciones de palestinos, algunos de ellos nacidos en Shatila, que no tendrán nunca la nacionalidad libanesa, no les permiten comprar ninguna propiedad fuera del campo, tienen prohibidas casi 40 profesiones, con lo cual están condenados a ser siempre refugiados que no podrán volver nunca a su tierra, en principio, ahora mismo.

Yo siempre hablo de tres capas. Hay el paisaje físico, que es como una favela brasilera que crece hacia arriba, laberíntica, con callejuelas muy pequeñas, estrechas, donde no caben dos personas, con cableado eléctrico que cuelga, donde niños mueren electrocutados a menudo cuando llueve, porque juegan con eso como si fueran cuerdas. No hay luz buena parte del día. Solo generadores y algunas horas. No hay agua potable, solo salada y se duchan con ella.

El paisaje humano es también incompleto, porque están los hombres y los niños, pero las mujeres cuestan de ver y cuando lo haces, pues siempre están determinadas a hacer algo.

El cableado inunda Shatila

El cableado inunda Shatila / Txell Feixas

Valiente es una palabra recurrente en el libro, pero como de valiente tiene que ser una periodista mujer occidental, para escribir esta historia, para adentrarse en esta pequeña Palestina?

La valentía la tienen que tener las chicas del campo, pero en mi caso yo no me considero valiente, básicamente porque los conceptos de mujer y de valentía, cuando me fui de corresponsal a Oriente Medio me saltaron por los aires, el concepto explotó en todos los sentidos, porque ni las mujeres que yo tenía en mi marco mental han acabado siendo las que he conocido en Oriente, ni el concepto de valentía que yo tenía aquí ha acabado siendo el que me he encontrado allí. Allí las valentías más potentes son las heroicidades cotidianas. Cuando te das cuenta de eso, de que ser niña, coger una pelota, botarla, algo que aquí tenemos totalmente normalizado, acarrea tantos problemas no tan lejos, te das cuenta que valientes son ellas. Intento ser lo más fiel a lo que he visto y me han contado, porque tengo una relación emocional con algunos protagonistas, y me costaba pensar cómo plantearía el libro, cómo podrían reaccionar ellos al leerlo, porque no quería hacer un libro de buenos y malos, un libro que juzgara, y al final pensé que mostrar las luces y sombras en las personas como también lo tenía Shatila era la solución.

El equipo de Magdi, durante un viaje a España, en Fontajau

El equipo de Magdi, durante un viaje a España, en Fontajau / ABACUS/Roser Gamonal

Hablas en algún momento del libro de intentar poner distancia emocional, ¿lo has conseguido? 

No he querido nunca poner distancia emocional, porque a mí lo que me apasiona de mi trabajo es acercarme a la gente, a la que entrevisto o de la que quiero conocer más su vida. He acabado comprobando con los años, pero sobre todo con este libro, que cuando dejaba de ser periodista y era más persona, era más la Txell mujer, todo fluía mucho mejor. 

Han pasado unos años desde que escribiste esta historia ¿qué ha sido del equipo de Majdi, de su hija, de su mujer, y del resto?

Majdi sigue luchando para sostener un proyecto, ahora muy complicado, con una guerra que ha azotado también el Líbano, con bombardeos de Israel al lado del campo, Razan, su hija, pasó un tiempo en Siria con su madre en los peores momentos del conflicto pero ahora, pese a las diferencias con su padre, ha vuelto y da clases de inglés en su centro. Aunque no se lo digan a menudo, yo creo que se quieren y se admiran más de lo que se reconocen. Luego hay una nueva generación ya jugando a ser niña, aprendiendo a ser niña.