CICLISMO
Miguel Induráin (61 años), leyenda del ciclismo: "Todo empezó cuando mi padre decidió sustituir la bicicleta que me habían robado"
El navarro recuerda cómo el robo de su primera bicicleta terminó convirtiéndose en el inicio de una carrera irrepetible, marcada por cinco Tours de Francia consecutivos y unas condiciones físicas fuera de lo común

Miguel Induráin, en su etapa en Banesto / ARCHIVO
Miguel Induráin es una de las mayores leyendas del deporte español, pero su historia comenzó muy lejos de los focos. Antes de conquistar cinco Tours de Francia consecutivos y convertirse en uno de los mejores ciclistas de todos los tiempos, fue un niño que creció en Villava (Navarra), ayudando a su padre en la huerta familiar y aprendiendo desde muy pequeño el valor del esfuerzo y la constancia.

Miguel Indurain: "El ciclismo se ha convertido en una forma de hacer turismo" / Sport
Uno de los episodios que marcó su infancia llegó cuando apenas tenía 10 años. Su primera bicicleta, de segunda mano, le permitía recorrer los cerca de 20 kilómetros que separaban Villava del pueblo de su madre, Alzórriz. Sin embargo, un año después, mientras colaboraba con su padre en las tareas del campo, alguien se la robó. Lejos de enfadarse o montar un escándalo, Miguel aceptó lo ocurrido y continuó trabajando con normalidad. Aquella reacción no pasó desapercibida para su padre, que decidió recompensar su actitud con un regalo que acabaría cambiando su vida: una bicicleta de carreras.
Aquel gesto supuso el inicio de una trayectoria deportiva extraordinaria. Con esa nueva bicicleta, Induráin disputó su primera carrera en la localidad navarra de Luquin en 1975, donde terminó en segunda posición. Solo una semana después consiguió su primera victoria en Elizondo, un triunfo que fue el primero de una larga lista de éxitos que, años más tarde, le llevarían a dominar el ciclismo mundial.
Su progresión fue tan rápida que en 1983, con apenas 18 años, se proclamó campeón de España amateur, convirtiéndose entonces en el ciclista más joven en conseguir ese título. Aquella victoria confirmó que no estaba ante una simple afición, sino ante un talento excepcional con potencial para competir al máximo nivel.

Indurain, en San Sebastián / JUAN MANUEL SERRANO ARCE
Paradójicamente, el físico de Miguel Induráin parecía ir en contra de los cánones del ciclismo de la época. Con 1,90 metros de altura y alrededor de 80 kilos de peso, muchos lo consideraban demasiado grande para aspirar a ganar grandes vueltas. El propio director deportivo Eusebio Unzué reconoció años después que su aspecto recordaba más al de un agricultor navarro que al de un escalador o un especialista en carreras de tres semanas.
Sin embargo, las pruebas médicas demostraron que su organismo era absolutamente extraordinario. Induráin contaba con una capacidad pulmonar cercana a los ocho litros, muy superior a la media, y una frecuencia cardíaca en reposo de apenas 28 o 29 pulsaciones por minuto, unos registros poco habituales incluso entre deportistas de élite. Estas características permitían que su corazón bombeara una gran cantidad de sangre con cada latido y que su cuerpo aprovechara el oxígeno de forma mucho más eficiente que el de sus rivales, convirtiendo lo que muchos consideraban un inconveniente físico en su mayor fortaleza.
Esa combinación de talento, condiciones fisiológicas excepcionales y una enorme capacidad de trabajo desembocó en uno de los mayores dominios que ha conocido el ciclismo. Entre 1991 y 1995 conquistó cinco Tours de Francia consecutivos, un hito que ningún otro corredor ha conseguido igualar. A ello sumó dos Giros de Italia, un Campeonato del Mundo contrarreloj, una medalla de oro olímpica en la modalidad de contrarreloj y numerosos triunfos que lo situaron entre los mejores deportistas de la historia de España.

Entrevista a Miguel Induráin / SPORT
Pese a alcanzar la cima del deporte mundial, Induráin nunca ha dejado de lado la discreción que marcó su infancia. A sus 61 años continúa llevando una vida alejada del protagonismo mediático y apenas realiza apariciones públicas relacionadas con el ciclismo. Quienes han trabajado con él destacan que mantiene intacta la humildad que siempre lo caracterizó. De hecho, tras finalizar la grabación de un documental sobre su propia vida, se cuenta que comenzó a recoger y apilar las sillas del plató sin que nadie se lo pidiera.
Su historia demuestra que, en ocasiones, los grandes campeones no solo se construyen gracias al talento o a unas cualidades físicas excepcionales, sino también a través de pequeños gestos, valores aprendidos desde la infancia y una forma de entender el esfuerzo basada en el trabajo silencioso y la constancia.
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