Anticuerpos monoclonales ¿Qué es eso que los antivacunas sí están dispuestos a pincharse?

Anticuerpos monoclonales ¿Qué es eso que los antivacunas sí están dispuestos a pincharse?
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En estos momentos parece el único remedio para la Covid-19 que incluso muchos antivacunas están dispuestos «pincharse».

Se llaman anticuerpos monoclonales y en Estados Unidos tienen una gran demanda, sobre todo porque son la fórmula defendida por un sector concreto de la sociedad en el que hoy tienen una gran demanda, incluso de aquellos que no quieren una vacuna.

Y eso que las Agencias del Medicamento sólo los han aprobado, hasta el momento, para casos de emergencia.

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¿Qué son y cómo se hacen los anticuerpos monoclonales?

Se trata de un fármaco que, en lo que respecta al coronavirus SARS-CoV-2, tiene poco más de un año de historia, se crea en un laboratorio y no es menos experimental que las vacunas.

Es más, de alguna manera resulta muy extraño que los antivacunas los acepten mejor, sobre todo por cómo se hacen:

– Los anticuerpos monoclonales clásicos se obtienen extrayendo los anticuerpos que ha generado, de forma natural, un enfermo que ha superado la Covid-19. Concretamente sus linfocitos T con memoria.

– Luego se mezclan con células tumorales de ratón.

– Y de ahí salen unas células híbridas “humano-ratón” que son las que se inyectan en los enfermos.

A diferencia de las vacunas, se administran a personas que ya se han contagiado de la enfermedad.

Y su objetivo es evitar que los síntomas empeoren y lograr que la enfermedad no avance hacia un estado grave para que el paciente no tenga que ser hospitalizado.

Concretamente están pensados para:

• Personas con síntomas entre leves y moderados de COVID-19.

• Personas cuyas pruebas han dado positivo en algún momento durante los últimos 10 días.

• Personas que tienen un alto riesgo de presentar síntomas más graves.

El tratamiento con anticuerpos monoclonales se administra directamente en las venas a través de lo que se conoce como infusión intravenosa.

El proceso tarda entre 3 y 4 horas, aunque el tiempo que tiene que estar con la aguja metida en la vena no suele superar la hora y media.

El resto del tiempo es el dedicado a la evaluación previa y una hora que deberá permanecer en el centro para asegurarse de que no tenga una reacción alérgica o algún otro efecto secundario.

Sus limitaciones

Una de sus grandes limitaciones es que no aportan inmunidad porque no activan la respuesta inmunitaria natural del cuerpo para evitar que nos infectemos.

Lo que hacen es dar los anticuerpos necesarios para que una persona contagiada pueda vencer a la enfermedad. Pero se limitan al caso concreto.

Además, atacan a una parte muy concreta del virus mientras que las vacunas lo hacen con 18 ó 19. Por eso la vacuna es capaz de seguir siendo eficaz con muchas variantes. Mientras que los anticuerpos monoclonales pueden perder su eficacia enseguida.

¿Por qué tienen tanto éxito?

Sorprendentemente, muchos de los que rechazan una y otra vez las vacunas, que cuestan una centésima parte, están deseando conseguir una infusión de este tratamiento, que ya se ha administrado a más de un millón de pacientes entre los que se encuentra Donald Trump.

Y los pedidos se han disparado tan rápido este verano, que de las 27.000 dosis por semana que se administraban en el mes de julio, agosto terminó con seis veces más. Nada menos que 168.000 dosis.

Uno de los principales factores que impulsan la demanda es que muchos pacientes, incluidos los escépticos de las vacunas, han estado haciendo correr la voz sobre sus recuperaciones aparentemente milagrosas.

Algo que ha hecho al gobierno federal americano advertir a los estados de la preocupante disminución del suministro nacional.

Y pese al precio de 2.100 dólares por dosis (una vacuna cuesta unos 20 $), y a que el gobierno federal compró 1.8 millones de dosis más esta semana, ya se vislumbra una inminente escasez.

Aceptación casi universal

En el mismo ambiente en el que cada día se vierten decenas de acusaciones y falsedades contra las vacunas, los anticuerpos monoclonales se han impuesto sin más campaña de imagen que el silencio de las críticas. Casi nadie dice nada contra ellos y se han ganado un afecto casi universal.

Y eso que las infusiones tardan aproximadamente una hora y media y requieren la atención constante de las enfermeras.

Es tan sorprendente su éxito que un especialista en enfermedades infecciosas y jefe de salud de la población en los Centros de Salud Familiar de San Diego, el doctor Christian Ramers, ha dicho al New York Times: «Impulsar anticuerpos mientras se minimizan las vacunas es como invertir en seguros de automóviles sin invertir en frenos».

Y es que según los datos que se manejan se considera probado que los anticuerpos monoclonales fabricados por Regeneron y Eli Lilly acortan significativamente los síntomas de los pacientes y reducen en un 70% el riesgo de ser hospitalizados.

Limitaciones de los anticuerpos monoclonales

Pese a la realidad de su éxito y a la aceptación por los más críticos con las vacunas, los médicos advierten que los tratamientos con anticuerpos por sí solos no pueden hacer frente a los numerosos brotes que no han dejado de producirse.

Primero porque cada infusión sólo ayuda al paciente que se la pone (ya está contagiado) mientras que cualquier vacuna protege a otros incontables de la exposición.

Segundo, porque las infusiones deben administrarse dentro de los 10 días posteriores a los síntomas, y eso descarta a la mayoría de los pacientes hospitalizados.

Y tercero y casi más importante, porque recibir los anticuerpos una vez no evita que las personas se enfermen gravemente si contraen el virus nuevamente más tarde.

Ahí está uno de sus mayores peligros: que los escépticos de las vacunas pueden enamorarse tanto de los anticuerpos monoclonales que se vuelvan aún más antivacunas al considerarlas no necesarias.

Por mucho que los médicos sigan recomendando vacunarse incluso después de recibir este tratamiento.

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