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'Peligrosini' en el campo, ingeniero en el banquillo

En la familia Pellegrini Ripamonti nadie contaba con que Manuel, el quinto de los ocho hermanos, acabase sentado en el banquillo de un equipo de fútbol, por más que el crío se hubiese pasado casi un mes pegado a la televisión para seguir el Mundial que se jugó en su país en 1962. Su padre, Emilio, hijo de un emigrante de la Toscana y patrón de una de las familias más acomodadas de Santiago de Chile, ya dirigía con éxito la empresa ‘Constructora y Arquitectura Pellegrini’, encargada de construir numerosos edificios en Santiago y en Viña del Mar, así que Manuel acabó estudiando Ingeniería Civil casi por mandato familiar. 

Javier Giraldo

Ingresó en la Universidad Católica de Chile (quiso estudiar Medicina, pero no obtuvo la nota sufciente) pero se resistió a dejar el fútbol, así que por las tardes, se entrenaba en la Universidad de Chile (‘La U’), el equipo en el que jugó sus 13 temporadas como profesional. Algo así como jugar en el Atlético y estudiar en la universidad del Real Madrid. 

Pellegrini, que debutó en Primera en septiembre de 1973, apenas unos días después del golpe de estado de Pinochet, fue un central más bien tosco, cuyas frivolidades con el balón le valieron un irónico sobrenombre, ‘Peligrosini’, por la escasa seguridad que transmitía a sus compañeros. Uno de sus entrenadores, Donato Hernández, le llamaba ‘Gomero’, una especie de adorno poco útil. Pese a todo, Pellegrini era el primero en llegar a los entrenamientos y el último en irse, fiel a su disciplina espartana y a una voluntad de hierro: a los 25 años, ya era licenciado en Ingeniería y futbolista profesional. 

Como jugador, ganó la Copa de Chile en 1979, pero en 1986 colgó las botas por culpa de un chaval de 17 años que le robó la cartera en un balón dividido. “Jugábamos contra el Trasandino, nuestro portero rechazó un balón y yo salté para despejar, pero por detrás llegó un delantero que me sacó medio metro en el salto y cabeceó a gol. Aquel día decidí que dejaba el fútbol”, explica. El imberbe que le ganó el salto no tardaría en hacerse un nombre, Iván Zamorano. 

Retirado como jugador, Pellegrini, que siempre se imaginó a sí mismo trabajando como ingeniero (llegó a colaborar en la reconstrucción de varios edificios destruidos por el terremoto que sacudió Chile en 1985), se dejó seducir por Fernando Riera, su entrenador en ‘La U’, para probar suerte en los banquillos. Su debut no fue demasiado prometedor: asumió el cargo de entrenador en la Universidad de Chile, y a mitad de temporada, se fue unas semanas a Europa para asistir a un curso de entrenadores: el equipo acabaría sufriendo el único descenso de su historia (1988-89), una espina que aún sigue clavada en el curriculum de Pellegrini. En Chile aún se le recuerda esa deuda, magnificada porque Colo Colo, el otro gran rival de ‘La U’, nunca ha bajado a Segunda.  Tras su paso por el Palestino y el O’Higgins, recaló en la Universidad Católica, donde viviría su episodio más amargo como entrenador: el 20 de julio de 1995, uno de sus jugadores, Raimundo ‘Mumo’ Tupper, se suicidó arrojándose por la ventana del hotel de concentración del equipo en Costa Rica. 

Años más tarde, entrenó en Ecuador, donde fue campeón con el Liga de Quito y en 2001 cruzó los Andes para dirigir al San Lorenzo de Almagro. Desembarcó en Argentina como un entrenador casi anónimo: desconocido para el gran público, el presidente del San Lorenzo le contrató porque sus tres primeras opciones -Sergio Markarian, Héctor ‘Bambino’ Veira y Juan José López- se quedaron en la cuneta. Pellegrini no tardó en ganarse a la caseta (una de sus primeras medidas fue empapelar el vestuario con fichas personales de cada jugador) y a la afición: fue campeón del Clausura, título que repetiría dos años después con River Plate. 

El resto de su historial deportivo ya es más conocido: cuatro brillantes años como técnico del Villarreal, al que hizo subcampeón de Liga y llevó a las puertas de la final de la Champions, y una tumultuosa temporada en el banquillo del Real Madrid: avalado por Jorge Valdano, siempre estuvo bajo sospecha en Chamartín. El ‘Alcorconazo’ liquidó su crédito y la eliminación de la Champions ante el Lyon le situó al borde del precipicio. Sin embargo, se lo tomó con estoicismo, fiel a su fama de hombre distante y calculador, dispuesto a no centrarse solo en el fútbol: amante del tenis y del golf, visitante habitual de museos y aficionado a la música, quienes mejor le conocen trazan un perfil de hombre ilustrado y culto, exquisito en el trato (en Valdebebas, saludaba con igual mimo al conserje que a sus jugadores) y poco sentimental: en los diez meses que pasó en Madrid, vivió solo en un hotel, porque su mujer, Carmen Gloria Pucci, y sus tres hijos, Manuel Pablo, Emilio y Juan José, siguen residiendo en una de las zonas más lujosas de Santiago. Allí, en su país, el apellido Pellegrini aún forma parte de esa especie de aristocracia sin título nobiliario: su hermano Pablo es diputado, su hermana Silvia es la decana de la Facultad de Comunicación de Santiago y el propio Manuel sigue siendo imagen de Cuprum, una de las administradoras de fondos de pensiones más importantes del país. 

Al otro lado del charco, dirige ahora el proyecto más ambicioso en los 134 años de historia del Manchester City, el equipo que, a base de acumular talento, aspira a reinar por fin en Europa de la mano del niño de buena familia que quiso ser médico, se graduó en Ingeniería… y lleva ya 26 años sentado en un banquillo. 

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