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Así fue el pacto del WhatsApp en el Barça

Los tiempos cambian y ahora las conjuras se empiezan a calentar vía mensajes por móvil
Los tiempos cambian y ahora las conjuras se empiezan a calentar vía mensajes por móvil | sport

Poco a poco se van conociendo más detalles sobre la catarsis global que se vivió en el club los días siguientes a la derrota en Anoeta, pese a que los protagonistas insistan en no darle excesiva importancia. Ya es 'vox populi' que antes del partido ante la Real Sociedad hubo un incidente durante un entrenamiento vespertino entre Luis Enrique y Messi que derivó en una discusión sin parangón con familiares de los jugadores en las gradas que no daban crédito a lo que estaban viendo. Después llegó la suplencia de Leo ante los dosnostiarras -y de varios jugadores más, incluidos Neymar, Alves o Piqué- y la ya consabida derrota con un gol en propia puerta de Jordi Alba. Para Messi la derrota fue especialmente dolorosa. Primero porque solo pudo ayudar al equipo 45 minutos, segundo porque el Barcelona seguía a un punto por debajo del Real Madrid, pese a que los blanco habían perdido en Mestalla, y tercero porque Cristiano le aventajaba en las primeras 16 jornadas de Liga en 11 goles, al sumar 15 por 26 del luso.

Javier Miguel

El Barcelona afrontaba sin duda la semana más difícil de la temporada. Cualquier paso en falso hubiera significado un cataclismo. De hecho, Messi dio una vuelta más de tuerca al decidir unilateralmente no presentarse al entrenamiento de puertas abiertas que se celebró el lunes en el Mini Estadi como regalo para los niños en vísperas de la fiesta de Reyes. Su cabreo era monumental con el técnico y estaba dispuesto a tensar la cuerda hasta el límite.

Luis Enrique tampoco reaccionó mejor al gesto del ‘crack’ y al constatar la 'espantá' del argentino amenazó con abrirle un expediente disciplinario con la sanción más alta del código interno por falta grave. Parecía inevitable el choque de trenes. Hasta el club tampoco le echó un capote al jugador ya que excusó su ausencia en el entrenamiento por culpa de una 'gastroenteritis', un eufemismo que se utilizar en el mundo del fútbol para excusar problemas de otra índole. 

Estaba claro que el único que estaba perdiendo con toda esta escalada de sucesos era el FC Barcelona. De ahí que los capitanes, con Xavi a la cabeza, decidieron coger el toro por los cuernos. Además, la cúpula tampoco se quedó con los brazos cruzados y el presidente Josep Maria Bartomeu, tras conocer al detalle la crisis que se cernía sobre el vestuario se propuso mover urgentemente ficha. Primero cesando al director deportivo, Andoni Zubizarreta, y segundo adelantando las elecciones para verano. Dos decisiones que tenían como objetivo calmar el vestuario pero sobre todo apaciguar al entorno, cada vez más 'caliente' ante la situación caótica que estaba sumido el club.

Pero la prioridad era Messi. Aquí una vez más los capitanes fueron fundamentales para que la sangre no llegara al río. El lunes por la tarde localizaron vía móvil al delantero. Al principio fueron a través de mensajes y luego ya pudieron hablar directamente con él. El 'crack' entendió que su postura acabaría afectando al grupo y que tenía que dejar de tensar la cuerda haciendo un gesto de buena predisposición. Y lo hizo. El martes 6 de enero la plantilla tenía día de descanso, pero Leo fue a la Ciutat Esportiva a ejercitarse. Una demostración de que estaba dispuesto a seguir tirando del carro y que no iba a dejar al equipo tirado. 

Ese día además se fraguó un pacto. Sí, una conjura en toda regla. Fue a través de WhatsApp -la tecnología facilita la inmediatez y no necesitar no tan siquiera que los protagonistas se reúnan físicamente- y sobre todo con dos mensajes que corrieron como un reguero de pólvora entre los jugadores de más peso de la plantilla. Su contenido era tan explícito como sencillo y rotundo. Dejaban claro que el equipo necesitaba una reacción y que tenía que hacerla sí o sí. El primero de los mensajes que inundó los móviles de la plantilla no tenía desperdicio: “Si seguimos así está claro que no ganaremos nada este año”. Era un análisis fatalista, pero a la vez realista de las sensaciones que estaba viviendo el equipo a esas alturas de la temporada, firmando una derrota en el primer partido del 2015, con los octavos de Copa a punto de caer y los octavos de la Champions ante el City a un mes y medio vista. Una situación compleja si no se reconducía. El segundo mensaje tampoco tenía desperdicio: “No podemos pasar otra temporada más en blanco”. Aquí había una clara pátina de arenga, buscando la reacción del colectivo, sobre todo los más veteranos, aquellos que llevan muchos años en el primer equipo y las han vivido de todos los colores, pero sobre todo el último año con el Tata Martino donde el equipo dejó escapar título tras título de forma ignominiosa.

Estos dos mensajes sentaron la base de una conjura que el vestuario aceptó hasta las últimas consecuencias. No se podía seguir así y había que ganar títulos sí o sí. Una reacción que acabó dando sus frutos con una racha tan impresionante como efectiva de 28 triunfos, un empate y dos derrotas, que han dejado al equipo a las puertas de tres títulos, a solo noventa minutos de ganar cada una de las tres competiciones.

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