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Josep Riba, una retirada prematura

Dejó el Barça con 22 años después de saber que Samitier cobraría por su promoción

Ayudó al Sabadell a ascender y colgó las botas con 23 para dedicarse a su negocio

Josep Riba defendió la camiseta del FC Barcelona en la década de los 40
Josep Riba defendió la camiseta del FC Barcelona en la década de los 40 | sport

Josep Riba Nuet fue un prometedor extremo derecho que destacó por su fútbol académico. Defendió al Barça las temporadas 1943-44 y 1944-45. Barcelonés de nacimiento (23-03-1923), la prensa depositó grandes esperanzas en este jugador forjado en la inagotable cantera del club: “Posee buena punta de velocidad, hábil regate y notorio sentido de la función primordial de un delantero: tirar a gol. Es un digno sucesor del mítico Piera”. Sin embargo, su paso fue fugaz y el barcelonismo, como ha experimentado en multitud de ocasiones, se vio privado de un talento que había visto crecer en casa.

Las razones de su prematuro adiós las encontramos en su hijo Josep. Los dos cursos que su padre jugó con el primer equipo lo hizo con ficha amateur. Ya de cara al siguiente ejercicio (1945-46), Josep Samitier, entonces entrenador, invitó a Riba firmar el primer contrato profesional. Un sueño para el joven... Hasta que se enteró que el míster se llevaba una comisión por su ascenso.

“Antes de firmar habló con su padre, al que no le hizo gracia que alguien se lucrara a costa de su hijo”, recordaba Josep. El padre de Riba se las tuvo con Sami y acabó mandándole a paseo. Luego vino la carta del Barça, la liquidación y la baja. Tenía 22 años. Así acabó la prometedora carrera en el Barça. Ni lesiones ni competencia... No pasó por el aro.

Los progenitores de Riba siempre quisieron que su hijo estudiara. No le prohibieron que jugara al fútbol, pero... Domiciliado en la calle Tamarit esquina Urgell, el joven se levantaba a las seis de la mañana para ir a entrenar. Lo hacía en el llamado campo de la Pirelli con otros compañeros. Iba en bicicleta, hiciera frío o calor. Su pasión por el fútbol y por el Barça no conocía límites. Después ponía rumbo a la academia donde estudiaba, en la calle Muntaner.

Debut con doblete

Su afición empezó en el colegio y se consolidó durante los veranos que pasaba en Torrelles de Llobregat. Se presentó a unas pruebas y recaló en el Infantil del  Barça (1938-39) como interior. Tenía 15 años. Luego pasó al Juvenil (1939-40 y 1940-41) que dirigía Ramon Llorens. Fue él quien lo ubicó en el extremo derecho. Le dijo que allí mejoraría su aportación al grupo, como así fue.

Saltó después al equipo de Aficionados (1941-42 y 1942-43), proclamándose campeón de Catalunya la temporada 1942-43. Y debutó con el primer equipo el 7 de noviembre de 1943, en un Barça-Granada (7-2) de Liga celebrado en Les Corts. Marcó dos goles. Había cumplido el sueño de su vida.

A partir de ese momento fue titular indiscutible, desplazando a Sospedra Valle. Era una realidad. Contra el Espanyol, en un partido jugado en Montjuïc, volvió a anotar otro doblete (1-3). Como algo excepcional, el Barça abonó a sus jugadores una prima de 1.000 pesetas por aquella victoria.

Sin embargo, en el último partido de la Liga  1943-44, un Barça-Madrid, cayó lesionado después de una entrada de Moleiro en la primera mitad. Aguantó como pudo hasta el descanso y llegó a empezar el segundo tiempo, pero tuvo que dejar el campo a los 56 minutos para no reaparecer. Era el 9 de abril de 1944.

Tuvo que volver a empezar. Regresó al equipo de Aficionados para ponerse en forma. Y lo logró. En febrero de 1945 estaba otra vez en el primer equipo, en un duelo de Copa ante el Athletic en Les Corts. Sami siguió confiando en él y lo alineó en tres de los últimos cuatro partidos de Liga. Su última aparición fue el 13 de mayo de 1945, en Les Corts, ante el Athletic (5-2). Así, jugando los últimos encuentros, se sintió partícipe de esa Liga ganada por el Barça. Fue el único título que saboreó.

Tenía 22 años y Sami decidió incorporarle a la primera plantilla como profesional, pero sucedió lo anteriormente expuesto. El entrenador se había reservado cierta comisión por su promoción definitiva... Riba, influenciado por su padre, muy decepcionado con el mito barcelonista, optó por dejar el fútbol y dedicarse al negocio de género de punto que tenía la familia. Pero unos amigos de Sabadell lo convencieron para que cambiara de opinión. El joven extremo, con la carta de libertad en el bolsillo, aceptó fichar por el Sabadell (2ª División). Ayudó al equipo arlequinado a ascender a Primera la temporada 1945-46.

El adiós

Él mismo, en la prensa, explicó tiempo después los motivos que le llevaron a jugar en el Sabadell y a dejar el fútbol pese al ascenso de categoría: “Vinieron e insistieron mucho. Me convencieron porque el plan era muy modesto y había una gran camaradería entre la Junta, el entrenador y los jugadores. Todos éramos uno y así, con el esfuerzo general, el Sabadell ascendió. Fue para mí un honor y una satisfacción terminar mi vida futbolística tan airosamente. ¿Por qué no seguí? Era el trato. Me gustaba el fútbol, pero había que mirar el porvenir y estaba yo metido en un pequeño negocio de género de punto que hacía falta atender. Creo que acerté, pues así pude organizar mi vida futura y hoy no me duele haberlo hecho”.

Riba se casó con Amalia. El matrimonio tuvo dos hijos. Su vida giró entonces alrededor de su familia, los negocios y el almacén que su padre tenía en la calle Cristina, detrás del restaurante 7 Portes. Los Riba fueron los primeros en despachar medias de nylon para señora en Barcelona. Del fútbol ya no quiso saber nada más. Dolido con su Barça, rechazó el pase que, como exjugador, le daba derecho a entrar en el campo.

Sin embargo, el tiempo fue aplacando su ánimo, que no su barcelonismo, y se hizo socio junto a su esposa cuando el equipo se mudó al Camp Nou (1957). Pagó todas las cuotas y era de los que sufría en la grada. Antes de cada partido se tomaba una pastilla para mantener a raya los nervios. Era un gran barcelonista.

El Barça se acordó de él en el homenaje que rindió a los exjugadores con ocasión del Centenario (1999). Riba, ya mermado de facultades, desfiló junto a su amigo Valle por el césped del Camp Nou. Como las otras viejas glorias, fue recibido con una atronadora ovación. Justicia histórica para alguien que sintió de verdad los colores.

Ya jubilado, cambió Barcelona por Vilassar. Falleció el 11 de septiembre de 2002 en una clínica de Mataró a los 79 años. El Barça lució brazaletes negros en su memoria el 14 de ese mes en Bilbao (0-2) y guardó un minuto de silencio en su honor (también por Iborra) el 21 en el Estadi, en un derbi contra el Espanyol (2-0). 

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