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Entrevista SPORT | Javier Melero Abogado y escritor

Javier Melero: "Conozco a muchísimos abogados que matarían por meter la cabeza en el Barça"

A Javier Melero, abogado, articulista y escritor, no le gusta el fútbol, pero admira la capacidad del juego para apasionar a la gente. Publica 'Crímenes decentes', novela negra

El abogado y escritor Javier Melero acaba de publicar 'Crímenes decentes', en Tusquets

El abogado y escritor Javier Melero acaba de publicar 'Crímenes decentes', en Tusquets / J. Rodenas

Javier Giraldo

Javier Giraldo

Mientras apura su carrera como abogado y vislumbra con cierta delectación su jubilación, Javier Melero (Barcelona, 1958) encuentra tiempo para la ficción. Para la novela negra, concretamente: después de publicar 'Frágil virtud' y 'Cambalache', ahora emprende una nueva aventura editorial, bajo el sello de Tusquets, 'Crímenes decentes', una novela negra trufada de ironía, ácida y un poco escéptica que se desarrolla en una Barcelona tomada por los turistas y los locales de 'brunch' pero en la que aún late algo auténtico. El protagonista también es abogado, con mucha experiencia acumulada a sus espaldas, aunque Melero se apresura a aclarar que en realidad, él no siempre está de acuerdo con su personaje.

Una de tus novelas anteriores, 'Cambalache', llevaba un subtítulo curioso: "un abogado en la España de Pujol". Esta sería la Barcelona de Collboni, ¿no?

Sí, lo que pasa es que Colboni es un personaje tan discreto que no da para atribuirle la ciudad.

Barcelona es casi un personaje más de la novela.

El protagonista no tiene exactamente mi visión de Barcelona. Es un poco más crítico. Pero le gusta mucho la ciudad. No le gusta la Barcelona oficial, no le gusta el turisteo y los locales con aguacates, de esos que sirven 'brunch'. Es un ciudadano de Barcelona, de esa Barcelona que algunos quieren extinguir.

¿Hay solución para Barcelona?

No, yo creo que esto es irreversible. Y es algo que se nota más cuando vas a ciudades en el extranjero que conoces desde hace años. Ocurre en París, por ejemplo: supongo que no tiene ningún remedio.Y que los que sobramos somos los que recordamos aquella ciudad que ya no existe.

El protagonista cree en la justicia, pero a su manera.

En realidad no cree en la justicia. No cree en nada en absoluto. Es un tipo que se mueve en el engranaje de la justicia e intenta gestionarla, pero no tiene un ideal.

¿Compartes esa opinión?

La podría compartir en algunos casos. Yo formo parte de este sistema judicial. Creo en los resortes, creo en lo que se puede conseguir con el sistema. Es como cuando se habla de la verdad... la verdad como algo que ocultar, o como algo que no funciona, o como algo que hace más daño que bien.

El protagonista es un tipo irónico, mordaz, ácido. Su sentido del humor es interesante, muy peculiar.

Bueno, sí. Esto no es un sentido del humor tipo los teletubbies. Es una cosa un poco más ácida. Pero tampoco es que tenga una posición absolutamente hostil al mundo. Sabe disfrutar de la vida.

La novela es una guía de los locales auténticos que agradan al protagonista...

Sí, sitios en los que se puede comer bien por 20 euros... aún quedan sitios así. Pocos, pero aún quedan. También aparecen sitios a los que conviene no ir.

La relación entre el abogado protagonista y su mejor amigo, Poch, es muy intensa. Parece una amistad de otro tiempo. ¿Aún existen amistades así?

Es amistad pura, ¿no? Él ya lo dice, es el único amigo de verdad que le queda. Tiene un socio al que quiere mucho, pero en ese caso es más bien una relación paterno filial. Con Poch, en cambio, tiene una comunión casi espiritual. Yo no tengo amistades tan profundas, pero creo que es de las cosas que hay que echar de menos, amistades de este tipo.

El protagonista lleva una vida rara...

Sí, vive en un piso que heredó de sus padres. No toca ni un mueble ni nada. Lo mantiene exactamente todo como estaba. Y vive con sus fantasmas.

Melero, en Barcelona

Melero, en Barcelona / Quique García

Retratas sobre todo la Barcelona de la zona alta, de los barrios de postín, pero no solo.

También aparecen los barrios: en los barrios parece que hay incluso otra moral y otra economía. El protagonista vive en la zona alta pero tiene la mirada abierta a otros sitios.

Y conoce a una mujer que vive en Horta y que tiene problemas para pagar el alquiler.

Es el problema que remite a lo que hablábamos antes, que parece que los barceloneses sobramos de Barcelona. Alguien nos dirá algún día, pero ¿qué diablos hacéis aquí? ¿Cómo habéis permitido esto? ¿Qué hemos hecho? ¿Qué nos han hecho y qué hemos hecho? De una ciudad socialdemócrata hemos pasado a una ciudad escaparate, mercado puro y duro y tan contentos.

Intuyo que echas de menos la Barcelona preolímpica.

Sí, pero porque es la Barcelona de mi juventud. Eso es inevitable. Pero sí, la echo de menos. Creo que era una ciudad más auténtica. Ahora ya es igual que Londres o París: Zara, Starbucks, gente mirando el móvil y poco más. No tiene mucho sentido ir a ningún sitio.

Aquí siempre se decía que un buen catalán tenía que tener cuenta en La Caixa, ser devoto de la virgen de Montserrat y ser socio del Barça. En la novela hay un par de menciones al Barça.

El Barça ejerce un rol importantísimo: otra cosa es que me parezca bien, pero es importantísimo. Es casi una estructura de estado, que irradia un determinado tipo de catalanidad. Es muy importante.Todos los políticos quieren sacar la cabeza por allí. Hay tipos a los que el fútbol les repatea más que a mí, pero que ahí están, en el palco y con cara de resignación. Aguantan comiéndose los canapés con Laporta.

No te gusta el fútbol.

Nunca he compartido esa pasión. No me gusta, pero no soy hostil. Mi padre era un gran aficionado al fútbol y mis hijos lo son. Yo estoy en medio. Quizás porque en mi infancia, en un momento determinado, el fútbol era el 'pan y circo'. Yo estaba más metido en otras cosas, el rock, por ejemplo: era una movida completamente diferente. Veía el fútbol como una especie de coros y danzas. Ahí me quedé, a pesar de que con Cruyff, la cosa cambió un poco. Demostró que se podía ser 'progre' y socialdemócrata y gustarte el fútbol. Pero yo ahí me quedé.

No te subiste a ese carro.

No. Soy tan viejo que recuerdo el Mundial de Fútbol de Argentina con la junta militar y con Videla, la selección argentina y la holandesa. Y recuerdo haberme enfadado mucho. ¿Pero no ve todo el mundo que este país está gobernado por un hijo de puta, en el palco, y aquí todos aplaudiendo y encantados de la vida? Me cabreaba mucho.

¿Qué te parece Laporta como personaje literario?

En un asunto muy remoto tuve un trato tangencial con él, ambos como abogados. Estuvo muy correcto. A mí me parece que da el perfil idóneo de presidente del club de fútbol. No quiero hacer comparaciones, que son siempre odiosas, pero no veo muchos catedráticos de metafísica presidiendo clubs de fútbol, ¿no? Lo que se estila es eso, y a la gente le encanta.

Melero, autor de 'Crímenes decentes'

Melero, autor de 'Crímenes decentes' / RICARD CUGAT

Laporta no es un abogado al uso. ¿O sí?

Yo no sé cómo es su faceta como abogado, pero yo no veo que todos los abogados vayan por ahí queriendo presidir clubes de fútbol y luego, cuando lo consiguen, tienen este discurso tan expansivo. No conozco a abogados presidentes de clubs de fútbol, pero conozco muchísimos abogados que se pirran por todo lo que pasa en el Barça y que matarían por meter la cabeza allí. Bueno, matan, de hecho, para que el Barça les encargue asuntos y tal. El Barça tiene una capacidad de atracción brutal.

¿Cómo fue ser abogado en el juicio del 'procés'?

Fue molesto porque había mucha presión política y mediática, pero afortunadamente entrabas allí, te ponías la toga y todo el mundo se olvidaba de las cámaras, de que se estaba retransmitiendo y se trabajaba con mucha normalidad.

Aunque no comulgabas con la causa...

Lo tuve que explicar muchas veces. Yo no so ypartidario de la estafa ni del blanqueo de capitales ni del delito contra la hacienda pública. Y los defiendo encantado de la vida. No necesito ser partidario del independentismo ni de la política de ruptura para defenderla. Hay gente que no lo entiende, pero un abogado hace su trabajo. Mira quién defendió en su día a Companys, se fue a Madrid a buscar un abogado, Osorio y Gallardo, que era un señor que no tenía absolutamente nada que ver con esto. Yo doy clases en la Facultad de Derecho desde hace muchos años y el primer día, la primera clase de penal siempre es lo mismo: ¿hay que defender a un violador, hay que defender a un asesino? Pues sí, naturalmente. Las monjas clarisas no hacen cola en los despachos de penalistas buscando asesoramiento.

Siempre se ha dicho que conviene tener un abogado cerca. ¿Sigue siendo así?

Sí, pero yo optaría mejor por un cura o por un psiquiatra.

¿Esto quiere decir que la carrera de abogado de Javier Melero está llegando a su final?

Sí, estoy ya en fase de jubilación. Quiero hacer otras cosas. Escribir, por ejemplo. A este personaje le queda, por lo menos, otro libro.

Quizá acaba convertido en una serie o película.

Bueno, yo escribo para cobrar lo mismo que Stephen King.

El protagonista de la novela recuerda por momentos a Pepe Carvalho, por esa ironía tan fina, un poco canalla...

Se escribe mucha novela negra, pero yo creo que la novela negra de Barcelona, con la dignísima excepción de Carlos Zanón, es Vázquez Montalbán. Fue él quien clavó novela negra y Barcelona. Una novela negra que fuera creíble y que no pareciera un detective americano trasplantado.

¿Cuáles son tus novelistas de referencia, en género negro? ¿Estados Unidos, o la novela negra nórdica?

Lo nórdico se pusieron de moda, pero son muy aburridos. Son tristísimos. Los americanos yo creo que hacen una cosa muy bien: la trama criminal tiene que estar bien, tiene que estar ligada, pero la descripción de ambientes yo creo que es insuperable. Decía Chandler que para eso sirve la novela policíaca. Yo me quedo con Chandler, y con uno que está muy olvidado pero que yo creo que es el gran maestro del género, Ross MacDonald.

¿Habrá alguna novela de Melero que no tenga nada que ver con policías, abogados o jueces?

Me gustaría. Yo creo que hay una novela que no se ha escrito todavía, la novela de los años de Pujol y el procés. Quizás aún no ha habido tiempo.

Tal y como está el mundo, hay que darse prisa... a ver cuál es la última de Donald Trump.

Este hombre está absolutamente desquiciado, pero yo le veo una gran virtud, quizás es la única que tiene: habla el lenguaje del poder con crudeza. Los anteriores a Trump hacían lo mismo que él y en ocasiones cosas peores, con la retórica de los derechos humanos, la libertad, la democracia, la cooperación entre los pueblos, el desarrollo... y luego iban y tiraban cuatro bombazos y se llevaban por delante a quien hiciera falta. Lo que ha cambiado con Trump es que ves la retórica del poder en toda su crudeza, primaria y elemental. Quiero esto, lo otro no me importa, la gente no me importa, quiero petróleo.

¿Vamos hacia una política aún más cruda?

Yo creo que no vamos nunca hacia ningún sitio. Ahora parece que poderes dispersos se van consolidando, alianzas extrañas, imprevisibilidad de resultados; pero eso es muy antiguo. Eso ya lo habíamos vivido.