Guillem Sala: "Los futbolistas son unos yonquis del reconocimiento"

El escritor reflexiona para SPORT sobre el papel de los deportistas en la sociedad y su educación

"Lo que más me gustaba de Puyol es que no era vil ni en la derrota ni en la victoria", asegura

Guillem Sala, autor del libro El càstig (L Altra Editorial)
Guillem Sala, autor del libro El càstig (L Altra Editorial) | Alicia Egorov

Dice Guillem Sala (Barcelona, 1974) que las edades no son substitutivas sino acumulativas. Que cuando tienes 40 años no dejas de tener 15, 20 o 30 y que por eso flipas cuando te miras al espejo. No es muy distinto con los deportistas: a menudo niños tratando de ser adultos y adultos tratando de no parecer niños. 

Sala publicó el año pasado ‘El càstig’ (L’Altra Editorial), para muchos la novela catalana del 2020. Profesor de sociología de la UAB, ganó el Premi Documental el año 2007 con 'Imagina un carrer' (Empúries).

Un tema muy presente en ‘El càstig’ es la coraza, que es algo que define muchísimo la vida de un deportista; ¿por qué nos cuesta tanto aceptar que son vulnerables?

Porque el deportista representa el arquetipo del héroe. Y por lo tanto alguien que está obligado a ganar. La imagen de Cristiano es ahora mismo el mejor ejemplo de eso en el fútbol. Un cuerpo y una determinación al servicio de ganar. Entonces, la fragilidad o la vulnerabilidad contradicen este ideal de héroe tan ligada al deporte.  

En el fútbol sigue costando, pero sí que es verdad que cada vez hay más gente que se atreve a reconocer miedos muy humanos...

Creo que Marc Bartra fue el primer futbolista de élite que le escuché decir abiertamente que veía a un psicólogo para mejorar su rendimiento y controlar su tarro. Y me parece muy positivo porque en el fútbol falta más consciencia de uno mismo. Tanto física como mentalmente. A mí me escandaliza ver cómo calientan antes de un partido. 

¿El futbolista es alguien obligado a madurar muy rápido sin hacerse grandes preguntas?

Hacerse adulto es pasar de una psicología de la dependencia a una de la autonomía. Y esa autonomía significa que tienes que controlar tu vida o parecerlo. Yo veo en la universidad a personas de 40 años que hablan con inseguridad y luego veo cómo habla Pedri. No tiene un gran discurso pero no se achanta, es firme, está entero ahí arriba. Y tiene 18 años. En cierta forma es una persona más madura que yo. Los futbolistas tienen estos rituales de paso. Como esas sociedades antiguas de cazadores. Cogen el control de ellos mismos con este tipo de rituales de valor y fuerza.

Del libro se desprende una crítica al sistema educativo por cómo enfatiza el error y aplica el castigo, algo muy común en el deporte de élite…

En el fútbol de élite lo que te interesa del sistema formativo son los que llegan. Y llega uno de cada muchos. Nosotros no podemos montar un sistema educativo con esta base porque perderíamos a muchos niños por el camino y sería una fábrica de desigualdades bestial. Dejarías a mucha gente perdida con una autoestima estropeada. Que también es la cara oscura del fútbol. Hay que ser consciente del valor motivacional del refuerzo positivo y no funcionar solo con la lógica del error-castigo. No todo puede ser látigo.

Otra cosa que reivindicas es el derecho a perder...

Sí. Muchas veces el relato que se hace de la victoria y la derrota esconde profundas desigualdades sociales. Si coincide que la gente que acaba siendo pobre, es pobre porque no se lo han currado suficiente, estás disimulando las carencias del sistema. Si atribuyes la pobreza a características individuales de los pobres, estás culpando a la gente que lo está sufriendo. Esto también ocurre en términos de felicidad.

Si eres infeliz es culpa tuya...

Reivindico el derecho a perder en este sentido. ¿Qué pasa? En la vida se sufre. En la vida hay momentos que no salen las cosas. Y no pasa nada, aunque sea una cosa que nos parezca fea de ver. Y en eso habría que cambiar el chip y más en época de pandemia. Porque hay mucha gente que está sufriendo y hay que aceptarlo como parte de la vida.

A los ídolos lo subimos a un pedestal y luego los desechamos si no cumplen nuestras expectativas…

Ronaldinho es un grandísimo ejemplo. Para mí es el jugador que he visto del Barça que más entendía el fútbol como un juego. ¿Por qué los descartamos? Porque está tan mercantilizado el fútbol que al final pensamos en los jugadores como productos que se compran y se venden. ¿Y qué pasa con un producto que no sirve? Que se convierte en un residuo.

Es como que todos tenemos planes para nuestros ídolos…

Recuerdo a Miloslav Mecir. Era un tenista checo que decían que tenía el mejor revés del circuito. Pero el tío decía que le gustaba más salir a pescar que jugar a tenis. No todo el mundo que tiene un gran talento tiene la mentalidad ganadora. Pero hay una culpabilización, por parte del aficionado, hacía el tipo que renuncia a estar en un pedestal. Y seguramente no somos conscientes del coste que significa estar siempre arriba. 

"Marc Bartra fue el primer futbolista de élite que le escuché decir abiertamente que veía a un psicólogo; en el fútbol falta más consciencia de uno mismo"

¿Cuánto hay de nosotros mismos en lo que adoramos y detestamos de los deportistas?

Yo creo que a las personas, más que un catálogo de virtudes y defectos, nos definen ciertas polaridades. Y cuando vemos el mal, vemos nuestra maldad. Y lo mismo al revés: cuando admiramos mucho a una persona, es probable que tenga cosas que las sentimos nuestras también. 

Pero es más cómodo identificarse con estas cualidades que con los defectos…

Claro pero hay comportamientos... no sé, como el dedo de Mourinho o el mordisco de Suárez, muy infantiles, pero que nos representan a todos en un sentido muy básico. Todos podemos perder los nervios y a todos nos da mucha vergüenza perderlos. Es una zona muy oscura. Y supongo que, parte de la función del deporte como espectáculo, es exorcizar esta parte de nosotros mismos que tratamos de evitar en nuestra vidas.

Dices a menudo que el reconocimiento de los otros nos construye. Y eso me hace pensar en lo difícil que debe ser la retirada para un futbolista...

Todos dependemos del reconocimiento de los otros pero hay una parte de droga. Un like, un abrazo o una foto nuestra en un diario son estímulos que nos dan un chute. Y como todo chute, cuando falta la dosis, empieza el sufrimiento. Los futbolistas juegan esa liga a lo bestia. Son yonquis de eso. Y cuando se retiran tienen que desengancharse, porque el reconocimiento público, la fama y los elogios son una adicción.

Un deportista que te fascine para acabar…

Carles Puyol. No hemos vuelto a tener un capitán como él. Me acuerdo lo orgulloso que me sentí cuando recriminó a Rafinha y Alves una celebración de gilipollas ganando por goleada. Me gusta de él que no se convirtió así cuando ganaba. ¿Recuerdas un gesto vil o deshonesto de Puyol? Era igual en épocas anteriores en las que perdía mucho más.  

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