Opinión | FC BARCELONA
¿Cómo explotar la polivalencia de Lamine Yamal?
No existe una única polivalencia; la de Lamine Yamal esconde, además de ver versatilidad: suele esconder talento

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Ser polivalente no es un adorno en la ficha de un futbolista: es una manera de sobrevivir al fútbol moderno. Cambian entrenadores, dibujos y rivales, pero el jugador que domina más de una posición mantiene su sitio. En los grandes equipos esta virtud es imprescindible: cuando llegan lesiones, sanciones o cansancio, hay que cubrir una baja sin que se rompa la dinámica ni se pierdan automatismos.
No existe una sola polivalencia. Está la “horizontal”, dentro de la misma línea: un defensa capaz de alternar lateral y central según el partido (Koundé, Gerard Martín, Cubarsí). Está la polivalencia “mixta”, la del futbolista que cruza fronteras y combina defensa y mediocampo, oro para sostener la salida de balón y corregir en transición (Eric Garcia, Christensen). En la medular también hay flexibilidad: Pedri y Gavi pueden ocupar distintas alturas. Y arriba aparece el escalón más delicado: extremos que pueden ser ‘9’ (Rashford, Ferran, Mbappé) y, sobre todo, los que mezclan extremo y mediapunta (Griezmann y, en el Barça, Lamine Yamal).
Lamine, descaro y responsabilidad
Esa última mezcla suele esconder algo más que versatilidad: suele esconder talento. Son futbolistas creativos, “mágicos”, con lectura táctica superior, capaces de decidir en el último pase o en el último gesto. Maradona, Zidane, Messi; hoy Foden o Musiala. Entre ellos hay diferencias —más o menos ego, más o menos compañerismo—, pero la frontera que separa a los buenos de los realmente grandes suele ser una: solidaridad y generosidad hacia el equipo. Y Lamine, por su edad, sorprende precisamente por eso: juega con descaro, pero también con responsabilidad.
Por eso, cuando Hansi Flick lo ubicó de inicio como mediapunta —aunque ya visitaba esa zona por momentos—, la conversación era inevitable: ¿extremo o mediapunta, y en qué partidos? La respuesta no puede ser un eslogan. Depende del contexto. Pero si hablamos de maximizar su impacto, hay una idea clara: al talento hay que colocarlo donde recibe con ventaja, no con obligación.
Lamine, a campo abierto
Como extremo derecho, Lamine tiene el campo por delante y la portería en el horizonte. Recibe abierto, ve el juego de cara y elige: por fuera o por dentro. Si entra, amenaza con su tiro con efecto; si se queda, estira al rival. Se asocia con el lateral, con el interior, con el pivote y con el delantero. Y cuando el Barça transita aparece una de sus firmas: el pase con el exterior, profundo y medido, a la espalda de los centrales. No es un gesto bonito: es una amenaza constante.
En la zona derecha del área, en espacios cortos, es todavía más difícil de controlar. Su primer toque ya es ventaja, su regate tiene vértigo y su capacidad para eliminar rivales antes de decidir es enorme. Puede finalizar o asistir, y lo hace con frecuencia. Además, su sola presencia altera el plan defensivo rival: se acumulan ayudas en su banda, se reduce espacio alrededor de él y, al hacerlo, se libera al Barça en otros carriles. Incluso condiciona al lateral izquierdo rival, que vive más pendiente de contener que de atacar.
La mediapunta, territorio áspero
El mediapunta, en cambio, habita un territorio más áspero. En el fútbol actual se le exige presionar, bascular y retroceder cuando el equipo es dominado; y contra grandes rivales eso sucede a menudo. Entonces terminas lejos del área rival, a veces demasiado cerca de la propia. Aparecen duelos constantes con mediocampistas de élite —Caicedo, Enzo, Tchouaméni, Camavinga, Zubimendi, Rice, Kimmich, Vitinha, Fabián— y no dudo de que Lamine podría competir. La pregunta es si al Barça le conviene pagar ese precio: más desgaste y menos presencia en la zona donde se decide el partido.
Como mediapunta se recibe muchas veces de espaldas, con centrales y pivotes cerrando líneas y el carril interior saturado. Para tocar balón hay que bajar más; y cuando recuperas, estás más lejos de la zona de daño. Con un talento así, el riesgo es evidente: si llega cansado al último tercio, pierde brillo. Y el Barça no puede permitirse apagar esa luz.
El extremo se dosifica mejor
Hay otro factor que no conviene olvidar: el Barça suele ser atacado donde más duele, en el centro. Los rivales cierran líneas, multiplican piernas en el mediocampo y convierten cada recepción interior en una pelea por centímetros. En ese escenario, colocar a Lamine como mediapunta significa meter a tu mejor desequilibrante en la zona más congestionada.
Cuando el partido se abre, cuando hay ida y vuelta, el cuerpo manda. El extremo puede dosificar mejor: amenaza, fija, espera su momento y castiga con una acción. El mediapunta, en cambio, vive obligado a correr hacia atrás y hacia delante, a tapar al pivote rival y a sostener la presión tras pérdida. Si es un jugador generoso —y Lamine lo es—, ese compromiso defensivo le drena energía justo donde el Barça necesita que esté fresco: en el uno contra uno y en el último pase.
Entiendo a Flick, el mediapunta tiene más desgaste
Por eso entiendo la idea de Flick como un recurso puntual, no como una etiqueta. Puede ser útil para sorprender, para juntar talento por dentro cuando el Barça domina y el rival se encierra. Pero en las noches grandes, cuando el rival te obliga a defender más metros, lo lógico es proteger al diferencial y mantenerlo cerca del área rival, con tiempo para levantar la cabeza y decidir de cara.
Mi conclusión es simple y práctica. Lamine puede jugar en las dos posiciones porque su talento se lo permite. Pero la gestión debe ser inteligente: contra rivales inferiores, con dominio claro y menor exigencia física, puede actuar como mediapunta para sumar asociaciones interiores y sorprender. Contra rivales grandes, partidos de ida y vuelta, con duelos largos y desgaste alto, yo lo pondría como extremo derecho. En la banda está en su hábitat: cómodo, agresivo, confiado.
Y cierro con lo que, para mí, vale tanto como su regate. Lamine parece querer jugar para el equipo. No exige que el equipo se adapte a él; intenta adaptarse él, ser solidario, trabajar como uno más. Esa generosidad separa a una estrella de un líder. Por eso ya es grande. Punto. Y si mantiene este camino, puede ser muy grande durante muchos años.
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