Elvira Lindo: "Cruyff era el ídolo de las chicas a las que no nos gustaba el fútbol"

Elvira Lindo: "Cruyff era el ídolo de las chicas a las que no nos gustaba el fútbol"

Lindo acaba de publicar A corazón abierto en Seix Barral
Lindo acaba de publicar A corazón abierto en Seix Barral | I. Giménez - Seix Barral

La escritora publica 'A corazón abierto', un recorrido sentimental por su infancia y un homenaje a sus padres

La creadora de 'Manolito Gafotas' recuerda que de pequeña "no era una gran aficionada a los deportes, pero por imitar a mi hermano veía algún partido"

‘A corazón abierto’. No pudo encontrar Elvira Lindo un título mejor para su última obra, un viaje por la biografía de su familia y de paso, por una España que ya casi no existe. Gracias a sus recuerdos y a la memoria de sus padres, Lindo construye un mundo pequeño, entrañable, cálido y contradictorio.

Sin embargo, no es una biografía de su padre ni unas memorias familiares.

Cuando uno piensa en biografía o en memorias piensa en algo determinado, en una sucesión de hechos ordenados. Yo no quería eso. Quería novelar la vida mis padres: todo lo que se cuenta es verdad, son historias convertidas en relatos literarios que se van sumando unas a otras. Supongo que yo lo llamaría novela, pero lo que me importa es que a la gente le guste y le emocione.

¿Por qué decidió escribir sobre su familia?

Ya llevaba tiempo con ganas de escribir la historia de mi padre. Antes de que él muriese, en realidad. Ahora lo he hecho con más libertad: no quería perturbar su vida con mi literatura. Yo me he sentido muy arropada por la presencia de mis padres en este proceso. En las familias de hoy, los protagonistas son los niños, pero en las de mi generación eran los padres. Al menos, en mi caso. Mi padre tenía una personalidad muy fuerte y acaparaba toda la atención. Y nosotros, los hijos, nos íbamos amoldando a esa pareja que formaba con mi madre.

Al final del libro, dan ganas de abrazar a su padre. Se le acaba cogiendo mucho cariño.

He sido fiel a su forma de ser y creo haber conseguido lo mismo qué él cuando vivía: era contradictorio, inteligente, arbitrario, simpático. Tenía muchas aristas. Mi intención no ha sido juzgar, sino comprender. A veces la vida nos lleva a vivir cosas muy difíciles y las vamos superando, pero en el camino nos dejamos algo. Todo tiene un peaje. El carácter, por ejemplo: a veces no sabemos amar bien o somos injustos. A mi padre le ocurrió.

Lo de los cambios de ciudad en la infancia lo llevaba bien: te transformas en una persona camaleónica, te adaptas a lo que sea

El libro también se convierte en un homenaje a los niños de la guerra, una generación sufridora que precisamente ahora padece más que nadie el coronavirus.

Sí, y eso que al principio no era mi intención. Pero cuando empiezas a escribir caes en la cuenta de que hay un recorrido generacional. Y con el virus todo adquiere un significado más profundo: creíamos que la generación de nuestros padres no era suficientemente atractiva como para protagonizar vidas literarias, una generación que reconstruyó España bajo una dictadura y que ahora tiene un final tan cruel… en el libro cuento la muerte de mi padre, en el Gregorio Marañón, que ahora ha sido uno de los epicentros de la pandemia. Nosotros lo vivimos con humanidad, en la intimidad familiar, pero lo de ahora es especialmente cruel. No quiero ni pensar en el dolor de la gente que no ha podido despedirse de sus familiares.

Su padre era auditor de obras, un trabajo que a usted le convirtió en una niña nómada. ¿No se le hacía difícil cambiar tanto de ciudad?

Yo lo llevaba bien, me dejaba llevar por el criterio de mi padre, con alegría. Te transformas en una persona camaleónica, te adaptas al medio que sea. Me daba algo de pena cambiar tanto de sitio, pero tiraba hacia delante. Y eso me ha durado hasta hoy. Empecé a cambiar cuando pasé un tiempo en Nueva York: al final ya tenía ganas de volver a casa.

¿Qué tal ha llevado el confinamiento?

Aún es pronto para sacar conclusiones: creo que todo esto nos dejará unas secuelas que vamos a ir descubriendo poco a poco. Yo me he dado cuenta de que no quiero alejarme demasiado de mi casa, de mi entorno. Quiero estar cerca. Aún me da un poco de vértigo y salir y ver mucha gente. Cada día seguimos escuchando en la radio cifras de muertos y eso no lo he superado. Se habla de volver a la vida normal, pero yo no sé cuándo mi estado de ánimo volverá a ser el de antes.

Corremos el riesgo de que las cifras de fallecidos se conviertan ya en una costumbre. Que los muertos se diluyan…

Los muertos siempre tienen nombre y apellido. Y todos conocemos a gente afectada.

'Manolito Gafotas' ya camina solo: se está rodando una serie que podremos ver dentro de poco en alguna plataforma

¿Aprenderemos algo de todo esto?

No me parece descabellado intentar llevar una vida más sencilla. La actividad de antes estaba disparada y era disparatada. Hay que parar y reflexionar, cuidar un poco más el planeta, aunque supongo que muchos dirán que esto también es ‘buenismo’…

Por cierto, ¿qué sabe de ‘Manolito Gafotas’?

Creo que ya está más cerca de los lectores que lo leen que de mí misma. Podríamos decir que ya camina solo. Pero sigue muy presente: una productora americana compró los derechos y se está rodando una serie que podremos ver dentro de poco en alguna plataforma.

Volviendo a su último libro, la niña Elvira tenía en su habitación un poster de Mark Spitz con sus siete medallas olímpicas.

Sí, yo creo que en aquella época seguíamos con mucha atención los Juegos Olímpicos. Recuerdo, por ejemplo, a Nadia Comaneci, la irrupción de un chica como ella en aquel momento. Otro de mis ídolos era Johan Cruyff…

¿Y eso?

Yo en realidad no era una gran aficionada a los deportes, pero por imitación a mi hermano, por hacer lo que hacía él, veía algún partido de fútbol. Y Cruyff era guapo, moderno, tenía el pelo largo…. Era un gran deportista y un hombre atractivo, si hubiera sido alguien menos atractivo no habríamos reparado tanto en él. Era un ídolo para muchas chicas a las que no nos gustaba el fútbol. Luego, muchos años después, en Amsterdam, descubrí que forma parte de la historia reciente de Holanda y que allí lo tratan como a un símbolo.

No soy sedentaria, pero soy negada para los deportes competitivos

En deporte, ¿usted es más espectadora o practicante?

Soy de ese tipo de niñas que fueron patosas en la escuela, pero yo no tenía ningún complejo. Lo arreglaba con simpatía, supongo. En Madrid, estudié en un colegio donde el deporte era muy importante, pero yo no destacaba en ninguno. No soy sedentaria: me muevo, camino, hago yoga, marcha… Eso sí, soy negada para los deportes competitivos, me rindo. Hay gente que siempre buscar superar su propia marca, mi hermano es así, muy competitivo, pero yo prefiero no angustiarme.

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