FC BARCELONA
Steaua, Duckadam y Sevilla: 40 años de la peor pesadilla de la historia del Barça
La gran oportunidad de ganar la primera Copa de Europa de la historia del Barça acabó en una tragedia deportiva tan inesperada como sorprendente. ¿Qué podía salir mal en el Sánchez Pizjuán? Pues salió y la herida, ocho lustros después, aún escuece

Los jugadores del Steaua, levantndo la Copa de Europa ante la desolación blaugrana / EFE
Dicen que los buenos recuerdos duran mucho tiempo, pero los malos mucho más. El barcelonismo ha vivido grandes momentos deportivos a lo largo de su historia, pero también instantes de decepción. Algunos de ellos, totalmente inesperados. Como lo que sucedió el 7 de mayo de 1986, en un Barça-Steaua con la Copa de Europa en juego.
El FC Barcelona tenía una asignatura pendiente en su palmarés: ganar la máxima competición continental. Lo tuvo a un paso en 1961, pero el Benfica derrotó a la generación de los Ramallets, Suárez, Kubala y compañía en la maldita final de los postes en Berna. Johan Cruyff, campeón de Europa con el Ajax, tampoco pudo serlo con el Barça pese a que en 1975 se plantó en las semifinales contra el Leeds United. Los ingleses le impidieron llegar a la final de París.

Archibald, consolado tras perder la final de Sevilla / JOSEP MARIA AROLAS
En aquella época, solo jugaba la Copa de Europa el campeón de Liga o también el campeón de la edición anterior. El Barça tuvo derecho a participar tras conquistar la Liga 84-85, en la primera temporada del inglés Terry Venables en el banquillo. Se había ido Maradona, pero llegó el escocés Steve Archibald para hacer pareja de extranjeros con el alemán Bernd Schuster. Además, canteranos como Clos, Rojo y Calderé se afianzaron en el equipo.
Una Liga para olvidar
Eran momentos de euforia entre la afición blaugrana, bajo la presidencia de Josep Lluís Núñez, máximo mandatario del club desde 1978. La temporada 85-86, la segunda de la ‘era Venables’, no fue tan bien en la Liga. El Real Madrid de Molowny, ya con la ‘quinta del Buitre’ en acción, se proclamó campeón el 23 de marzo de 1986, tras ganar al Valladolid en el Bernabéu. Superaba en 10 puntos al Barça a falta de cuatro jornadas, en unos tiempos en los que las victorias valían dos puntos.
Sin embargo, el equipo blaugrana funcionaba mejor en los torneos del KO, a excepción de la Supercopa de España, cuya final perdió contra el Atlético de Madrid. En la Copa del Rey, arrancó en octavos de final y eliminó a Lleida, Atlético y Athletic. Mientras, en la Copa de Europa apeó al Sparta de Praga -sufriendo y gracias al valor doble de los goles en campo contrario-, Porto, Juventus -con el mítico gol de Julio Alberto en el Camp Nou y el cabezazo casi sin ángulo de Archibald en el Comunale- y Göteborg, en unas semifinales épicas con derrota en Ullevi por 3-0 y triunfo en la vuelta en Barcelona con el mismo marcador, con tres goles de Pichi Alonso y victoria final en la tanda de penaltis.
Todo apuntaba a doblete aquella temporada. O mejor dicho, triplete, ya que a final de temporada se disputaba la llamada Copa de la Liga y también había opciones de éxito. De momento, Terry Venables y los suyos sabían que en el margen de doce días iban a disputar dos finales. La primera, el sábado 26 de abril, con la Copa del Rey en juego. Enfrente, un Zaragoza que había acabado cuarto la Liga y que era uno de los equipos punteros del fútbol español en aquella época.
Naufragio en el Manzanares
Y la primera, en la frente. Los miles de barcelonistas ubicados en el fondo norte del Vicente Calderón vieron cómo el uruguayo Rubén Sosa, el ‘Principito del gol’, batía de libre directo a Urruti en el minuto 34. Fue el único tanto del partido y la Copa viajó a Zaragoza. “Tranquilos, que vosotros os llevaréis la Copa de Europa en Sevilla”, oían los tristes hinchas del Barça por parte de los aficionados zaragocistas, de camino a los autobuses para regresar a casa. De hecho, pocos pensaban que se pudiera vivir un desastre en Sevilla, doce días después.

La afición del Barça llenó el Sánchez Pizjuán / JOAN IGNASI PAREDES
Nada podía fallar. En una edición sin clubes ingleses a causa de la sanción de la UEFA por los graves incidentes en la final Juventus-Liverpool de 1985 en el estadio de Heysel, el panorama se había aclarado para los de Venables. Eliminados Porto, Juventus, Ajax, Girondins de Burdeos y Anderlecht, el rival en la final era un conjunto rumano sin mucho ‘pedigree’ en competiciones europeas, el Steaua de Bucarest.
La Federación Española fue la anfitriona de aquella final, pero la UEFA no aceptó que se jugara en el Camp Nou, al estar el Barça en competición. Finalmente, se decidió que el partido se jugaría en el Sánchez Pizjuán de Sevilla, el tercer recinto del país en aforo, después del estadio blaugrana y el Santiago Bernabéu. Por entonces aún había localidades de pie en casi todos los estadios y el campo de Nervión podía acoger hasta 70.000 espectadores.
Se acabó el papel
Las entradas costaban entre 1.000 y 2.500 pesetas -al cambio actual, entre 6 y 15 euros- y se agotaron rápidamente. Al no haber apenas demanda por parte de los aficionados rumanos -Rumanía por aquel entonces estaba al otro lado del telón de acero, con muchas dificultades para salir del país-, la práctica totalidad del aforo se llenó de seguidores barcelonistas. El Sánchez Pizjuán fue un ‘mini Camp Nou’ aquella tarde-noche del miércoles 7 de mayo de 1986.

El once inicial del Barça en la final contra el Steaua / ANTONI CAMPAÑA
Pendiente del partido, trompeta en mano, estaba el inolvidable Rudy Ventura. El músico catalán era autor del himno de las Penyes Barcelonistas y de temas tan recordados como el ‘Endavant Barça’ que festejó la primera Recopa conquistada por el club. Su trompeta se escuchaba en las retransmisiones de José Luis Fernández Abajo en la Cadena Catalana. Y Rudy estaba tan convencido del éxito en Sevilla -como casi todo el mundo- que invirtió su dinero en casettes con un tema conmemorativo de la Copa de Europa que iban a venderse como churros en Canaletes aquella noche, al acabar el encuentro.
En el cuartel general del Barça en Sevilla, la principal duda era si Venables apostaría de salida por el héroe de la noche contra el Göteborg, Pichi Alonso, o sería Archibald la referencia ofensiva. El escocés ganó la partida. Quien tuvo que quedarse sufriendo en la grada fue Ramon Maria Calderé. El de Vila-rodona no pudo jugar aquel encuentro al cumplir ciclo de tarjetas amarillas y fue comentarista del partido en TVE, junto a José Ángel de la Casa y Julián García Candau. Tampoco pudo actuar el paraguayo Raúl Vicente Amarilla, lesionado en la semifinal de Copa contra el Athletic.
Con el uniforme reserva
Urruti; Gerardo, Migueli, Alexanko, Julio Alberto; Víctor, Schuster, Pedraza; Carrasco, Archibald y Marcos. Esta fue la alineación que presentó Terry Venables a las 20.15 horas de aquel 7 de mayo. Enfrente, Emerich Jenei dispuso a Duckadam; Iovan, Belodedici, Bumbescu, Barbulescu; Boloni, Majaru, Balan, Balint; Lacatus y Piturca. El francés Michel Vautrot fue el árbitro del partido. Por orden de la UEFA, segunda indumentaria en ambos equipos por coincidencia de colores. El Barça jugó de azul celeste con una lista blaugrana. El Steaua, totalmente de blanco.
Y en medio de la euforia reinante en las gradas del Sánchez Pizjuán, el conjunto blaugrana se atascó como nunca. El Steaua fue imponiendo su ritmo lento y los de Venables no inquietaban a Duckadam ni por asomo. Se llegó al descanso con 0-0 y en la segunda mitad, más de lo mismo. Apenas ocasiones de gol y solo un cambio por equipo. Iordanescu entró por Balan en el 72’, mientras que, a cinco minutos del final, Venables movió ficha.
Schuster, el principio del fin
El cuarto árbitro levantó dos cartelones. Uno, con el 14 de Pep Moratalla. Y el otro, con el 8… de Bernd Schuster. El alemán no entendió la decisión y no solo salió del campo, sino que se fue a los vestuarios, se duchó y abandonó el estadio en un taxi. No quiso saber nada más del partido e incluso pidió al taxista que apagara el autorradio de su vehículo, con el que estaba escuchando la final.
La rabieta de Schuster pudo costar cara al Barça, ya que si hubiera sido elegido por sorteo para pasar el control antidoping, el club podría haber perdido el trofeo en caso de ganarlo por sanción de la UEFA. Núñez nunca se lo perdonó e incluso ordenó que fuera apartado del equipo inmediatamente. Se pasó la temporada 86-87 en blanco e incluso pasando por los juzgados en sus pleitos con el presidente. En la siguiente, la 87-88, volvió al equipo pero al finalizar la misma y acabar su contrato se marchó al Real Madrid.

Schuster, desesperado ante Boloni en un instante del Barça-Steaua / JOAN IGNASI PAREDES
Volvemos al partido. Pasaron los cinco minutos y el tiempo añadido, con el 0-0 inamovible. Nadie podía creer que el Steaua hubiera forzado la prórroga. Mucho menos, que el Barça no fuera capaz de marcar al menos un gol. La última bala de Venables fue Pichi Alonso, quien entró por Archibald en el minuto 111. Ni por esas. La noche no estaba para milagros. Radu por Piturca fue el último cambio de los rumanos antes de que el tiempo se cumpliera. La Copa de Europa se iba a decidir en la tanda de penaltis.
Ni con Urruti
Hasta aquí seguía la fe de los barcelonistas presentes, recordando que la semifinal contra el Göteborg se decidió de esta forma, con un fallo de Carrasco que heló el Camp Nou pero con el acierto de Urruti ante Nilsson que envió la tanda a la muerte súbita y el gol final de Víctor Muñoz. Y más motivos para creer: ¡Urruti paró el primer penalti a Majearu!
Sin embargo, Helmut Duckadam hizo lo propio con el chut de Alexanko y siguió la igualdad a cero. Segundo lanzamiento del Steaua por parte de Boloni… ¡y nueva parada de Urruti! Parecía imposible que se escapara la final. Pero a partir de ahí, todo se torció. El meta rumano adivinó las intenciones de Ángel Pedraza y equilibró de nuevo la serie. Lacatus, con un potente disparo, batió por primera vez el marco blaugrana… y Duckadam detuvo el siguiente penalti a Pichi Alonso.

La parada de Duckadam al penalti chutado por Marcos; así acabó todo / ANTONI CAMPAÑA
En el cuarto lanzamiento rumano, Balint volvió a engañar a Urruti. 2-0 y al Barça solo le restaban dos oportunidades para soñar, al menos, con igualar la tanda. La primera era para Marcos Alonso. Plantó el balón a once metros de la meta del Steaua, cambió el lado de disparo respecto a sus compañeros -todos habían tirado a la izquierda- pero Duckadam volvió a acertar. Silencio en el Sánchez Pizjuán roto únicamente por los gritos de euforia de los rumanos. Pasó lo que nadie pensaba que iba a pasar.
El peor regreso
La trompeta de Rudy Ventura quedó silenciada y el músico tuvo que dar la orden de detener el proceso de venta de aquellos casettes que acabaron en centros de reciclaje. Decepción total en la afición y entre los expedicionarios. La cena posterior en el hotel de concentración fue un funeral, según recuerdan quienes la vivieron. Mientras, miles de barcelonistas emprendían un doloroso viaje de vuelta, con incidentes a la altura de Valencia por parte de indeseables que incluso apedrearon autocares de seguidores.

El Steaua celebró a lo grande aquel éxito / JOAN IGNASI PAREDES
En ese momento, algunos llegaron a plantearse si la Copa de Europa era una competición maldita para el club. Dos finales, dos derrotas dolorosas. Y esta última, si bien el tiempo de juego acabó en empate, aún más por las condiciones en las que se disputó. La penitencia fue larga, empezando por lo que aún le quedaba al equipo de Venables por jugar, la Copa de la Liga, que arrancó con una eliminatoria de octavos de final contra el Real Madrid.
Ni siquiera superar a los blancos pese a empatar 2-2 en el Camp Nou, con goleada 0-4 en el Bernabéu fue consuelo. Ni eliminar posteriormente a Sporting y Atlético para plantarse en la final contra el Betis, con remontada en Barcelona al 1-0 de la ida en el Villamarín gracias a dos tantos de Amarilla y Alexanko. Fue un título que casi nadie recuerda a causa de la gran herida que dejó la final de Sevilla, aquella final que era imposible perderla y que aún hoy, 40 años después, quienes la vivieron en directo no pueden entender lo que pasó.
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