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Hermano Colm O'Connell: "Estos atletas son mis hijos"

Una vez pasado el mercado de Iten, abarrotado de banderas del Manchester United y del Liverpool, nuestra pickup gira a mano izquierda.Tras un breve recorrido de apenas un kilómetro por una tortuosa carretera de tierra (polvo rojizo), piso irregular y bastantes baches, llegamos a St. Patrick¿s School, un oasis en mitad de la nada. Se trata de una edificación de ladrillo rojo, tipicamente inglesa, de forma alargada, con un porticón central muy al estilo de las universidades de Oxford y Cambridge ¿más sencillo, obviamente, pero sin renunciar a la vieja arquitectura isleña¿. Después de un breve paseo, nos topamos con el hermano Colm O¿Connell, un misionero irlandés de 63 años, mediana altura, prominente calvicie y escaso cabello blanco, gafas, una cara de sencillez (y de bondad) infinitas, profesor retirado para más señas y, con toda seguridad, uno de los hombres que más saben de atletismo en el mundo. Ejerce las funciones de entrenador ¿en estos momentos, de David Rudisha, plusmarquista mundial de 800 metros, aunque su primer campeón olímpico fue Peter Rono, que sucedió a Sebastian Coe al ganar la medalla de oro en 1.500 metros en los Juegos de Seul 1988. Rono, como todos los atletas que han surgido de sus manos y de St. Patrick¿s School, tiene un árbol dedicado detrás del edificio principal ¿lo mismo que otros cuatro campeones olímpicos y veinticinco campeones del mundo¿. La factoria del hermano Colm, pues, funciona a toda marcha. Son los hijos de Kenia: “y también los considero míos”, explica con voz pausada. Si Dios existe, este humilde misionero se le debe parecer mucho.

Carlos Galindo

Llegó a Kenia en 1976 sin la más mínima idea de atletismo: “Vine como profesor de geografía”, dice, sentado sobre un pupitre en el comedor central del colegio que acoge a 700 niños y en cuya pared figuran las imágenes de todos los campeones que han surgido de este centro. “Recuerdo que llegué en julio de 1976, la misma semana que empezaban los Juegos de Montreal. Me topé con un maestro natural de Gateshead, Pete Foster, hermano de Brendan. Juntos escuchamos en una vieja radio la transmisión de la BBC que narró la victoria de Brendan Foster en los 10.000 metros. Ahí empezó a entrarme el gusanillo... En realidad, fue Pete quien me metió en el programa que se estaba desarrollando. Cuando él se fue al cabo de un año, tomé el control. Así es como me convertí en entrenador”. Cierra sus ojos y rememora: “Vine aquí con un contrato de tres años y 35 después, todavía sigo aquí”, se ríe abiertamente. Él ha sido en gran parte responsable del surgimiento de grandes campeones en Kenia, especialmente, en la zona de Iten y Eldoret.

En el pasado Mundial de Daegu (Corea del Sur) Kenia logró la friolera de diecisiete medallas, todas ellas en carreras de largo aliento. De éstas, diez fueron ganadas por atletas provenientes de St Patrick¿s School. “Siempre me he centrado en el desarrollo de jóvenes deportistas”, explica el hermano Colm. “Creo que es ahí donde puedo hacer un buen trabajo, porque vine a ayudar a los jovenes y creo que estos triunfos les benefician a ellos, y también al país”. Su secreto se basa en la “simplicidad de la vida en Iten” y la ética de su trabajo, que alienta a la legión de corredores que se van desarrollando sobre los tortuosos caminos de polvo rojizo.
El hermano Colm dejó de ser profesor en 1994, pero aún ocupa una casa en los aledaños de St. Patrick¿s School, y sigue ejerciendo de entrenador ¿también está abierto a las alumnas de una escuela local de niñas, no muy lejos de aquí¿ y mantiene el programa de formación del profesorado sobre el SIDA, en una universidad a 10 km de distancia.

Rara vez abandona la serenidad que ha encontrado en Iten. De hecho, nunca ha estado presente en un campeonato del mundo o en unos Juegos Olímpicos. “No, nunca he viajado. Los atletas no lo necesitan... Cuando llega el momento de la verdad, ya saben qué hacer”, dice. Le preguntamos si estará presente en Londres y encoge sus hombres: “No lo sé. Me lo han pedido, pero lo estoy pensando. No creo que sea necesario. Ahora mismo hay un 50% de posibilidades. Las circunstancias dirán...”. Se siente un africano más: “Hace tiempo que dejé de sentirme irlandés o europeo. Soy un keniano más y, por supuesto, cuando me muera, quiero que me entierren aquí, en esta tierra rojiza. Pertenezco a Kenia, soy parte de ella.. Así quiero que sea”. Se muestra ácido con el papel de la iglesia: “lo que está ocurriendo es un desastre. Hay escándalos de pederastia, de dinero... Creo que la iglesia se ha alejado de la gente y, sobre todo, de los países pobres como éste. No veo al Vaticano por aquí. Ha de ser más humilde; necesita cambiar, retomar el contacto con las personas, bajar a tierra firme... En Kenia se respira el espíritu libre de la iglesia, el espíritu que jamás debió olvidar...”.

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