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PSICOLOGÍA

Los psicólogos coinciden: las personas nacidas entre 1960 y 1970 han desarrollado habilidades como la resolución de problemas, la tolerancia a la frustración y la autorregulación emocional

Los jóvenes se encuentran ante un declive en estas habilidades personales y sociales

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Crecer durante las décadas de 1960 y 1970 pudo influir de forma decisiva en la manera de afrontar los problemas en la vida adulta. Así lo sostienen distintos expertos en psicología, que señalan que muchas personas de esas generaciones desarrollaron una mayor capacidad de adaptación y autonomía debido al contexto social y familiar de la época.

En aquellos años, era habitual que los niños pasaran más tiempo solos o sin supervisión constante de los padres. Las largas jornadas laborales y un estilo de crianza menos intervencionista hacían que muchos menores tuviesen que entretenerse por su cuenta, resolver pequeños conflictos cotidianos o tomar decisiones sin ayuda inmediata de un adulto.

Según los especialistas, esta exposición temprana a ciertas dificultades favoreció habilidades como la tolerancia a la frustración, la resolución de problemas y el autocontrol emocional. En psicología, este fenómeno suele relacionarse con el concepto de resiliencia, entendido como la capacidad de adaptarse a situaciones complicadas sin derrumbarse emocionalmente.

Algunos investigadores también vinculan este desarrollo con lo que se conoce como "inoculación al estrés". Se trata de una teoría cognitivo-conductual que sostiene que afrontar pequeñas dosis de estrés o incomodidad desde edades tempranas puede ayudar a desarrollar herramientas emocionales útiles para el futuro.

En otras palabras, aprender a manejar problemas cotidianos desde niño puede facilitar la gestión de situaciones difíciles en la vida adulta.

En contraste, muchos expertos apuntan a un modelo de crianza cada vez más común en la actualidad: el de los llamados "padres helicóptero". Este término hace referencia a madres y padres excesivamente protectores o controladores, que supervisan constantemente la vida de sus hijos e intervienen rápidamente ante cualquier dificultad.

Diversos estudios sugieren que este tipo de sobreprotección puede dificultar el desarrollo de la independencia emocional y la capacidad para gestionar la frustración. Además, algunos especialistas advierten de que los menores necesitan equivocarse, asumir pequeñas responsabilidades y resolver conflictos por sí mismos para desarrollar seguridad y madurez.

Aun así, los psicólogos insisten en que ninguno de los extremos resulta ideal. Ni una crianza excesivamente dura ni una protección constante parecen ser la mejor solución. El equilibrio entre apoyo, autonomía y acompañamiento continúa siendo una de las claves más importantes en el desarrollo emocional y social durante la infancia.