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Comer sin control y morderse las uñas: Acciones que hace el cerebro para salvarnos

Hablamos del 'autoboicot cotidiano': cuando el cerebro prefiere un pequeño daño antes que un gran golpe

Morderse las uñas puede ocurrir en situaciones de excitación, de ansiedad, de estrés.

Morderse las uñas puede ocurrir en situaciones de excitación, de ansiedad, de estrés.

David Cruz

David Cruz

Morderse las uñas hasta hacerse daño, retrasar tareas importantes o darse atracones de comida ultraprocesada son comportamientos que suelen calificarse como autodestructivos. Sin embargo, lejos de ser simples fallos de autocontrol, estas conductas responden a un mecanismo profundo de supervivencia del cerebro humano, tal y cómo explica el psicólogo clínico Charlie Heriot-Maitland.

En su libro 'Explosiones controladas en la salud mental', el experto británico sostiene que el cerebro no está diseñado para hacernos felices, sino para mantenernos con vida.

Una persona se muerde las uñas.

Una persona se muerde las uñas. / ·

Para ello, prioriza la previsibilidad y la sensación de control, incluso cuando esto implica asumir pequeños daños autinflingidos: "el cerebro prefiere que seamos los árbitros de nuestra propia caída antes que exponernos a amenazas externas impredecibles", señala.

Así, conductas como la procrastinación funcionan como una forma de protección frente a peligros mayores, como el rechazo o el fracaso. Retrasar una tarea puede generar culpa o estrés, pero evita la posibilidad de un resultado negativo más doloroso.

Del mismo modo, comer compulsivamente o caer en el pesimismo ofrece una amenaza conocida y controlable frente a miedos más profundos que podemos no controlar.

Una persona comiendo sin control.

Una persona comiendo sin control. / Getty Images

Desde una perspectiva evolutiva, este sistema tuvo sentido: los cerebros humanos se desarrollaron para detectar peligros constantes y reaccionar rápidamente. En el mundo actual, sin embargo, esa hiperalerta se traduce en ansiedad, autosabotaje y patrones dañinos que ya no resultan útiles.

Para Heriot-Maitland, la clave no está en eliminar estos comportamientos a la fuerza, sino en comprender la función protectora que cumplen. Las intervenciones psicológicas más eficaces buscan generar seguridad emocional y afrontar el dolor subyacente que el cerebro intenta evitar.