Bienvenidos
al Infierno
Bienvenidos
al Infierno
Texto: Javier Giraldo - Infografía: Marc Creus - Edición: Miki Soria
La idea que a finales del siglo XIX tuvieron dos empresarios de Roubaix se ha convertido, tantos años después, en una carrera ciclista única en el mundo. En 1896, Thedore Vienne y Maurice Pérez pensaron que la mejor manera de promocionar su ciudad, conocida como la Manchester francesa o la ciudad de las mil chimeneas, por la cantidad de fábricas textiles que funcionaban por entonces, era organizar una carrera ciclista. Lo consiguieron a través del diario deportivo ‘Paris-Vélo’.
129 años después, la Paris Roubaix no solo es el ‘infierno del norte’, sobrenombre surgido tras la Primera Guerra Mundial: es, sobre todo, la clásica más dura, pasional y seductora del calendario ciclista. Un monumento con mayúsculas, un homenaje al ciclismo de toda la vida con los adoquines como indiscutibles protagonistas: esas piedras de origen romano se cuidan durante todo el año para que el segundo domingo de abril, los ciclistas sufran de lo lindo en busca de una victoria que recordarán de por vida.
La Paris Roubaix de 2025, que se celebra el domingo 13 de abril, con 259,2 kilómetros de recorrido y 30 tramos de adoquines. Cada tramo de adoquín se clasifica de una a cinco estrellas, en función de su dificultad. Un corredor vivirá por primera vez en su vida lo que supone la Roubaix: Tadej Pogacar protagonizará el debut más esperado de los últimos años, todo un campeón del mundo dispuesto a vivir una tortura de seis horas para alzar los brazos en el mítico velódromo de Roubaix.
La Manchester francesa
La carrera nació del ímpetu de dos empresarios textiles de Roubaix, la ciudad del norte de Francia, muy próxima a la frontera con Bélgica, que en su día fue conocida como la Manchester francesa (o 'la ciudad de las mil chimeneas') por su enorme potencial como centro industrial textil.
Théodore Vienne y Mauricio Pérez (de ascendencia española) contribuyeron a la construcción del velódromo de la ciudad, que no tardó en convertirse en el epicentro de Roubaix cuando los domingos los trabajadores aprovechaban su tiempo de ocio para ver espectáculos deportivos.
Vienne y Pérez dieron un paso más en 1896: convencieron al diario deportivo 'Paris - Vélo' de que organizase una carrera entre París y Roubaix, inicialmente concebida como entrenamiento para otra prueba que se disputaba por entonces, entre Burdeos y París, de 600 kms. El primer ganador de la Roubaix fue el alemán Joseph Fischer.
En 1901, la carrera pasó a ser organizada por el diario 'L'Auto - Vélo', fundado un año antes y competencia directa de Le Vélo (anteriormente llamado Paris - Vélo).
El nuevo diario, flamante organizador de la carrera, tenía como editor a Henri Desgrange, que en 1903 puso en marcha un maravilloso invento llamado Tour de Francia con el objetivo de vender periódicos y de hundir a la competencia. Logró ambos objetivos con creces. Desgrange, que había sido ciclista, fue uno de los pioneros que se inscribió par participar en la primera edición de la Roubaix, aunque no llegó a tomar la salida. 'L'Auto - Vélo' pasaría después a llamarse simplemente 'L'Auto' y ya después de la Segunda Guerra Mundial, adoptó su nombre actual, 'L'Équipe'.
Dos belgas en el Olimpo
Ganar una Roubaix ya permite a los corredores entrar a formar parte de la historia del ciclismo, pero dos corredores encabezan el palmarés con diferencia: los belgas Roger De Vlaeminck, y Tom Boonen comparten el récord de cuatro victorias.
De Vlaeminck, apodado 'monsieur Paris-Roubaix' y 'el Gitano' porque su familia se dedicaba a la venta ambulante, ganó la carrera en 1972, 1974, 1975 y 1977. Fue un gran especialista del ciclocross, habilidad que le permitía desenvolverse como pez en el agua en los adoquines. "Es como si supiera la ubicación exacta de cada adoquín", dijo de él Eddy Merckx.
Tom Boonen la ganó en 2005, 2008, 2009 y 2012, por lo que se dijo de él que era "el Roger De Vlaeminck de los tiempos modernos". Bélgica es el país que suma más triunfos, 162, a mucha diferencia de los 82 triunfos de corredores franceses.
Boonen, uno de los reyes de la Paris Roubaix
Boonen, uno de los reyes de la Paris Roubaix
Y los españoles, ¿qué?
Pues no demasiado bien, la verdad. Ningún ciclista español ha conquistado el ‘infierno del norte’. Solo dos se subieron al podio, y con bastantes años de diferencia: Miquel Poblet fue tercero en 1958 y segundo en 1960. Juan Antonio Flecha siempre estuvo cerca de la victoria, pero nunca logró llevarse el adoquín del ganador: fue segundo en 2007, tercero en 2005 y 2010, cuarto en 2006 y 2012 y quinto en 2009.
Flecha, en la edición de 2005
Flecha, en la edición de 2005
Pedro Horrillo, ciclista vasco que fue profesional entre 1998 y 2009, siempre ha sido un enamorado de la Roubaix. “Son carreras que hay que amarlas para poder ganarlas”, sostiene en palabras recogidas por la periodista Laura Meseguer en su libro ‘Metiendo codos’. “La sensación sobre el adoquín, luchar por la posición”, resume Flecha, “lo bonito en Roubaix no es que sean dos, cinco o seis tramos, sino que en los últimos 30 kilómetros ves que realmente estás corriendo la Paris-Roubaix. He visto corredores orinar sangre, con llagas en las manos”.
La Manchester francesa
La carrera nació del ímpetu de dos empresarios textiles de Roubaix, la ciudad del norte de Francia, muy próxima a la frontera con Bélgica, que en su día fue conocida como la Manchester francesa (o 'la ciudad de las mil chimeneas') por su enorme potencial como centro industrial textil.
Théodore Vienne y Mauricio Pérez (de ascendencia española) contribuyeron a la construcción del velódromo de la ciudad, que no tardó en convertirse en el epicentro de Roubaix cuando los domingos los trabajadores aprovechaban su tiempo de ocio para ver espectáculos deportivos.
Vienne y Pérez dieron un paso más en 1896: convencieron al diario deportivo 'Paris - Vélo' de que organizase una carrera entre París y Roubaix, inicialmente concebida como entrenamiento para otra prueba que se disputaba por entonces, entre Burdeos y París, de 600 kms. El primer ganador de la Roubaix fue el alemán Joseph Fischer.
En 1901, la carrera pasó a ser organizada por el diario 'L'Auto - Vélo', fundado un año antes y competencia directa de Le Vélo (anteriormente llamado Paris - Vélo).
El nuevo diario, flamante organizador de la carrera, tenía como editor a Henri Desgrange, que en 1903 puso en marcha un maravilloso invento llamado Tour de Francia con el objetivo de vender periódicos y de hundir a la competencia. Logró ambos objetivos con creces. Desgrange, que había sido ciclista, fue uno de los pioneros que se inscribió par participar en la primera edición de la Roubaix, aunque no llegó a tomar la salida. 'L'Auto - Vélo' pasaría después a llamarse simplemente 'L'Auto' y ya después de la Segunda Guerra Mundial, adoptó su nombre actual, 'L'Équipe'.
Dos belgas en el Olimpo
Ganar una Roubaix ya permite a los corredores entrar a formar parte de la historia del ciclismo, pero dos corredores encabezan el palmarés con diferencia: los belgas Roger De Vlaeminck, y Tom Boonen comparten el récord de cuatro victorias.
De Vlaeminck, apodado 'monsieur Paris-Roubaix' y 'el Gitano' porque su familia se dedicaba a la venta ambulante, ganó la carrera en 1972, 1974, 1975 y 1977. Fue un gran especialista del ciclocross, habilidad que le permitía desenvolverse como pez en el agua en los adoquines. "Es como si supiera la ubicación exacta de cada adoquín", dijo de él Eddy Merckx.
De Vlaeminck logró cuatro triunfos en Roubaix
De Vlaeminck logró cuatro triunfos en Roubaix
Tom Boonen la ganó en 2005, 2008, 2009 y 2012, por lo que se dijo de él que era "el Roger De Vlaeminck de los tiempos modernos". Bélgica es el país que suma más triunfos, 162, a mucha diferencia de los 82 triunfos de corredores franceses.
Boonen, uno de los reyes de la Paris Roubaix
Boonen, uno de los reyes de la Paris Roubaix
Y los españoles, ¿qué?
Pues no demasiado bien, la verdad. Ningún ciclista español ha conquistado el ‘infierno del norte’. Solo dos se subieron al podio, y con bastantes años de diferencia: Miquel Poblet fue tercero en 1958 y segundo en 1960. Juan Antonio Flecha siempre estuvo cerca de la victoria, pero nunca logró llevarse el adoquín del ganador: fue segundo en 2007, tercero en 2005 y 2010, cuarto en 2006 y 2012 y quinto en 2009.
Flecha, en la edición de 2005
Flecha, en la edición de 2005
Pedro Horrillo, ciclista vasco que fue profesional entre 1998 y 2009, siempre ha sido un enamorado de la Roubaix. “Son carreras que hay que amarlas para poder ganarlas”, sostiene en palabras recogidas por la periodista Laura Meseguer en su libro ‘Metiendo codos’. “La sensación sobre el adoquín, luchar por la posición”, resume Flecha, “lo bonito en Roubaix no es que sean dos, cinco o seis tramos, sino que en los últimos 30 kilómetros ves que realmente estás corriendo la Paris-Roubaix. He visto corredores orinar sangre, con llagas en las manos”.
Un paseo por el infierno
La mística de los adoquines
El recorrido de la Roubaix presenta 30 tramos de adoquines. Cada tramo se califica por estrellas, de una a cinco, en función de su dificultad. Los adoquines, tan frecuentes en el norte de Francia y en Bélgica, eran el ‘asfaltado’ ideal para que los carros de los mineros transportasen su material sin hundirse en el barro. Ahora son los ciclistas los que deberán luchar para sobrevivir en el infierno.
El recorrido no presenta cotas de gran altura: son los tramos adoquinados los que le dan la mística a la carrera, unos tramos que durante los 364 días restantes cuidan y miman ‘Les Amis du Paris Roubaix’, una asociación sin ánimo de lucro que promociona la carrera y de paso, la zona en la que se lleva a cabo.
Serán 259,2 kilómetros en total, con 55,3 kms de adoquines, un poco menos que en la edición de 2024, cuando los ciclistas completaron 55,7 kms sobre el pavé.
Quiévy - Saint-Python
Es el tramo más largo, junto a Hornaing, de ahí su dificultad. Tiene otra dificultad añadida, un ligero descenso en el final del tramo que hace muy complicado controlar la bicicleta, sobre todo en condiciones de lluvia o humedad.
Haveluy a Wallers
También tiene casi tres kilómetros, de ahí su dificultad. Además, es la antesala de uno de los tramos más temibles (y con más historia) de la carrera, Arenberg.
Arenberg
En 1968, la carrera atravesó por primera vez uno de sus tramos más legendarios, el bosque de Arenberg: lo hizo por recomendación de un veterano ciclista francés de origen polaco, Jean Stablinski. Había sido minero en una mina cercana a Walles Arenberg y su madre, unos metros por encima, atravesaba el bosque en bicicleta para ir a trabajar.
Cuando Stablinski enseñó ese tramo a los organizadores, estos quedaron impresionados. “Le pedí que me encontrase un tramo de adoquines, no una pista llena de socavones”.
Hornaing a Wandignies
Son 3,7 kms de adoquines, el más largo junto a Quiévy.
Tilloy a Sars-et-Rosières
Las tres curvas de su recorrido, muy cerradas, convierten este tramo en una trampa letal para muchos corredores.
Auchy-lez-Orchies – Bersée
2,7 kms, ya con mucha fatiga en las piernas, por lo que se convierte en un tramo siempre muy delicado. No es un tramo especialmente técnico, pero si llueve, puede ser especialmente resbaladizo.
Mons-en-Pévèle
También conocido como el Pavé de la Croix Blanche y del Blocus, tiene 3 kms de longitud, subdividido en dos partes, Pavé de la Croix Blanche: 1,000 metros y Pavé del Blocus: 1,900 metros. Debutó en la carrera en 1978. Estuvo a punto de formar parte del recorrido del Tour de Francia en 2014, en sentido contrario al que se usa en la Roubaix, pero debido al mal tiempo, el tramo tuvo que ser cancelado.
Camphin-en-Pévèle
Este sector de 1.800 metros tiene una peculiaridad que le hacen ser temido: su cercanía a zonas de granjas y ganado provocan que los vehículos agrícolas que acceden a la zona dejen el estado del pavé en condiciones muy difíciles pese a los intentos por conservarlo
Carrefour de l’Arbre
El cruce del árbol, en su traducción al español, se llama oficialmente Pavé de Luchin: es el último gran tramo adoquinado de la carrera, el último gran obstáculo antes de la meta. Está a solo 17 kilómetros de Roubaix. Tiene 2.100 metros de longitud. Forma parte del recorrido de la Roubaix desde 1958, y hasta 1980 fue entrando y saliendo de la Roubaix antes de consolidarse definitivamente. Se encuentra en el mismo lugar donde tuvo lugar la batalla de Bouvines el domingo 27 de julio de 1214.
¿Por qué es especial?
“Es una mierda. Es la carrera más hermosa del mundo”
Ninguna otra clásica ha generado tanta literatura. Solo una carrera como la Paris Roubaix podría generar tanta pasión y tanto odio al mismo tiempo. Nadie lo resumió mejor que el ciclista neerlandés Theo de Rooij, que acabaría siendo manager de Rabobank. “Esta carrera es una mierda. Trabajas como un animal, no tienes tiempo para mear, mojas tu culotte, te resbalas, te caes... ¿Que si volveré el próximo año? Pues claro, ¡es la carrera más hermosa del mundo!".
En la misma línea se expresó un gigante de la historia del ciclismo Bernard Hinault, que nunca fue un apasionado de la Roubaix. “Es una carrera de mierda pero acudiré a ella para demostrar que puedo ganarla”. Tal cual: fue en 1981 y la ganó, pese a sufrir cinco caídas. Tom Boonen, que la ganó en cuatro ocasiones, tenía una receta muy sencilla para alzar los brazos en el velódoromo de Roubaix. “Se trata de sobrevivir, sobrevivir y sobrevivir”.
Cabras y desbrozadoras
No habría Roubaix sin adoquines, pero los adoquines han vivido su propia historia de supervivencia. El asfaltado general de las carreteras 'amenazó' con acabar con el pavé, ya que en su día incluso los habitantes de la región eran partidarios del asfaltado para mejorar las comunicaciones. Pero en algunos tramos, la tradición perduró. En ese sentido, la labor de los voluntarios, agrupados bajo el nombre de ‘Les Amis de Paris-Roubaix’, es esencial. Son los encargados de mantener los adoquines en buen estado durante todo el año para que puedan lucir el segundo domingo de abril, cuando se suele disputar la Roubaix.
Un detalle que asombraba a los aficionados es que la organización de la carrera, en colaboración con Les Amis’, empleaba una curiosa manera de desbrozar los márgenes de la carretera: unas cabras quitaban las malas hierbas mientras se alimentaban. La imagen se hizo viral en varias ocasiones. Para la edición de 2025, en cambio, se usaron desbrozadoras.
El pavés del Infierno del Norte está declarado Patrimonio Cultural de la región de Hauts-de-France, aunque también son frecuentes los robos de adoquines (algunos pesan más de cinco kilos) durante el resto del año.
¿Por qué se llama el infierno del norte?
La carrera suele llamarse el 'infierno del norte': curiosamente, el nombre no procede de las duras condiciones de la prueba, especialmente complicadas en días de lluvia (como se prevé para este domingo, 13 de abril), sino de lo que se encontró el periodista Victor Breyer cuando fue a reconocer la zona en 1919, después de la Primera Guerra Mundial.
"Nos adentramos en pleno campo de batalla. No queda un solo árbol. Está todo arrasado. No queda un solo metro de terreno que no esté levantado. No se ve más que un cráter tras otro. ¡Esto es un infierno!".
Efectivamente, la zona norte de Francia sufrió más que ninguna otra del país las consecuencias de la guerra, con las batallas de Verdún, el Somme, Arras o Cambrai como grandes ejemplos.
No fue lo único que se perdió en la guerra. Octave Lapize y François Faber, ganadores de la prueba en años anteriores, fallecieron en el conflicto: Lapize era piloto de avión y cayó abatido por los alemanes. La muerte de Faber tuvo tintes surrealistas: en plena trinchera, en el frente oeste, recibió un telegrama que le comunicaba el inminente nacimiento de su hija. Cometió la imprudencia de saltar de alegría en plena trinchera: un soldado enemigo lo vio y lo mató de un disparo.
Unas duchas únicas en el mundo
La mística de la carrera no acaba cuando los corredores cruzan la línea de meta: es tradición que todos los que logran acabar la prueba se duchen en las instalaciones del velódromo, que se mantienen prácticamente intactas desde su inauguración, con una cadena para volcar el agua sobre el cuerpo del ciclista (el año pasado, Van der Poel fue fotografiado en las duchas, aprovechando que el patrocinador de su equipo es un champú).
Es tradición, además, que el ganador de cada Paris - Roubaix inaugure una ducha con su nombre en una placa en el velódromo, de manera que las duchas de la Roubaix son prácticamente un museo de ciclismo.
La Pascale
En 1896, en su primera edición, la carrera se disputó el 19 de abril, domingo de Resurrección. Y contó con un enemigo implacable e imprevisto, la Iglesia: en tan señalada fecha, los ciclistas no podrían acudir a misa, detalle que llevó a los responsables eclesiásticos poco menos a que a vetar la carrera.
No se llegó a tal extremo, entre otras cosas porque los organizadores dispusieron una misa justo antes de la salida, a las afueras de París.
La prueba sería conocida durante muchos años como la Pascale, por haberse disputado en plena Pascua, la carrera de Pascua.
Un premio de 15 kilos
Después de la ducha, llega otro momento icónico: el ganador levanta su trofeo, un enorme adoquín de 15 kilos de peso, el premio que desde 1977 se entrega al ganador. Los aficionados pueden comprar una reproducción a menor escala en el bar del velódromo donde acaba la prueba.
En Roubaix existe un monumento que homenajea la carrera que ha dado renombre mundial a la ciudad, antaño potencia industrial del norte de Francia.
La carrera más exigente
¿Qué diferencias hay con
una carrera ‘normal’?
Manillar
En el manillar se suele llevar una doble cinta, a modo de amortiguación, lo cual no impide que las manos de los corredores acaben despellejadas o con sangre, de tanto sufrir el impacto contra los adoquines.
Manillar
Conviene sujetar bien el manillar, pero no demasiado fuerte. Lo explica a la perfección Juan Antonio Flecha, el mejor español en la historia de la carrera. “No hay que agarrarlo fuerte, a pesar de que la primera sensación al pasar por adoquín es precisamente la contraria. El manillar tiene que saltar sobre tu mano, porque si no, toda la vibración la trasladas al cuello y a los hombros. De la otra forma, la vibración se queda en la bici. Hay que tener buenos cuádriceps e ir empujando la bici, dando pedaladas muy fuertes”.
Sillín
El sillín se retrasa unos centímetros: el culo va más atrasado, buscando bajar el centro de gravedad del corredor
Neumáticos
Es preceptivo correr con una presión de neumáticos más baja de lo habitual, para evitar el efecto rebote
Neumáticos
La otra diferencia es que las ruedas también suelen ser un poco más anchas de lo normal
El Rey baja al Infierno
La gran noticia saltó hace pocas semanas: el vigente ganador del Tour y del campeonato del mundo, Tadej Pogacar, correrá por primera vez la Roubaix. Lo hará como flamante ganador del Tour de Flandes. Pero fue en otra clásica, la primera de la temporada, la Milán-Sanremo, donde empezó a tomar la decisión de probar suerte en el ‘infierno del norte’. En Sanremo fue tercero y quería quitarse la espina en Roubaix.
Poco después, se le pudo ver reconociendo el temible Arenberg. “Pensaba que sería demasiado duro para mí, pero cuando he hecho el reconocimiento he visto que puedo afrontarla”, dijo. “Nunca había visto a un corredor de sus características rodar tan fuerte sobre las piedras”, dijo Fabio Baldato, uno de los directores deportivos de UAE, tras aquel entrenamiento.
Aunque en UAE no eran demasiado partidarios de que Pogacar corriese la Roubaix (demasiado riesgo, demasiado cerca en fechas del Tour de Francia), Pogacar se impuso el reto de ganar la única clásica que falta en su palmarés, junto a Sanremo. Al fin y al cabo, “¿quién puede negarle a un tipo así participar en la Paris-Roubaix?”, como ha dicho el máximo responsable de Mauro Gianetti, máximo responsable de UAE-Team.
