Sean Kelly: el ciclista que ganaba hasta con pantalones vaqueros

Todo lo que hoy es Valverde lo fue Sean Kelly en los ochenta. 194 victorias sin ofender a nadie, sin escupir amor propio.

En una época, en la que los ciclistas aún corrían sin casco, todos sabíamos quién era Sean Kelly.

Se llamaba John James Kelly, en realidad, pero le conocíamos como Sean Kelly, que era un tipo que jamás presentaba la dimisión.

Si Valverde hubiese nacido en 1956 se hubiese llamado Sean Kelly.

Kelly era un ciclista que siempre estaba ahí: para servir al pueblo, para servir a la bicicleta, para servirse a sí mismo, incluso.

Kelly pertenece a una época que ya no existe y han pasado más de 30 años, pero no se nos ocurre nada que reprochar al irlandés de Waterford: el irlandés de todos los irlandeses.

Stephen Roche nos quitó un Tour de Francia (el del 87 que parecía destinado a Perico Delgado) pero Sean Kelly nunca nos hizo nada.

Nos ganaba sin maldad y sin hacernos llorar. Sus victorias eran como si fuesen nuestras. Se hinchó a ganar. Ganó por todas partes. Fueron 194 victorias de ciclista profesional.

En realidad, Sean Kelly era capaz de ganar hasta con pantalones vaqueros.

Llegó el momento, que todos perseguimos en la vida, en el que ya no le hacía falta demostrar nada a nadie.

Ni siquiera ganar una gran Vuelta de tres semanas. Pero  acabó ganando la Vuelta a España de 1988 gracias a su silencioso amor propio, a su afán  por probarlo todo y por sacar nota en todas las asignaturas.

Ése fue Sean Kelly.

No se me ocurre mejor resumen de una vida ciclista plena para él y para los que le vivimos.

Un ciclista que no se andaba por las ramas, que ganaba sin ofender, que te ganaba y te miraba a la cara (sin necesidad de escupir amor propio).

Tenía un destino en la vida: la victoria.

Por eso cuando llegó a viejo y se miró al espejo decidió que esto se había acabado y entonces nos quedó lo mejor: los recuerdos.

En una época de grandes egos en el ciclismo, como fueran los años ochenta, podemos prometer que Sean Kelly no le caía mal a nadie.

Nació como un sprinter y acabó siendo un ciclista total. Las nuevas generaciones merecen escuchar su nombre, teclearlo en Google y empaparse de un ciclista que parecía un tipo estupendo.

Recuerdo lo que me dolió aquella conexión de mediodía en la radio de José María García en la Vuelta de 1987 que era una Vuelta que ya solo podía ganar Sean Kelly porque, a falta de dos o tres etapas, Sean Kelly ya la había enderezado:

– En contra de nuestra voluntad, tenemos que dar una mala noticia -dijo García.

La mala noticia es que Sean Kelly no había podido tomar ni la salida.

Se había tenido que retirar a causa de un forúnculo.

Y no nos dolió que esa Vuelta la ganase Lucho Herrera: nos dolió que no la ganase Sean Kelly, que al año siguiente iba a solucionar esa cuenta pendiente.

Kelly fue un tipo habilidoso, duro como una piedra, afortunado como los amantes que se quieren.

Perteneció a la mejor época del ciclismo en la que aún coleccionábamos a los ciclistas en los cromos.

Kelly corrió, incluso, en el KAS (nostalgia verdadera, cultura infinita).

Kelly tiene hoy 65 años, lo último que he leído de él es que ha sido guía turístico de ciclismo en Mallorca (una isla que adora como buen irlandés) y reconozco que algún día me gustaría verlo.

Si mañana le tuviese a mi lado, le daría la mano y le daría las gracias porque, debido a él, descubrí que un ciclista podía ganar en todas partes.

Que un hombre de clásicas también podía quedar entre los cinco primeros en el Tour de Francia.

Han pasado más de treinta años pero  olvidarse de Sean Kelly está prohibido para la gente de mi generación.

En primavera siempre nos acordamos de él. Nos sobran los motivos. Sean Kelly ganó nueve monumentos (tres Milán San Remo, tres Giro de Lombardia, dos París-Roubaix y dos Lieja-Bastone-Lieja).

Sean Kelly, en realidad, fue un ciclista monumental. Nos referíamos a él como ‘el granjero’ y adorábamos que nos lo pusiese  difícil hasta en los Lagos de Covadonga. Nos sentíamos reflejados en su esfuerzo, en su educada ambición y en su aspiración a probarlo todo.

Su currículum es como una enciclopedia como pueden imaginar. Para resumirlo necesitamos 19 días y 500 noches. Pero ése es el producto de un tipo que logró 194 victorias, entre ellas siete París-Niza seguidas.

Pero, antes de despedirme, me gustaría dejar clara una cosa:  resumir al granjero a los números es quedarse con ganas de llorar.

Su recuerdo se conquista no sólo con los números. También hacen falta palabras que son las que casi siempre ponen las cosas en su sitio.

 

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Ver comentarios

  • Hace años seguia el ciclismo y para mi fue uno de los mejores ciclistas de la historia pues ademàs de sus triunfos hizo multitud de segundos puestos, siempre estaba cerca de la meta

  • Muchísimas gracias por el artículo,en esa época tenía unos 15 años y ya seguía las carreras ciclistas.Sean ha vuelto a mi memoria,recordar es volver a vivirlo.

Publicado por
Alfredo Varona

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