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Igor Astarloa: de salir por las noches con Pantani a campeón del mundo

“Recuerdo que Marco me llamó a Londres para felicitarme”, cuenta hoy Igor Astarloa, que en 2003 entró a formar parte del club del arcoiris. Se convirtió en Canadá en campeón del mundo entrando solo en meta.

El 12 de octubre de 2003 Igor Astarloa se hizo eterno. Ganó el Mundial de Hamilton (Canadá). La felicidad fue infinita. No podía ocurrir nada mejor en su vida deportiva, que se acabó cuando la motivación puso el candado. “Me pasó lo que le pasa ahora a Peter Sagan: quieres pero no puedes”.  Hoy, a los 45 años, le sobra tiempo para estar tranquilo. Igor vive junto al mar, sin madrugar y sin caprichos. Hace bastante bicicleta de montaña. Se conserva bien. Tiene un hijo de 15 meses.  Al fondo quedan 10 años de ciclista profesional en los que Igor Astarloa tuvo la fortuna de convivir con lo mejor y lo peor de Pantani. “Marco era Dios”, recuerda hoy.

No nos importaría volver al Mundial de  Canadá 2003. 
Ya lo creo. Hoy, precisamente, he hablado con Óscar Freire. El viernes nos vamos a Bélgica. La UCI celebra 100 años desde que empezaron los Mundiales y nos ha invitado a todos los ganadores.

El recuerdo no se olvida nunca.
Si es positivo aún menos. Fue un sueño total. De niño no me perdía ningún Mundial desde que vi ganar a Bugno en Bennidorm. Me impresionó. ¿Quién me iba a decir que algún día iba a ganarlo yo? Tenía algo tan especial el maillot arcoiris. Me parecía tan llamativo poder vestir ese maillot durante todo el año.

¿Y lo veía posible? 
Sí porque uno de mi quinta (la de Lastras Mancebo, Sevilla, Freire..), Miguel Morras, que ahora es bróker, ganó el Mundial de juveniles en Colombia con 16 años… Si ha ganado él ¿por qué no puedo ganarlo yo?, pensé. Y luego fue Freire y ganó el absoluto en el 99. Pero es que en San Sebastián en amateur Freire ya había sido segundo.

¿Pero usted tenía categoría para ganar un Mundial? 

Quería pensar que sí, que tal vez algún día. Siempre pensé en más. De hecho, en 1999 me fui a correr a Italia porque me ficha Mercatone Uno donde coincido con Pantani, y eso es porque tenía un nivel.

¿Y cómo era Pantani? 
Era antiitaliano. Era muy discreto, muy callado.  Pero era un hombre sorprendente. Siempre recordaré que unos días después de ganar el Mundial me fui a Londres para desconectar y recibo una llamada suya que estaba con Dani Clavero y que quería felicitarme. Nada menos que él: Marco Pantani. Pantani era Dios.

¿Cómo fue convivir con Dios?
Siempre recordaré el primer año que pasé a profesionales. Hicimos una concentración en Madonna di Campiglio. Unos días antes me llamó Martinelli, el director, “no traigas solo ropa de ciclista, trae unos vaqueros, unas camisas porque a Marco le gusta salir de noche para hacer grupo”. Y recuerdo que me lo pasé fantástico. Yo era el único español. Todas las noches salíamos de fiesta. Tomábamos unos tragos. Todos los restaurantes nos invitaban porque tener a Pantani era lo máximo. Insisto: Pantani era Dios. Yo lo comparo con Valentino Rossi.

Tuvo suerte usted de vivirlo. 
He corrido con Simoni, con Cunego, con Zabel… y nunca vi nada igual. En los entrenamientos en carretera la gente se bajaba del coche y se ponía a aplaudirnos, porque Marco Pantani estaba ahí. Todavía en el Giro hay más pintadas suyas en la carretera que de nadie.

Murió a los 34 años. 
La prensa se cebó con él y no le pudo dar la vuelta. Él estaba muy enfadado tras lo que pasó en el Giro del 99. Fue todo muy raro. La verdad la sabrán pocos. Después de eso, diría que se juntó con malas compañías y qué decir. Murió en un hotel con sobredosis: ya nunca levantó cabeza.

¿Y cómo se despidió de él? 
Estuve en el tanatorio con Marco Velo. Y jamás lo olvidaré. Queríamos imaginar que se trataba de una trampa para que Marco se fuese a vivir a Cuba. Estaba igual con la misma cara. Todo igual. No había cambiado nada. Todavía es como si viese a Pantani en el ataúd con los ojos cerrados. Lo sentí muchísimo. Pantani no  era el típico prepotente: todo lo contrario.

Fue usted Dios por un día al ganar el Mundial.  ¿Que sintió? 
Es indescriptible. En el momento no te das cuenta. La sensación de llegar solo en un Mundial. Te compensa todo lo que has pasado en el ciclismo que, como digo yo, es un deporte de pobres con tanta soledad, con tantas calamidades, con días que de hacen tan largos… Pero ahí estoy, en el club del arcoiris.

Para mí, fue una sorpresa.
Bettini era el favorito. Y después estaban Freire, Zabel, Valverde… Yo era el tercero en la selección con Antequera. Pero Óscar me dijo que no se encontraba bien y que se lo iba a jugar todo al sprint. Nos dio libertad para saltar. Y, al final, lo hice por instinto. Ataqué y no me siguió nadie. Todo el mundo se quedó a expensas de lo que hiciese Bettini. Tuve esa suerte de quedarme solo. Si vas con alguien tiras tú o tiro yo. Siempre hay dudas. Pero de esa forma fui al 120%.

Se hizo eterno Igor Astarloa.
Un Mundial no lo gana cualquiera. Pero siempre hace falta un poco de suerte. Hace falta todo. Fíjate las veces que Valverde ha tirado al larguero. Si esperas se te adelanta otro. Decides en décimas de segundo.

¿Resolvió la vida con el ciclismo? 
No pero la apañé. Nunca he tenido un coche nuevo. He tenido compañeros que, nada más saltar a profesionales, se compraban un Porsche o un Ferrari. Yo nunca lo hice. Siempre he conducido coches de segunda mano. Siempre di mucha importancia al futuro. Tengo una pequeña pastelería en Ermua, de degustacion con cafe. Y con eso y lo que invertí en ladrillo no me da para viajar en primera clase pero sí para vivir tranquilamente.

Todos deseamos vivir sin presión. 
Martinelli me ofreció seguir de director cuando me retiré. Pero yo no quería esa vida para mí. No quería seguir dando vueltas por el mundo y me lo pude permitir: el ciclismo me dejó pagada más de una casa. Y, mire, ahora soy feliz, vivo al lado del mar en Mutriku y tengo un hijo de 15 meses. ¿Qué más se le puede pedir a la vida que ser feliz?

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Publicado por
Alfredo Varona

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