Escapó milagrosamente de la guerra en Siria y ahora compite contra Roglic o Van Aert

La verdadera magia de los Juegos Olímpicos va mucho más allá de los resultados deportivos, y es que historias como la Badreddin Wais Ahmad nos recuerdan que el espíritu del olimpismo es diferente al de cualquier otra competición.

Nuestro protagonista es uno de los 29 atletas refugiados que compiten en Tokyo 2020 y aunque terminó último la prueba de contrarreloj masculina, su mérito es todavía más grande que el de los ciclistas que consiguieron medalla. Roglic le endosó casi un cuarto de hora, pero en su caso el resultado es lo de menos.

Badreddin cumplió un sueño y es que después de pasar su infancia viendo como estallaba la guerra, de sufrir por su vida y de tener que separarse de su familia, el deporte por fin le dio su gran alegría.

El espíritu del olimpismo

Nacido en Siria, a los 14 años empezó a montar en bicicleta y pese a la precariedad importante de recursos y de material, rápidamente mostró sus magníficas cualidades.

Tal es así, que en 2009 se convirtió en el primer ciclista sirio en competir en unos mundiales. Lo hizo en la categoría junior, disputando tanto la prueba en ruta como la contrarreloj.

Cierto es que sus tiempos eran claramente peores al de los grandes dominadores de la categoría, pero la carrera de Badreddin parecía en constante progresión.

Las cosas iban realmente bien hasta que en 2011 estalló la guerra en Siria. La crueldad de una guerra lo cambia todo y evidentemente también cambió la vida de Badri.

Sus padres se marcharon a Turquía, se quedó solo viviendo y entrenando en Damasco en plena guerra y no fue hasta al cabo de unos meses cuando abandonó su tierra natal para reunirse en Suiza y vía Turquia con la familia de un amigo.

Hace más de un año en declaraciones a New Indian Express, lo dejaba claro. “Fueron momentos muy, muy difíciles”. Tal es así, que tuvo que permanecer escondido en Turquía hasta obtener un pasaporte y conseguir los documentos necesarios para poder viajar.

Posteriormente se volvería a reunir con su familia y enamorado completamente del país europeo se quedó a vivir en Hindelbank, cerquita de Berna.

La guerra le había arruinado sus sueños y había quedado tan tocado que estuvo 3 años fuera de cualquier competición de bicicleta.

Poco a poco fue rencontrándose a sí mismo y en 2017 volvió a participar en un mundial, esta vez en la categoría elite. Desde entonces no ha faltado anualmente a su cita mundialista.

Su historia era tan potente que el programa de atletas refugiados le abrió la posibilidad de estar por primera vez en unos Juegos Olímpicos.

Badreddin, que no puede volver a Siria porque además corre el riesgo de ser encarcelado por saltar el servicio militar obligatorio, cumplió por fin su sueño. Competir como atleta olímpico con los mejores ciclistas del mundo.

Badreddin Wais Ahmad, al que podéis seguir en Twitter e Instagram,  es la verdadera antorcha de estos Juegos Olímpicos.

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Aleix Serra

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