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El pluriempleado Fernando Escartín: “Yo era un monje del 1 de enero al 31 de diciembre”

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Fernando Escartín fue uno de los grandes en la era post-Indurain. Un ciclista que nunca se daba por rendido y que, sin ser contrarrelojista, llegó a ser podio en un Tour de Francia. Hoy tiene 54 años.

 

Ha engordado 10 kilos respecto al ciclista que fue. Pero ahora, a lo sumo, sale uno o dos días a montar en bicicleta. “No me apetece más”, explica Fernando Escartín, cuyo recuerdo nos une al de un escalador puro, al de una fuerza de voluntad insuperable y al de la eterna regularidad. Por eso en la mejor época de su vida encontró su sitio junto a los mejores. Hoy, a los 54 años, tiene dos hijos,  dos empleos y vive en Valencia. “No me sobra tiempo, pero soy feliz”, asegura.

Usted era de los que se dejaba la vida.
Era mi trabajo. No era explosivo ni ganador. Pero me dejaba la vida, sí. Daba esa imagen, pero es que era mi forma de correr. Recuerdo que yo llegué a alcanzar las 205 pulsaciones. Siempre creí que mi fuerte estaba en la capacidad de sufrimiento y no me equivoqué.

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¿Y llegó hasta donde esperaba?
Nunca imaginé que pudiese llegar tan lejos. Yo empecé a correr en bicicleta porque un tío mío lo hacía e iba a Francia a verlo. Pero mi sueño no iba más allá de correr un Tour y resulta que, una vez en el Tour, fui capaz de hacer podio y de ganar la etapa reina. No me había dado tiempo ni a soñarlo. No me atrevía a soñarlo siquiera. Pero tuve esa regularidad que me permitió lograrlo.

¿Qué le faltó para ganar el Tour?
Ser mejor. Hay que reconocerlo. Pero, sobre todo, en la contrarreloj, que era mi punto débil. Coincidí con corredores que estaban por encima de mi. Lo minimicé pero no lo igualé. El 99, el año en el que fui tercero en el Tour, el año en el que mejor me encontré de toda mi vida, Armstrong llegó a doblarme en la última contrarreloj.

¿Y eso era duro?
No era duro. Las cosas hay que aceptarlas. Era lo que había y tú sabías que no podías hacer más.

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¿No se arrepiente de nada?
No tengo nada de lo que arrepentirme. Yo llevaba una vida monacal desde el 1 de enero al 31 de diciembre. No me saltaba ni un día. La alimentación, el descanso, todo eso estaba dentro de mi profesión, y lo controlaba todo, en especial el entrenamiento que no se veía. Sabía que eso me haría mejor y yo quería ser mejor.

Siempre se habla de la obsesión de los ciclistas con la comida.
No, yo no. No tenía ese problema. Yo era muy fino. Era el típico escalador antiguo de los de toda la vida.

¿De quién aprendió más?
Sobre todo, de Toni Rominger. Lo admiraba mucho y escuchaba todo lo que decía. Recuerdo aquel día que me dijo: “Fernando, en este deporte se trata de sufrir más entrenando que compitiendo”. Luego, tuve la suerte de entrenar un mes con él en Colorado y lo comprobé. Aquel mes fue casi más duro que correr el Tour. Toni no perdonaba una. Pero mi suerte fue comprobarlo.

¿Tenía usted madera de líder?
Una vez que pasé a Kelme, sí. Me llamaron para eso. Me dieron esa oportunidad de liderar un equipo. Me llamó Álvaro Pino y me dijo que debía liderar al equipo en el Tour y la Vuelta.

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¿Y cómo lo aceptó usted?
Bueno, hasta entonces yo había sido un gregario en Mapei. Pero ¿a quién no le gusta ser líder?  El caso es que, a partir de ese día, la vida cambió para mí. El tiempo nos sacaría de dudas. Mientras tanto, yo debía demostrar que podía ser líder.

Y lo demostró.
Pero hay veces que costaba. Los compañeros se volcaban conmigo y tú no les podías fallar en la parte final, y eso era una presión. Pero yo siempre les decía, después de darles las gracias, ‘chicos, haré lo que pueda: ya sabéis que mi tope es hasta que no pueda más’, y así lo hacía. No podía hacer otra cosa.

Heras se marchó de gregario de Armstrong a US Postal. ¿Se hubiese ido usted?
No lo sé. No le voy a engañar. Todo hubiese dependido de las circunstancias económicas: todos sabemos lo que es el ciclismo. Ganas dinero cuatro o cinco años, porque hasta que llegas apenas ganas, y esos años no se pueden desaprovechar.

¿Y por dinero se puede hacer cualquier cosa?
Por dinero se pueden hacer muchas cosas, sí. Pero yo no tuve esa elección porque Armstrong no me llamó a mí, sino a Roberto y a Chechu Rubiera, que eran más jóvenes que yo y en aquel momento más baratos. Y es verdad que lo sacrificaron todo en el Tour por ayudar a Armstrong. Pero yo también podía haberlo hecho.

Han pasado más de 20 años.
Es increíble como pasa el tiempo. Pero, si volviese a nacer, yo haría lo mismo. Hasta el día de mi retirada. Me retiré a los 33 años. Fue una buena elección. Estaba fatigado. Me costaba recuperar. Quería dejar buen sabor de boca. Nunca fui una estrella pero la gente creía en mí. Supe estar ahí.

¿Y su vida de ahora?
Me ha ido bien. Soy director técnico de la Vuelta a España y hacemos los recorridos y ahora represento a una marca de ciclismo femenino. Estoy pluriempleado, digamos. No me sobra el tiempo, pero estoy contento. Me tomé un año sabático tras la retirada. Luego, no tuve problemas para encontrar trabajo. Y es lo que hago ahora: trabajar. Y aquí estoy.

Suficiente.
Ahora lo más importante no soy yo, sino mis hijos. Uno ya está en la universidad y estudia ADE y el otro en el bachillerato. Y por ahora bien en los estudios, contentos, y eso es lo que más me importa. Mi vida de ciclista ya es pasado. Hice siempre lo que pude. No me dejé nada. Y, como usted dice, fue muy bonita.

 

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  • La demostración de que para ser un verdadero campeón no es imprescindible ganar (Armstrong), pero sí lo son la actitud y la humildad. Gracias por habernos regalado tan buenos momentos y emoción.

  • Actitud y humildad. Dos factores de vital importancia tanto en la vida como en el mundo del deporte

Publicado por
Alfredo Varona
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