El ciclista que nos quitó a la novia

Sucedió hace 35 años en el Tour de 1987. Stephen Roche, que hoy tiene 62, se convirtió entonces en un embarazo no deseado. Sin un currículum seductor, ganó un Tour que sólo podía ganar Perico Delgado.

Si: todo empezó en el Tour de Francia del 83.

El Tour se enamoró de Perico Delgado y nosotros nos enamoramos del Tour: fue como si le abriésemos el vientre.

Perico era un ciclista descarado, un escalador infinito ideal para compartir los sueños.

Sin querer, nos hizo partícipes de sus sueños.

Y en el Tour de Francia de 1987 (hace 35 años) creímos que ya había llegado el momento.

Es más, Perico acababa de salir líder de Alpe dHuez.

Y ésa era una ley que nunca fallaba en el ciclismo y que no podía fallar ahora.

Y nos disponíamos a vivir uno de los días más felices de nuestra vida en la ascensión a La Plagne pegados esta vez toda la familia a la televisión, a esa televisión Telefunken último modelo que acabábamos de comprar aquel verano.

Pero entonces apareció él:  Stephen Roche, que iba a convertirse en un embarazo no deseado o en una cita con el dentista de la que nadie nos había avisado.

Stephen Roche era un ciclista que hasta entonces tenía un currículum poco seductor.

Aquel 1987 había ganado el Giro de Italia (pensamos que así era más que suficiente).

Pero en aquel Tour ahorró tacita a tacita.

Y en la subida a La Plagne, después de seis horas de etapa, nos iba a amargar la vida.

Perico debía hacer caja porque, de cara a la  contrarreloj final de Dijon, Stephen Roche era infinitamente mejor contrarrelojista (Perico era muy mal contrarrelojista).

La realidad fue más terca.

Para Perico fue imposible hacer caja en aquella larguísima ascensión que se nos hizo inacabable.

Roche cortó uno a uno los cables del teléfono.

Cuando nos quisimos dar cuenta lo teníamos en la puerta de casa, a tres segundos de Perico Delgado.

Roche había sufrido como casi nunca he vuelto a ver sufrir a un ciclista.

Del esfuerzo tan abrasador en la meta se cayó de la bicicleta y esa agonía fue peor.

El locutor de la primera cadena de televisión española, Ángel María de Pablos nos hizo partícipes:

– Alguien pide oxígeno para él.

Stephen Roche había sufrido una lipotimia y estaba tumbado en el suelo y tuvieron que ponerle una mascarilla de oxígeno porque el oxígeno no le llegaba a los pies.

Y de allí tuvieron que sacarlo en ambulancia.

El resto ya está escrito en la Wikipedia y en nuestros recuerdos, que son como aguas profundas.

Al día siguiente, Stephen Roche recuperó el oxígeno y las fuerzas.

En la contrarreloj final de Dijon recogió el ticket de la compra y se apropió de un Tour de Francia, que siempre pensamos que sería nuestro (Perico Delgado).

En su momento fue uno de los golpes más bajos que nos podía dar el ciclismo a nosotros (la sensibilidad del aficionado de pura cepa).

Pero hoy, 35 años después, una vez que los recuerdos han pasado miles de veces por la lavadora, soy incapaz de recordar aquella tarde sin nostalgia, sin pegar un abrazo a aquel inesperado ciclista irlandés que hoy es un hombre de 62 años, canoso y orondo, que en los Alpes se hizo inmortal.

A nosotros nos lo hizo pasar mal: tan mal que sentimos que nos quitaba a la novia.

Pero hoy me doy cuenta que no teníamos nada que reprochar a Stephen Roche, en realidad.

Nada que reprochar a un tipo que hizo su trabajo y que, además, ese año hizo un pacto con los dioses (Giro, Tour y Mundial).

Nada que alegar frente a un ciclista, que no era un esclavo del amor propio y que siempre nos recibió con una sonrisa en lo más alto del podio y no es que su domicilio fiscal estuviese en el podio.

De hecho, Roche no volvió más a un podio en una gran vuelta (ni a acercarse siquiera) hasta que se retiró en 1993.

Nos despedimos entonces con cariño de él.

Era un buen tipo Stephen Roche. Es un buen tipo Stephen Roche.

Nos damos cuenta cuando volvemos a ver su simpática fotografía, cuando le volvemos a ver en televisión o cuando le escuchamos decir que aquel año, sin saber por qué, todo le salió perfecto como si fuese un libro de geografía e historia.

 

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Publicado por
Alfredo Varona

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