De maillot amarillo del Tour de Francia a teletrabajar en casa

Igor González de Galdeano fue 8 días líder en el Tour. Desde entonces, han pasado 19 años. Pero eso no se olvida nunca. Aprendió demasiado. “Cuando eres ciclista te preparan para aguantar 22 días. Pero nadie te prepara para ser líder en un Tour y la presión que eso significa”.

Su vida también está en un maillot amarillo, en aquellos maravillosos 8 días en los que Igor González de Galdeano (1973) fue líder del Tour de Francia. Una experiencia imborrable que hoy Igor, reconvertido en empresario, cuenta a jóvenes ciclistas a los que su empresa trata de preparar para el día después. “Yo siempre digo que el futuro de un ciclista se vive en soledad”.

Y en ese futuro el secreto está en encontrar tu sitio como lo ha encontrado él o su hermano Álvaro, que fue otro meritorio que hoy trabaja de taxista en Vitoria. Allí, en la ciudad de su vida, vive Igor, se desplaza en bicicleta o en patinete eléctrico y, a menudo, teletrabaja desde casa como nunca pudo imaginar en su época de ciclista. Entonces pasaba 200 días al año fuera de casa. Pero la vida cambia. “Las cosas siempre empiezan primero por ti. No por los demás”.

Fue usted líder del Tour de Francia. 
Hace 19 años, pero eso no se olvida nunca. Aún pienso en el maillot amarillo. Tengo una caja de 20 centímetros de altura que me regaló un periodista de la revista ‘Ciclismo a fondo’ con todos los recortes de los medios en los que apareció mi nombre. Fue una experiencia nueva. Cuando eres ciclista te preparan para 22 días. Pero nadie te prepara para ser líder en un Tour y la presión que eso significa. Recuerdo que estuve 8 días.

¿Fueron los 8 mejores días de su vida?
No. Siempre he diferenciado la vida personal y la profesional. Para mí, la personal es más importante y creo que ahora es cuando estoy viviendo la mejor época de mi vida. Yo siempre digo que el futuro de un ciclista se vive en soledad. Pero el pasado se vive en compañía, y lo importante es aprender de todo eso que te pasó. Yo ya llegué a ese punto.

¿De la nostalgia se obtiene algún beneficio? 
Si eres crítico y reflexivo, si. El mayor pecado de los deportistas es echar la culpa a los demás de lo malo que les sucede. Eso es la infelicidad personificada y no puedes permitir que te pase.

¿Y a usted le pasó? 
Creo que fui muy reflexivo. El talento se mide por muchas cosas. No sólo por la capacidad para pedalear.  Siempre lo tuve claro. Por eso intenté ser agradecido cuando salió bien y autocrítico cuando salió mal. Quizá porque aprendí muchísimo de Manolo Saiz en la ONCE. Me di cuenta que él no sólo fichaba a ciclistas. También fichaba a personas. Los grandes directores no solo fichan buscando vatios.

Eso deberían hacer todos.  
Un ciclista pasa 4 horas en la bici en las que estás constantemente hablando contigo mismo, y hay dos maneras de hacerlo: una positiva y otra negativa. Seguro que si ahora te metes en la cabeza de Pogacar encuentras a un tipo que piensa en positivo, que tiene claro que el ciclismo es un minuto bueno y una hora mala.

Eso es lo mejor y lo peor de este deporte. 
Pero hay ciclistas que tienen magníficas piernas y, sin embargo, la cabeza no les funciona al mismo nivel.

¿De quién aprendió usted?  
Viví la humildad de Indurain, y eso no se puede olvidar nunca. Aún recuerdo cuando se retiró en el Mirador del Fito camino de Lagos de Covagonda. Yo iba a su lado, en su mismo grupo. Es una imagen que la tengo grabada a cámara lenta. Es como si ves a alguien que se cae. Hacia mal tiempo y, de repente, pegó un giro al lado mio y se fue sin decir nada. Se giró sin mediar palabra. Yo era joven y me impresionó.

Aprendió que todo tiene un final. 
Con el tiempo aprendí que, efectivamente, tarde o temprano, hay que tomar decisiones y que no te tiene que temblar el pulso: todo empieza y todo acaba.

El otro día me fijé en tres ganadores del Tour (Froome, Nibali, Thomas) absolutamente perdidos ahora en la general y pensé si eso compensa.  
Es una opinión. Pero creo que hay que saber parar en cada momento. El problema es que dejar la vida de ciclista es difícil. Todos tenemos miedo al día después. Yo también lo tuve cuando lo dejé a los 32 años. Pero tarde o temprano debes hacerlo.

¿Y cómo fue el día siguiente?
Lo recuerdo perfectamente y claro que fue duro. ¿Qué puedes hacer?, te preguntas. ¿Qué vas a hacer?, quieres saber. Porque yo podía haber continuado. Pero decidí hasta aquí hemos llegado. Me faltaban dos años para terminar la carrera de INEF. Luego, tuve la suerte de que me llamaron para dirigir al Euskaltel. Pero al primer día de dejarlo fueron muchas dudas. Yo estaba acostumbrado a pasar 200 dias fuera de casa.

No podemos ser eternos. 
Pero sea como sea, tomes la decisión que tomes, debes tener claro siempre que las cosas empiezan primero por ti. No por los demás e independientemente de lo que hagas, tienes que trabajar. En todos los sitios hay que trabajar.

Ahora es usted empresario. ¿Es más difícil que ser ciclista? 
Es distinto. Es otra forma de hacer las gestiones. Al final, un ciclista hace gestiones encima de la bici. La diferencia es que de ciclista trabajas solo para ti: todo revierte en ti. Pero ahora en la empresa dependen familias de lo que haces y eso es una responsabilidad que cada día te ocupa más tiempo.

¿Los jóvenes se dejan ayudar? 
Cuando eres sub 23, que es cuando se abre la puerta del ciclismo profesional,  no sabes lo que va a ser de ti el día de mañana. Y como entrenas mucho, entre 17 y 22 horas a la semana, a veces no te queda tiempo. Nosotros intentamos ayudar. Sabemos que los padres les  presionan para sacar adelante el curso y los directores les exigen rendimiento. Y ahí estamos nosotros para ayudarles a encontrar el término medio.

¿De qué vale ahora el ciclista que fue? 
Es el mensaje que traslado precisamente: los valores y hábitos que da el deporte. Al fin y al cabo, la  formación la puedes encontrar en muchos sitios.  Pero esos valores, que se trabajan dentro del deporte, es difícil encontrarlos fuera.

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Publicado por
Alfredo Varona

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