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“Cuando salía del hotel con Induráin, los periodistas decían que éramos el punto y la i”

A seis meses de jubilarse, Carlos Hernández es historia viva del ciclismo. Uno de esos grandes gregarios de Reynolds que se hizo mítico en el Tour de Francia del 83. 

El 27 de diciembre Carlos Hernández (Huesca, 1958) cumplirá 66 años y pondrá fin a su vida laboral. Los últimos 24 años ha trabajado de visitador médico, lejos del ciclismo, donde fue uno de los grandes gregarios de Perico Delgado y de Miguel Indurain en Reynolds. “Éramos como una pandilla de amigos que corríamos en bicicleta”, explica hoy desde una profesión totalmente diferente en el ámbito comercial. “Me gusta mi trabajo”, dice.

Vivió usted la época más bonita del ciclismo.
Sí. Yo viví la época de Delgado y la de Indurain. Es más,  estuve tres años de compañero de habitación de Indurain y me acuerdo que él lavaba los maillots en el cuarto de baño. Yo llegaba tan reventado y él tan descansado que me decía, ‘trae, maño’. Era cuando Miguel empezaba y cuando salíamos del hotel los periodistas nos llamaban el punto y la i, como uno era tan alto y otro tan bajo.

¿Fue lo mejor de su vida?
Hice lo que más me gustaba que era correr en bicicleta y ahora me quedan las amistades. Cuando voy a Segovia quedo con Pedro Delgado. Y a Indurain, como llevo la zona de Aragón y Navarra en mi trabajo,  cuando voy a Navarra,  le llamo ‘oye, ¿dónde andas? ¿quedamos a tomar un café?’ Nunca dice que no y quedamos en casa de su madre, muy buena gente, por cierto

Recuerdo que todo empezó en el Tour de Francia del 83.
Ganó Fignon y segundo fue Ángel Arroyo y yo estuve ahí con el Reynolds como campeón de España. Fue mi primer Tour, sí. Jamás había estado en una carrera de ese nivel y fuimos como pardillos. No sabíamos cómo iba a ser. Recuerdo que no había manera de recuperar. Las velocidades eran enormes. Había muchos cortes, muchas caídas, madre mía.

Era como ir a la guerra entonces.
Nadie quería ir al Tour. Y a partir de ahí empezó a resurgir. Y me acuerdo que fuimos tres días antes y que un día entero estuvimos haciéndonos reconocimientos médicos.  Era algo que yo no había vivido nunca. Pero, una vez que empezó la carrera, triunfamos con Arroyo, con Perico en los Alpes, en los Pirineos… De hecho, cuando terminó el Tour, volvimos a casa en autobús y nos decíamos todos: ‘ya tenemos la licencia de ciclista’.

Luego, ganaría usted tres etapas en la Vuelta.
Siempre teníamos a Gorospe, a Perico o a Indurain y no nos quedaba otra. Pero tuve mis oportunidades e hice mi palmarés,  sí.  También fui dos veces campeón de España. No era fácil porque no se planificaban las carreras. En mi época corrías hasta que reventabas.

¿Y cómo aguantó tantos años?
El año, que fui líder del Tour del Porvenir, había ido a la Vuelta a Suiza, donde me caí y estuve dos meses parado. Eso me permitió descansar y llegar con fuerzas al Tour del Porvenir. Allí  llegué a ser líder por delante de Mottet.

¿Y entonces?
Lo que pretendo decirle es que en el ciclismo descansar es entrenar. Pero en mi época los directores no estaban preparados. Solo planificaban a los jefes de filas y a los demás no nos dejaban descansar. Yo vivía permanentemente cansado. Cuando volvía a casa no podía ni entrenar: una cosa era lo que me mandaban y otra lo que podía mi cuerpo.

¿Y usted no decía nada?
No te hacían caso. Era otra mentalidad. Ellos se pensaban que se lo decías para no correr. Pero es que además tú tampoco sabías mucho, no habías vivido otra cosa y, al final, eres lo que vives.

¿Fue tan bonito ser ciclista entonces?
Sí, éramos como una pandilla de amigos que corríamos en bicicleta. Mi hermano, que tiene 15 años menos, compitió en Kelme, y ya era otra cosa cada uno con sus tablets, sus cascos… Sin embargo, nosotros íbamos a tomarnos un helado o una manzanilla después de las etapas. Estábamos 45 minutos en una terraza después de cenar en las plazas de los pueblos. Son detalles que ahora no se ven. La gente se mete en la habitación y no sale de ahí.

¿Ganó mucho dinero en el ciclismo?
No se ganaba tanto. El 45% se lo llevaba Hacienda. Nos quedábamos con treinta o cuarenta mil euros limpios. Tuve que buscar trabajo a los 34 años cuando me retiré.  Hablé con gente y empecé de comercial de casas de bicicletas. Y fue otra vida diferente en la que me adapté fácil. Yo trabajaba desde los 13 años en la hostelería en Huesca y luego en la mecánica.

¿Y cómo se hizo ciclista?
Sí, y llegué a profesional muy rápido porque iba a competir a la zona de Navarra frente a los de Reynolds y Echavarri siempre me decía: ‘tienes que venir con nosotros’.

Y se fue.
Coincidió que yo entraba en el servicio militar en Vitoria y me trasladaron a Pamplona. Recuerdo que en invierno entrenaba por las noches con una linterna en la autopista de Pamplona a Irurzun que entonces estaba cerrada al tráfico. Me cambiaba en el coche, que tenía aparcado en el parking, hasta que me iba a casa de Eusebio Unzue donde me guardaba la bicicleta. Me duchaba y todo. Y otras veces en el hostal Aranzazu que lo llevaban los padres de Echavarri.

Ahora tiene usted 65 años
Trabajaré hasta diciembre. No me pude prejubilar ahora porque perdí 10 años de vida laboral de ciclista. Pero soy feliz. Me gusta mi trabajo de visitador médico. Siempre me ha gustado estar con la gente. Y llevo 24 años en los que he aprendido que lo importante es ser productivo. Yo no dependo de las horas que hago, sino de sacar los objetivos.

 


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