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Chaba Jiménez: 18 años sin un ciclista imposible

Hoy, 6 de diciembre, se cumplen 18 años de su muerte en una clínica psiquiátrica de Madrid. Tenía 32 años, la fortuna de haber sido lo que quería ser y la grandeza de que el mundo le aceptase tal y como era.  

Llovió en El Barraco como no podía ser de otra manera el día de su entierro.

Y el silencio fue atronador como tampoco podía ser de otra manera.

Y el ciclismo en pie con su ataúd a los hombros, a la espalda: miles de ciclistas.

Hace 18 años, el 6 de diciembre de 2003, fallecía por culpa de una embolia, muerte súbita, José María Jiménez (El Barraco, 1971), el gran Chaba Jiménez, a los 32 años.

Siempre nos quedará la imagen de un hombre joven que murió joven, que cumplió al pie de la letra con lo que dejó dicho James Dean: “Vive deprisa, muere joven y deja un bonito cadáver”.

No tuvimos oportunidad de ver envejecer a Chaba Jiménez y quizá fue mejor así, porque él tampoco se veía envejecido.

Hoy, 18 años después, sólo se me ocurre recordar a un ciclista único: uno de esos ciclistas imposibles de pronosticar en las montañas y que, sin ganar nunca una gran Vuelta, nos lo hizo pasar genial.

Pero el Chaba nunca sintió esa tentación que otros convirtieron en una orgullosa necesidad. Ni siquiera en aquella Vuelta a España del 98 en la que fue el mejor en todos los sitios menos en la clasificación general y cómo le quería la gente y cuánto vale eso (seguramente más que una fotografía en lo más alto del podio).

Las gotas, que tiró el cielo en El Barraco el día de su entierro, acompañaron a la pena.

Antonia, su madre, recordó entonces: “Mi hijo ha muerto como vivió, al ataque y de repente”.

Induráin firmó sus escrituras: “Cuando iba bien iba excesivamente bien y cuando iba mal pocos lo hacían peor”.

Fue Chaba Jiménez en estado puro. A los ojos del gran público, fue un personaje fascinante, alejado del capitalismo como si se tratase de Jim Morrison, de Janis Joplin, de Kurt Cobain y de todas esas estrellas de rock que también fueron a morir muy jóvenes.

Cuánto poder tiene hoy la memoria.

Uno no se cansaría de idealizar al Chaba, de recordar aquel día en El Anglirú, secuestrado por la niebla, en el que apareció sin avisar por delante de Pavel Tonkov: nadie creía en él menos él.

No creo que El Chaba eligiese el día de su muerte ni morir como murió. Pero 18 años después ese día encierra toda la literatura posible.

Aquel día sobrevive en la memoria sin pedir perdón ni explicaciones: tenía que ser así.

Nos contaron que El Chaba se había alejado del ciclista que fue, que murió encerrado en un cuerpo de 120 kilos que era una tortura para un hombre como él, que en su época de competición no superaba los 70.

Nos contaron que aquella noche todo empezó con un dolor de cabeza.

Nos contaron también que El Chaba estaba ingresado en un hospital psiquiátrico en la calle Arturo Soria de Madrid, que a veces cruzaba a tomarse una hamburguesa en el Burger King de enfrente.

Y nos contaron, en definitiva, que José María Jiménez, El Chaba  Jiménez, era como un boxeador que estaba en la lona y nos encorajinaba la pregunta: el año pasado, en la Vuelta de 2001, había ganado tres etapas.

Pero entonces recordamos que El Chaba era así, que no era esclavo del dinero ni de la envidia, que sólo era esclavo de los excesos que le permitieron vivir como quiso vivir y que se lo llevaron en silencio.

Hoy, se cumplen 18 años desde que se marchó, desde que su cuerpo dijo ‘hasta aquí hemos llegado’ y comprendimos que El Chaba ya estaba en tiempo de descuento, que él (a pesar de su edad) no valía para ser un superviviente.

Vivió lo que otros no viviremos en 10 o 12 vidas.

Tuvo la inmensa suerte de que el mundo le aceptó tal y como fue, de que nadie le reclamó nunca lo que no ganó.

Pudo comprarse una finca en Pedro Bernardo (Ávila) y un magnífico BMW nada más verlo en el escaparate.

Fue, en definitiva, un afortunado.

Por eso hoy ya no sé que puede más: si la pena o la ilusión de contar quien fue José María Jiménez.

Para mí, fue un grande sobre todas las cosas y, si tuviese que elegir una frase de despedida, elegiría la que él mismo nos dejó dicha:

“Cuando estoy bien creo que soy el mejor del mundo, pero cuando me duele una muela creo que me estoy muriendo”.

Y se murió pronto (1971-2003), antes de envejecer, antes de que las arrugas le recordasen que nunca volverán a ser el que fue, porque no todos tienen la capacidad de envejecer o de plantar cara al paso del tiempo.

Y el Chaba probablemente ni siquiera quería hacerlo. Así que morir tan pronto tal vez fue su liberación o, simplemente, el precio de ser un genio y para resarcirnos sólo nos queda esa fotografía suya en la bicicleta que siempre podremos poner de ejemplo.

Casi siempre al ataque y de repente.


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