Álvaro Pino, a los 65 años: “A la bicicleta se le perdona todo”

Fue uno de los grandes de los ochenta. Un hombre que llegó a ganar la Vuelta a España en una época en la que los ciclistas eran como de la familia.

 

Antes de ser ciclista, trabajó de mecánico en la Talgo. De hecho, hizo los cursos en Madrid. Pero el destino le permitió ser ciclista tras una carrera en Vinaroz, que iba a ser su última carrera. Su primer director fue el padre de Purito Rodríguez. Y él, Álvaro Pino, fue un gran ciclista, todo un ganador de la Vuelta a España. El más carismático, sin duda, de los líderes de aquel ZOR. Hoy, Álvaro tiene 65 años. Conserva la misma vocación por la bicicleta y por la comida. “Me comería un buey”. Pero se controla para no engordar. Al fin y al cabo, es el reflejo del ciclista que fue. “Esa disciplina queda para toda la vida”, dice hoy. “Para no engordar en mi época pasé verdadera hambre”.

Le cogimos cariño a Álvaro Pino. 
Era un ciclismo que gustaba mucho. Marino, Laguia, Arroyo, Perico, la primera etapa de Indurain…, toda esa época. Nos gustaba atacar. Me gustaba atacar. Yo era incapaz de ir en el grupo. Recuerdo que Minguez me enseñó a regularme. Pero aún así  me echaba broncas importantes y yo le decía: ‘lo siento, pero no puedo aguantarme’.

Ganó usted la Vuelta a España en 1986. 
No era un superdotado físicamente. Pero lo mejor era mi capacidad de sufrimiento. Sin ser el mejor escalador podía aguantar a los mejores. Pero mi problema estaba en los abanicos. De hecho, el año que más anduve fue el 88. Pero tuve una caída en Valladolid en dirección a León. Perdí seis minutos. El abanico lo provocó el KAS y me quedé cortado. Al día siguiente gané la etapa en Brañilin y al siguiente la cronoescalada en el Naranco.

¿Y qué le alejó de ser podio en el Tour?
Sobre todo, la planificación. Nos volcábamos con la Vuelta a España. Mi temporada empezaba en febrero y en abril ya estaba al cien por cien. Yo llegué a competir 142 días, algo impensable hoy en día. Y, claro, llegabas al Tour y la última semana se me hacía largo. Pero aun así terminé dos años octavo.

Nos queda algo más importante: la nostalgia.
A mí no, ya no. El año en el que lo dejé, antes de los JJOO de Barcelona, lo tenía claro. Se me rompió el tendón de aquiles y me operó Genaro Borras, el médico de la selección española de fútbol, que me dijo que,  si seguía, me iba a quedar cojo. Tenía 34 años y no lo dudé. Pero terminé en la escalada a Montjuich y al día siguiente me llamó Pepe Quiles y me dijo que quería que fuese el director de Kelme.

¿Y en qué sé pareció?
Era muy extraño. Yo era compañero y de repente pasé a dirigir. Ibas en el coche. La primera temporada iba animando a todo el mundo que se quedaba en los puertos cuando pasaba con el coche. Me daba igual que fuese o no de mi equipo. Pero, al final, ya me acostumbré y dejé de hacerlo, claro. Y no era lo mismo ir en el coche a ir en la bicicleta, a 180 o 190 pulsaciones.

Es difícil ser ciclista. 
Sí, porque entre 200 corredores sólo gana uno y ése uno quieres ser tú. Y luego en carrera las penurias son tremendas. Hay que darse cuenta que puedes empezar una etapa a nivel del mar a 15 grados y acabarla en el alto de un puerto a -2. Y eso no es fácil para nadie. Pero yo siempre me recordaba, ‘Álvaro, eres un afortunado, te gusta lo que haces’ y defendía mis objetivos que eran los que permitían que al año siguiente tuviese el contrato que quería. Pero se pasaban días tremendos, sí.

La bicicleta puede ser una tortura.
Sí,  pero luego se la perdona todo. A la bicicleta es imposible cogerle manía, no quieres, no puedes.

¿Y por qué?
Un día puedes quedarte en un abanico y decir no aguanto más,  esto se ha acabado, pero si al día siguiente eres cuarto, quinto o sexto se te olvida todo. No necesitas ni ganar porque es lo que digo. A la bicicleta se la perdona todo porque cuanto más nos hace sufrir más la queremos. Hasta Miguel Indurain tuvo que sufrir. Recuerdo en el 87 cuando gané la Volta a Catalunya. Le solté subiendo Baqueira Beret. Si le solté es que le hice sufrir.

¿Y ése sufrimiento le resolvió la vida?
Sí, pillé años buenos. Tuve unos contratos que supe administrar. Invertí bien. No malgasté lo que invertí. Mi mujer me impedía malgastar el dinero que me costó tanto ganar. He vivido sin apuros. Es más, le diría que mis lujos vinieron después de dejar la bicicleta.

¿,Y cuáles fueron esos lujos?
El principal nunca se ha cumplido. Siempre recordaré el olor a chuletas de la gente viendo el Tour a cinco km de meta subiendo Luz Ardiden o Alpe d’huez. Me decía algún día quiero estar yo ahí y comer chuletas y ver como sufren los ciclistas. Pero nunca lo he hecho. Y quiero hacerlo. Tengo que hacerlo pero cómo lo hace la gente. No yendo a hoteles sino en una rulotte y durmiendo en una tienda de campaña.

Entonces subiendo Alpe d’huez no se pasa bien. 
Llegué a ser tercero. Una vez me vi ganador pero agarré una pájara a 5 km de la meta. Entonces se me empezó a nublar la vista. En seis kilómetros perdí seis minutos. Pero es que la bici tiene esas cosas. Todavía a los 65 años hay días en los que sigo sufriendo. Y me pregunto: ¿qué necesidad tengo de seguir retorciéndome? No tengo necesidad ninguna, pero al día siguiente repito.

¿Aún no se controla?
Si, sí,  es una forma de hablar. Siempre fui por sensaciones. Sabía si iba a 176 o 178 pulsaciones sin necesidad de ver el pulsómetro. A lo sumo, me equivocaba por una o por dos. Pero es que fueron muchos años y ya tengo esa disciplina. Se me ha quedado para toda la vida: yo llegué a correr 142 días de competición de los 365 del año. Eso marca.

¿Qué diferencia hubo entre Pino e Hinault? 
Abismal. Hinault fue muy similar a lo poco de Merckx que yo viví. Recuerdo cuando estabas al cien por cien. Ibas mano a mano en el último puerto y no había manera. Tenía una potencia descomunal. Fue el más agresivo. Nos decíamos ‘más vale no enfadarle’. Hinault tenía un superequipo como la Renault. Y en un avituallamiento con 140 km por delante era capaz de arrancar con todo el equipo.

Sin usted, Pereiro nunca hubiese ganado el Tour. 
Fui yo el que le rescaté para el Phonak, sí. El corría para un equipo portugués.  Yo sabía de él.  Su pueblo queda a 10 kilómetros del mío. Había corrido con un sobrino mío y el primer año hizo décimo en el Tour. Ganó una etapa en Vuelta a Suiza y se veía que era muy valiente. Y en cuanto tenía un gramo de fuerza atacaba. Yo estaba de comentarista cuando ganó el Tour y el día que se puso de líder, tras aquella escapada, dije: ‘más de uno se va a arrepentir’, y no me equivoqué.  Ganó el Tour.

 

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Publicado por
Alfredo Varona

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