¿Quién es Fermín Cacho?

¿Quién es Fermín Cacho?

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EFE
Se van a cumplir 25 años de su oro olímpico en 1.500 en Barcelona 92 y la nostalgia no está a la altura de una hazaña irrepetible y que uno prefiere recordar con la emoción a flor de piel.

Hoy, Fermín Cacho es un hombre de 48 años prematuramente envejecido: da esa impresión sin ánimo de ofender a nadie, y menos a él, que un día (sobre todo, un día) fue como un dios. Un tipo irremplazable en la biografía de aquel sábado 8 de agosto de 1992. Un recuerdo, cada uno a su manera, que explica que no se puede vivir sin recuerdos. Un legado, incluso. Al menos, para mí, que entonces ya estaba matriculado en la facultad de periodismo y hubiera dado lo que fuese por estar  aquella tarde en el estadio de Montjuic, por ser uno de los 65.000 espectadores o por haber escrito la crónica que escribió  Santiago Segurola en ‘El País’.  25 años después, me adhiero a ese recuerdo como a la banda sonora de ‘Carros de fuego’. De hecho, es la música que me acompaña mientras escribo ahora y mientras vuelvo a un pasado que realmente existió. Duró 3’40″12 y el momento apoteósico se produjo a falta de 300 metros cuando Fermín Cacho aprovechó el margen que había en el exterior para pasar a Cheshire. El resto de carrera fue como dar la razón a lo que Billy Wilder les decía a sus gentes durante el rodaje: “Al final, todo sale bien y si no sale bien es que no es el final”.

Creo que no he vuelto a sentir nada parecido a eso con ninguna otra carrera ni con ningún otro personaje. Tenía uno esa inocencia que ahora veo en mis hijos y que sería preferible no perder jamás. Pero no podemos ser niños durante toda la vida. Hace 25 años yo ya lo empezaba a imaginar en las aulas de periodismo donde los profesores nos prometían que este oficio era más perverso de lo que uno imaginaba. Pero al final la vocación arrasaba con las palabras. No sabía que 25 años después no iba a volver a haber ningún otro campeón olímpico español de 1.500. No sabía que, en realidad, lo que ocurrió aquella noche en Montjuic fue un milagro en todos los sentidos: el bloqueo irremediable de Morceli, la mirada del Rey en el palco, como si fuese la de Renato Canova, y la fotografía en la pista magnífica, incomparable.  Entonces uno entendió que una carrera también era como una asignatura que se podía recitar de memoria y que un atleta podía tener una confianza casi irresponsable en sus posibilidades para derribar puertas y ventanas. No hay más que ver los vídeos 25 años después, los ojos, los brazos, las piernas de Cacho, que representan una herencia para toda la vida. Ni siquiera ahora, pasado tanto tiempo, es fácil escribir y estar a su altura.


“No fue sólo una carrera. También un sentimiento, un ejemplo que nos colocaba al filo de lo imposible y que hoy nos demuestra que el miedo era real”

Hoy, Fermín Cacho es un seguro a todo riesgo frente a la nostalgia. La letra de una canción que realmente existió, las paciencia para esperar la última recta y para demostrar que un atleta español también podía ser campeón olímpico de 1.500 metros, la distancia perfecta, la que no es  ni corta ni larga, la que, en realidad, figura impresa en nuestro carnet de identidad. Quizá porque entonces admirábamos demasiado la figura de Sebastian Coe. Quizá porque en los ochenta sentimos que Abascal y González tenían virtudes para haber alcanzado esa medalla. Quizá porque los africanos todavía no abusaban de su poder en esa distancia. Quizá por todas esas cosas Cacho fue más fuerte que Joseph Cheshire y Rachid El Basir y Mohamed Suleiman aceptaron sin enfadarse su papel de actores secundarios en aquella noche de Barcelona. Una noche sin heridas expresada en un dorsal, el 404 de Fermín Cacho, que uno memoriza como la matrícula de su primer coche. Quizá porque no fue sólo una carrera. También un sentimiento, un ejemplo que nos colocaba al filo de lo imposible y que hoy nos demuestra que el miedo era real: nunca más ha vuelto a existir un atleta de 1.500 de la categoría de Fermín Cacho en España.


“Tengo la sensación de que Fermín Cacho podría pasar por un hombre absolutamente anónimo en un vagón de Metro o en la aduana de un aeropuerto”

Los ha habido con mejor físico, con las piernas más largas y estilizadas y, según la leyenda, hasta con más talento como Reyes Estévez. Pero cualquiera de ellos ha carecido de esa seguridad extrema en el día señalado que tenía a Fermín Cacho, incluso siete años después, en el Mundial de Sevilla 99, en el que se anunciaban sus cenizas, las cenizas de Fermín Cacho. Todavía así fue el atleta más competitivo del mundo en una final, que fue un digno recuerdo de Barcelona 92. Por eso no me gusta que hoy haya gente de mi generación a la que he escuchado preguntar en voz alta: ‘¿Quién es Fermín Cacho?’ No me gusta y no debería ser así, pero la memoria también es un chantaje. A veces, se niega a evolucionar o agradecer los servicios prestados a gente que no nos hizo más ricos pero sí mejores: un recuerdo siempre será un patrimonio.

Hoy, ciertamente, Fermín Cacho parece un tipo extraño. Su cuenta de Twitter, en la que se alojan 5.127 seguidores, suena abandonada como una casa en la que los herederos no se ponen de acuerdo ni para disfrutarla ni para venderla. También tengo la sensación de que Fermín Cacho podría pasar por un hombre absolutamente anónimo en un vagón de Metro o en la aduana de un aeropuerto. Nadie le pediría un autógrafo. Y discrepo de todo eso como de las sociedades que aparcan la nostalgia. Quizá porque a mí me pasa como a la hija de Fermín que cada vez que ve el vídeo de los Juegos de Barcelona 92 levanta los brazos. Pero no los levantamos para pedir la cuenta al camarero y marcharnos, sino para explicar que aquella noche fue irrepetible y que desde entonces lo máximo a lo que puede aspirar nuestro atletismo es a ver a un velocista español campeón olímpico de 100 metros. El resto, no. El resto ya lo vimos el 8 de agosto de 1992 hace casi 25 años.

@AlfredoVaronaA

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