Los ídolos, cuanto más lejos, mejor

Los ídolos, cuanto más lejos, mejor

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Prefiero la distancia. Refuerza el mito como comprobé en mi trato con José Luís González. Ya nunca más será como en la infancia cuando uno idolatraba a ese atleta del 1.500. 

De una u otra forma, todos tenemos ídolos que proceden de la infancia. Allí habita tanta inocencia que lo feo sería no admirar a un futbolista, a un ciclista o a un atleta. Yo tuve demasiados en mi infancia y no me arrepiento de ninguna de esas afinidades que me enriquecieron sin cinismo. Una de ellas fue por los 1.500 metros y entre todos sus personajes, la mayoría entonces de origen europeo y de raza blanca, elegí a José Luis González. Lo hubiese  acompañado hasta el médico  de urgencias en la madrugada. Quise convencer a mis padres para ir a recibirlo al aeropuerto el día de su regreso tras esa maravillosa medalla de plata en los 1.500  del Mundial de Roma 87. Pero algo pasó que el destino no autorizó esa idea, tal vez haría mucho calor en Madrid o el coche estaría estropeado en casa, cualquiera sabe.

Hoy, 30 años después, me doy cuenta de que hubiera sido una bobada o de que lamentablemente yo ya no soy así. Pero es que ese ídolo mío ya tampoco es así. Hoy, es un personaje a unos meses de cumplir los 60 años que la última vez que hablé con él me presentó todo menos una conversación heroica, retrato de la clase media. Tenía una hija licenciada en periodismo que estaba preparando oposiciones a justicia. Tenía pendiente mejorar su swing en el golf. Tenía múltiples achaques del pasado y la certeza de que ya no podía bajar de la hora en 14 kilómetros corriendo. Incluso, hasta me hablaba de esa empresa suya de organización de eventos deportivos a la que no le sobraba el trabajo.


Afortunadamente, no tenía problemas de dinero, porque ganó mucho y merecido en su época de atleta. Supo lo que hacer con ese dinero, porque fue un tipo casado con la inteligencia. Su ambición fríamente era como un bate de beisbol. Un genuino representante para un niño como yo, que prefería ir a la grada de Vallehermoso a ver a Edwin Moses que a la del Bernabéu a ver a Lothar Mathauss.  Quizás por eso recuerdo recortes de periódico, incluido el ‘New York Times’ en los que aparecía José Luís González vencedor en la milla de la Quinta Avenida. Recuerdo esos años ochenta como si fuese un tablero de ajedrez en el que él, como José Manuel Abascal, se atrevió a desafiar al imperio británico que retrataban Coe, Cram y Ovett como si se tratase de la revolución industrial.

Un maravilloso lunático, orgulloso como un Premio Nobel, que llegó a correr los 1.500 en 3’30”

Recuerdo todo eso inseparable de magníficas carreras de 1.500, la distancia suprema del atletismo, la que no es corta ni larga, “la que nos sacó de la Edad de Piedra”, según el periodista Santiago Segurola, “gracias a tipos como González y Abascal que generaron la autoestima que no tenía el deporte español para batirse a las viejas potencias europeas”. Pero si había que elegir o equivocarse con alguien yo me equivocaba con él, José Luis González, y le recordaba a mi padre que uno no nació para ser imparcial. Y entonces no dejaba de admirar a ese tipo nacido en un pueblo de Toledo, a su geografía de genio, a su última vuelta o, simplemente, a la primera vez que iba a derrotar a Steve Cram en Praga en la primavera del 87. Un atleta, efectivamente, insustituible en la memoria, hasta en la de Sebastian Coe que todavía  habla del Señor José Luís González con un respeto casi enfermizo.

Recuerdo que entonces no nos hicieron falta las redes sociales para conocer a José Luís Gonzalez, esa forma de ser. Recuerdo las millas de Oslo, de París, de Milán y, por supuesto, el Mundial de Tokio, otra vez en el año 1987, en el que no tenía  que haber existido aquel extraño atleta nacido en Somalia: Abdi Bile. La única posibilidad de alejar a González del oro en 1.500 en los Mundiales de entonces que eran cada cuatro años. Y recuerdo la voz de Gregorio Parra en televisión que nada más terminar aquella carrera vino a decir que “González no ha logrado lo que buscaba pero no esta nada mal” y retratar así esa personalidad suya, a todo o nada, como una comunidad de vecinos a regañadientes, imposible de encontrar el término medio.

Si perdía como en los JJOO de Los Ángeles 84 se consideraba “un absoluto fracasado”. Y si ganaba a Said Aouita, a Steve Cram o a Sebastián Coe ya estaba pensando en la siguiente vez dándole vueltas a esa cabeza y a esas piernas suyas en las que todavía habita el récord español de la milla (3’47″79) y en las que hay literatura suficiente para abrazarse a su biografía de atleta. Y entonces volveremos a darnos cuenta de que los años no impedirán nada. Aparecerá siempre un atleta capaz de morir con las botas puestas en los JJOO de Barcelona 92, en tiempo de descuento. Pero así era José Luis González.  Un maravilloso lunático, orgulloso como un Premio Nobel, que llegó a correr los 1.500 en 3’30” y que, de no haber existido las lesiones, parecía destinado a ser  medallista olímpico en Seúl.

Hoy, treinta años después, ya he tenido la oportunidad de conocerlo y de darme cuenta de que si no quieres que los ídolos  dejen de ser ídolos cuánto más lejos, mejor. De niño y de mayor, y me parece que ya no cambiaré nunca esa opinión. Es mejor ver la película y no saber cómo se hizo ni la personalidad de quién la hizo. La distancia reforzará el mito y nunca jamás interferirá en algo que debería ser sagrado: el recuerdo de la niñez, ese país plagado de cuento de hadas en sus calles.

@AlfredoVaronaA

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