La vecina de Maradona

La vecina de Maradona

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Hace tiempo que no encuentro a nadie que quiera a esta afición por correr más que ella, Paola Soto, tripulante de Aerolíneas Argentinas y vecina de ‘El Pelusa’ en Villa Devoto, Buenos Aires. Paradojas de la vida 

Y esto es el acento porteño. Y esto es la vida o parte de la vida. Y de esa vida que esta vez empezará en Villa Devoto, en un barrio noble de Buenos Aires, donde vive ella. Calle Habana. Cuarta y última planta de un pequeño apartamento desde cuyas ventanas antes se veían nubes de periodistas. A escasos metros, uno de sus ilustres vecinos era Maradona y la única pena es que hoy Paola sienta a ese hombre como lo más alejado posible de un ejemplo. Quizá por eso si hay que hablar de alguien ella prefiere hacerlo de sus dos gatos, que tanto la echan de menos cuando cierra la puerta de casa. Y se va. Y no volverá en varios días, porque Paola Soto es tripulante de Aerolíneas Argentinas. Así que su domicilio está en el mundo, repartido en vuelos de 12 o 14 horas, habitaciones de hoteles y una maleta que es como una declaración de intenciones. Y no se pueda entender sin un espacio reservado para las zapatillas de correr que podrían ser como una clase de literatura o la letra de una canción de Charly García, ‘ángeles y predicadores’.

Así es ella y así es esta historia, la parábola de un amor por correr que nació hace diez años. “De repente, un día sin saber por qué vi una carrera popular en Buenos Aires. Y recuerdo que eran las cinco de la tarde y que hacía un calor imperdonable. Y me quedé mirando. Y me quedé pensando. Y a las pocas horas quise saber lo que sentía la gente”. Y entonces decidió volcar toda esa magia que desconocía dentro de ella. Su vida o su trozo de cielo. “Y no fue cosa de la inspiración, sino del tiempo. Me preparé casi un año entero para hacer una carrera de 10 kilómetros. Y lo hice sola, sin entrenadora, sin nadie que me dijese: ‘mira, Paola, eso es así o no es así'”. Pero entonces descubrió que la incertidumbre es maravillosa y que la vida era como leía en esas revistas de correr que llegaban atrasadas al buzón de su casa, en Villa Devoto, donde la letra de Charly García lo explicaría mejor que una tarta de cumpleaños: “Un ángel cuida tu suicida corazón”.

Aquel maratón que corrí en París (..) vestida con la camiseta albiceleste, no dejé de llorar en todo el recorrido. Y no lloraba de dolor, sino de la emoción de estar ahí o de escuchar, ‘viva Argentina’.

Desde entonces, han pasado diez años en los que no hay tristeza: no nos hicimos lo suficientemente mayores. “He cambiado mucho”, acepta Paola, “pero hay algo que no ha cambiado. Todavía me emociono en la línea de meta como si fuese la primera vez. Es más, a veces me sorprendo a mí misma imaginando o soñando ese momento, y nadie tiene que explicarme lo que vale ese momento”. Y esa felicidad tiene un sexto sentido. “Me gusta hablar de correr; me gusta explicar lo que siento, me gusta recordar días como aquel maratón que corrí en París. El tiempo fue lo de menos, porque hice más de cuatro horas, pero jamás dejaré de recordar esas calles en las que, vestida con la camiseta albiceleste, no dejé de llorar en todo el recorrido. Y no lloraba de dolor, sino de la emoción de estar ahí o de escuchar, ‘viva Argentina’. Y, aunque esta Argentina no se sienta tan unida como la de mi infancia, una nunca perderá el derecho a ser argentina o a presumir de ella”.

Y ese es el acento porteño. Y la magia de ese Buenos Aires en el que cada tango es una confesión. Y tal vez el reflejo de la pancarta del último kilómetro que volverá mañana. Y la magia de un esfuerzo que va más allá del intento. Y que a ella no le importa comparar con su vida, porque “he tenido una vida dura. Y eso claro que endurece para correr. Y, es más, te explica que, si luchas, siempre serás más feliz”. Y entonces ella misma, Paola Soto, se recuerda a sí misma que hoy tiene “un buen trabajo, sí” y lo que ha tenido que luchar para lograrlo. “Yo empecé a estudiar Medicina, pero tuve que dejar la universidad. No pude continuar por un problema familiar. Y a los 21 años tuve que empezar a trabajar. Y hoy tengo 37. Y el paso de los años me recuerda que no ha sido fácil llegar hasta aquí”, explica hoy, custodiada tal vez por ese ángel de Charly García al que le basta un segundo para parecerse a ella: “Un ángel no tiene lugar, no tiene precio, no se puede comprar”.

“A veces, ni siquiera una fotografía puede explicar lo que una siente”

Y de ahí el realismo de esta conversación venida al mundo en Barcelona tras una tarde en la que Paola se ha fatigado entrenando en el parque de Collserola. Y ha hecho lo que le gusta. Y lo ha vuelto a hacer lo que la despeja cuerpo y mente y le recuerda lo que tantas veces le explica su entrenadora, Virginia Gálvez: ‘Paola, se puede hacer fácil lo difícil’. Y es entonces cuando la conversación con ella viaja hasta la montaña, a las carreras de ultradistancia, donde la literatura no entiende de protocolos. “A veces, ni siquiera una fotografía puede explicar lo que una siente”. Pero esa es la arena o el sentimiento, el sabor de lo pequeño, el latido de cada corazón que le explica a Paola que la locura no es locura a 1.800 metros de altitud. “Hay días en los que he llegado a entrenar cuatro horas seguidas”.  Pero entonces ella te recuerda que está preparando los 110 kilómetros de la Ultra Pirineu donde, por cierto, el año pasado se perdió en mitad del recorrido. Y no se enfadó. Y ni siquiera se asustó tanto como me podría haber asustado yo mismo.

Pero la diferencia es que yo no tengo acento porteño ni estuve nunca en Buenos Aires, donde ella regresa mañana. Y, si no regresa con las piernas muy fatigadas, saldrá a entrenar en Villa Devoto, donde no hay montañas ni agua de mar que rodee el barrio. “Pero si hay cuestas en las calles que yo repito una y otra vez como si fuesen las rampas de los Pirineos”. Y no enloquece, porque en realidad, esa libertad valdría para explicar su vida, en la que tal vez hoy solo faltan sus dos gatos de testigos. “Pero no pasa nada, porque ellos me conocen”, acepta Paola. “Saben como soy y que mañana volveré a buscar una carrera que me parezca increíble. Y que en las próximas 72 horas que voy a pasar en casa claro que saldré a entrenar, porque no sé vivir sin correr”.  Y la ventaja es que ese ángel de Charly García, del que se olvidó Maradona, está presente en cada día de su vida… “usando su nombre, hiriendo la piel no creo que lo puedas detener…”  Así que desconozco donde está el límite de esta mujer.

@AlfredoVaronaA

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5 Comentarios

  1. felicitaciones, Paola. En los 70´s viví en Notting Hill Gate donde descubrí ese vicio maravilloso trapando la cuesta de Holland Park, pasadas veloces pisando hojas secas en los tracks de Kensington Park, Hyde Park y Hampstead Heath Regresé a BUE hace casi 40 años. Recientemente mis rodillas se tranformaron en dos odiados hoplitas atenienses: Artritis & Artrosis. Estos condenados me han obligado al sedentarismo, atrás quedaron esas corridas históricas al borde el Danubio en Budapest, en una noche de perros, empapado y eufórico; madrugadas descubriendo ciudades con sus costados más bellos y otros algo más sórdidos. Sana envidia a tus paseos, abrazo de ex atleta.

  2. Aparte de admirarla, la adoro a Pao. La quiero con el corazón y me enorgullece lo que hace.
    Es de fierro, sensible, tenaz y determinante. Así que Feliz de leer esta nota y de que se reconozca sus logros y agallas.

    Muy linda nota Alfredo. Besos desde Buenos Aires.

  3. Paola lejos la mejor, lucho toda su vida por sus sueños y los esta logrando, gran persona, gran corazón, gran mujer, gran hija…no tengo mas nada que decir de ella…te quiero Pao!!!!

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