La responsabilidad mató al runner

La responsabilidad mató al runner

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No es una frase tan redonda como “la curiosidad mató al gato” o “por la boca muere el pez”, pero encierra una verdad como un puño de Brock Lesnar, luchador que precisaba guantes a medida por el desmesurado tamaño de sus manos. Permitidme hilar el argumento en un par de párrafos.

La misión del hombre en la Tierra es en principio perpetuar la especie, pero con lo de ser racional y el tema de la inteligencia se han sumado muchos factores. Al desnaturalizar nuestra rutina ancestral (cazar, fornicar y poco más) podemos llegar a alienarnos, y por eso las actividades lúdicas se han convertido en la válvula de escape en la actualidad; por supuesto veo el running como un gran sustitutivo moderno de nuestra antigua faceta física. Antes corrías para comer o huir y ahora para que te entre hambre y para no volverte loco porque tu cuerpo está diseñado para eso. Ahora tenemos ética y convencionalismos sociales, y antes si te pasabas de listo el jefe de la tribu te reventaba la cabeza con un hueso de fémur; el ser humano y los tiempos van cambiando, pero algunas cosas se mantienen.

Se mantiene el espíritu competitivo que nos hizo sobrevivir todos estos milenios. Y no puede desaparecer de un día para otro, por lo que debemos convivir con él y reconducirlo de la mejor manera posible.

Competitivo por naturaleza y responsable por aprendizaje

Hablamos de las condiciones o características innatas del ser humano cuando decimos que somos de alguna forma adictos a la competición o al pique. Pero en la fórmula de este argumentario es muy prominente una condición adquirida y desarrollada en la sociedad moderna: el sentido de la responsabilidad. Desde pequeños absorbemos el sentido del deber, aprendemos a valorar el bien y el mal (el de ahora), a ser educado o políticamente correcto, etc. El reto, el triunfo y la superación van asociados a la gente de provecho.

El sentido de la responsabilidad inculcado desde la infancia y la competitividad resultan ser una combinación devastadora, porque pueden estrellarte contra tus límites y hacerte saborear la impotencia.

Los cambios en nuestra sociedad han sido muy abruptos en la historia reciente y no hemos dado tiempo a la evolución para que trabaje en paralelo. Por ello lo primero es reconocer que si mañana volviésemos al pasado, de poco te iba a servir tu destreza programando java para matar Mamuts; la gran mayoría moriríamos en cuestión de días en ese antiguo escenario. Con esta disertación quiero haceros comprender que la programación ancestral está ahí, en nuestro interior, pero que no tiene sentido darle demasiada importancia, más allá de saber lidiar con ella y reconducirla en nuestro favor.

Control a tu troglodita y libera tu responsabilidad

Cuando entrenas, cuando compites, cuando te enfrentas a esos retos que te liberan de la rutina y te hacen feliz, sé consciente de que tendrás impulsos innatos irracionales. Debes racionalizarlos. Un ejemplo fácil es la batalla de Braveheart; cuando estás en la línea de salida solo faltaría que te diesen una espada para salir esprintando a matar enemigos, ebrio de adrenalina y con la cabeza quién sabe dónde.

A pequeña escala esto se traduce en llevar los ritmos correctos, en no dejarse llevar por piques o rivalidades en los entrenamientos, en ser coherente con tus capacidades y asumir tus limitaciones con honradez y buen humor para poder avanzar y mejorar disfrutando de correr.

Aunque si me apuras, creo que son menos dramáticas las consecuencias de dejarse influenciar por nuestro troglodita interior que las producidas por el exceso de responsabilidad. Lo creo porque las primeras son más físicas, más inocentes o infantiles; sin embargo las segundas son (además de físicas) psicológicas. El hastío generado por no conseguir los objetivos (especialmente los que se genera uno mismo) nos genera impotencia y frustración; caldo de cultivo perfecto para el futuro abandono.

Una lesión te puede apartar de la acción durante un tiempo, pero mientras el deseo y la ilusión sigan vivos, volverás a la carga de una u otra forma. Sin embargo un deseo caducado inhabilita cualquier aptitud fisiológica. Un exceso de responsabilidad sobre tus resultados te hará sufrir como atleta y, a buen seguro, matará a tu yo runner. El triunfo platónico de la ideosincrasia moderna no tiene porqué ser necesario para conseguir la felicidad, y mucho menos el disfrute de la gente corriente como tú o como yo, que no acogotamos gigantes con el canto de la mano ni partimos gente en dos después de muertos como el Cid.

EL ORIGEN DEL MAL

¿De dónde provienen las pretensiones exacerbadas? ¿Cuando desaprendemos a percibir y disfrutar dentro de nuestrol límites? Tendemos a pensar que solo seremos felices dando el máximo, y además ubicamos ese máximo fuera de nuestras posibilidades. Fracaso garantizado.

Ese imaginario colectivo empapado de fantasía es generado a pico y pala cada día por la publicidad de todos aquellos que quieren venderte algo o sacar partido de ese concepto. Y no solo debemos pensar en las marcas o el marketing, puede ser el modus operandi de un país entero. Esto me lleva a una lamentable historia que convierte la metáfora del título de este artículo en una durísima realidad.

Kōkichi Tsuburaya fue entre otras cosas un popular maratoniano japonés que compitió en los años sesenta. Mientras los Beatles se echaban mercromina en los arañazos que les infligían las innumerables pubertosas fanáticas del grupo, en 1968 Kōkichi se dedicaba a entrenar en cuerpo y alma el maratón de la Olimpiada de Japón para honrar a su país. Es por todos conocido el grandioso orgullo proferido por este pueblo hacia su patria, y esta era una oportunidad muy destacada para poder ganarse el rerconocimiento de los suyos.

Ganó Bikila, descalzo. Segundo entró nuestro hombre en el estadio, pero fue rebasado por el inglés Basil Heatley para colocar tercero al japonés en la línea de meta… delante de todo su público. Heatley ni se imaginaba el daño causado; para Kōkichi este hecho supuso un terrible deshonor frente a su gente. Sin embargo se dio una oportunidad de enmienda, se propuso limpiar su nombre en las siguientes Olimpiadas.

Es el ejemplo más macabro de todo esto que os estoy contando. Entrenó duro, con muchos motivos y de mucho peso, con mucha responsabilidad. No obstante a mitad de la gesta le estaba esperando el lumbago, una lesión que le apartaría de los entrenamientos y de su objetivo. Por ello en 1968, a los 27 años de edad (como no podía ser de otra forma) se quitó la vida dejando una nota. Decía que estaba demasiado cansado para seguir corriendo y pedía disculpas.

A veces es necesario mirar hacia los extremos para darte cuenta de dónde estás parado y, a vista de pájaro, entender que quizá uno tiene mucha suerte tan solo por correr mientras mira al horizonte, sin más.

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