La palabra de Dios

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En su vejez, recuerda que la mentira no funciona y que él, por signos, fue capaz de llegar al fin del mundo. Así fue José Cano, uno de los pioneros, el organizador de la mítica carrera de Canillejas, espejo de un tiempo que no volverá. “Yo me atrevía a llamar a Kenia sin saber inglés”. 

No sabía inglés. Pero ese día él estaba en el cross de Elgoibar y, muy cerca suya, veía a Steve Jones, aquel fantástico atleta británico que trabajaba en las Fuerzas Aéreas y que igual hacía 400 vallas que llegó a correr en 2:08.05 en el maratón de Chicago. Así que buscó alguien que supiese inglés para que le preguntase a él, a Steve Jones, si le apetecía venir a correr la carrera de Canillejas. La respuesta fue que sí y, dos semanas después de ganar el maratón de Nueva York, vino gratis. “La única condición que puso fue que le buscásemos un hotel en el centro para que su mujer pudiese ir de compras”, recuerda hoy José Cano, que entonces era un gran atrevido. Todavía lo sigue siendo ahora, envejecido, atacado por enfermedades severas como un cáncer, un ictus o esa prótesis de rodilla, que le impide agacharse aunque no desafiar al mundo y no hacer caso a los que le dicen, ‘tú cállate’, porque él sostiene que “mi idea es mi razón. La mentira no me funciona. No hay nada más incómodo que no decir lo que piensas”. 

Así que es imprescindible situarse en las década de los ochenta, en un barrio como Canillejas, donde la humildad es una fábrica que en aquellos años, víctima del atrevimiento de este hombre,  tuvo una carrera de reputación mundial. “Yo tenía esa empatía o esa locura que entonces era posible”. Quizá por eso a un hombre tan impulsivo como él le resulta difícil convivir con tanto protocolo como hay ahora y hasta aceptar que casos como el de Steve Jones hoy ya no son posibles. José Cano es ese hombre al que un día le dio por llamar a la Federación keniata de atletismo y cuando le cogieron el teléfono en castellano se quedó entusiasmado hasta que esa misma voz le contestó: “Perdone usted, pero está llamando a Argentina y aquí son las cinco de la mañana”. Pero debió perseverar en el intento porque en Canillejas corrió un keniata como William Sigei, que luego fue campeón del mundo de cross, o Simon Karori, “que apareció en la línea de salida con unas zapatillas de clavos. Deprisa y corriendo, le tuvieron que prestar unas Adidas Torsión, que eran dos números más que el suyo y que cada una pesaba no menos medio kilo. La imagen, que nos dejaron los vídeos, era increíble. Chapoteaba, incluso. Pero aun así Karori ganó la carrera de esa edición”.


 “Nuestra oficina estaba, sobre todo, en la palabra. La palabra era ley para mí. A su lado, no necesitaba papeles firmados”. 

En realidad, a su lado, la nostalgia es irreversible. Pero él la disfraza con esa sonrisa final suya que es parte de su vida. “La universidad de la calle”, replica él, que desmiente que, a pesar de llevar su nombre, fuese él el creador de la pionera: la carrera de Canillejas. “Yo había ganado el Trofeo Marathon de cross en 1962 y llegué a saltar 6,40 en longitud, a hacer 4’15” en 1.500 o 8’49” en 3.000. Así que en este barrio era alguien deportivamente y cuando decidieron que iban a hacer la carrera y que le iban a poner mi nombre, les dije ‘adelante, no hay problema, pero yo me voy de vacaciones’. Cuando volví y pregunté por la carrera, que debía haberse hecho el 9 de septiembre, me dijeron que no habían empezado porque no sabían por donde empezar”. Y ahí es donde empezó él hasta volverse eterno a pesar de tener siempre, incluso en los mejores años, unos medios totalmente rudimentarios. “No teníamos ni fax, porque no podíamos pagar una oficina. Es más, nuestra oficina podía estar en la barra de un bar o en el interior de una nave que nos prestaban para guardar las cosas”.

“Pero nuestra oficina estaba, sobre todo, en la palabra. La palabra era ley para mí. A su lado, no necesitaba papeles firmados. Creía en ella hasta sus últimas consecuencias”, reconoce hoy, los restos de un hombre que, en su desordenado álbum de recuerdos, aparece fotografiado con personajes como Florentino Pérez, Esperanza Aguirre, Ruiz Gallardon, en fin… Todavía recuerda que el Ayuntamiento de Madrid le concedió el premio ‘7 Estrellas al Mérito Deportivo’ y que en aquellos años hizo “poder o influencias. Conocí tanta gente… Tenía una sección de 1.000 voluntarios en todas las áreas y siempre me impliqué hasta el fondo. Cuando la Comunidad de Madrid me contrató como organizador, en la inauguración de La Peineta, me acuerdo que había noches que me quedaba a dormir en las colchonetas de salto de altura o de longitud. Quizá porque no sabía vivir de otra manera. Quizá por eso pude ser mejor padre aunque no mejor persona”, insiste hoy, “con la vida ya solucionada. Me quedó una buena pensión tras 43 años cotizando a la Seguridad Social. Trabajé de todo. Monté hasta una tienda de deportes. Siempre defendí mi manera de ser en la que se hace camino al andar. No conozco otra forma”.

Hoy, alejado de las nuevas tecnologías, ya está cansado, sin ánimo tampoco de reinventarse. Pero todavía sigue, “porque mi nombre aún abre caminos. Quiero que mis hijos se queden con la carrera y no renuncien nunca ella. Pero tengo que convencerles de que en esta época no sólo es lo bien que lo hagas, sino que es a quién conozcas y a mí todavía me conocen”. Y como si volviésemos a los años ochenta no le importa desafiar lo imposible. “Hay que ser realista y aquí ya no vienen los mejores atletas del mundo como cuando venían Mike McLeod, Paúl Bitok, Fernando Mamede, los hermanos Castro… Pero de esos años nos quedan emociones que nos hacen mejores y que nos impiden morir de pena. Aquí llegamos a tener corredores de élite de doce nacionalidades… Todo eso hoy tiene que valer de algo. No es un disfraz, es nuestra historia. Todavía recuerdo lo que me contaban  Abascal y un periodista de ‘El País’ cuando fueron a Kenia y lo primero que les llamó la atención al entrar, en el interior de una cabaña, fue ver un trofeo de la carrera de Canillejas”.


“Siempre consideré el dinero como papeles que se mojan y luego se rompen”

Hoy, entre otras cosas, queda la pasión en el barrio y quizá la astucia de este hombre, José Cano, este viejo dinosaurio, al que siempre que uno se encuentra por la calle Alcalá va vestido como si fuese un atleta, hasta con mallas. “Pero es que voy a todos los sitios caminando”, interpela él, que se declara un romántico que tantas veces tuvo que escuchar aquello de que la carrera de Canillejas le daba para vivir todo el año. “¿Quién decía eso?”, replica, de nuevo. “Cuando se tiene dinero no se puede ocultar y en mi caso no sé qué puedo ocultar…. No tengo casa ni coche. Siempre consideré el dinero como papeles que se mojan y luego se rompen. Por eso nunca fui un fanático del dinero. Se me pueden acusar de múltiples cosas, de que pude llevar una vida bohemia o de que se me daban bien las mujeres, pero del dinero… Yo creo que en la carrera de Canillejas todavía salgo perdiendo. Hubo años en los que hasta tuve que pedir un préstamo. Pero no puedo renunciar a eso, porque es parte de mi vida, de mi pelea, y a su lado tengo tanta historia que contar…”

Recuerda entonces “todas las veces que la carrera me hizo llorar pero sobre todo aquel año en el que nos iban a dar media hora en directo en Teledeporte y el último día me llamó Elena Sánchez, la redactora jefe, y me dijo, ‘no lo vamos a televisar’, y ante mis protestas me acabó diciendo que ‘no la veían con suficiente prestigio’. Me dolió muchísimo porque aquí no fue lo que hicimos sino como lo hicimos. Regalamos coches, batimos récords de participación, fuimos importantes”, memoriza ahora, en la paz de este día, donde siguen sobrando historias que contar como “aquella vez que nos robaron el avituallamiento o la megafonía la noche antes… Pero entonces todo tenía solución, porque organizar una carrera era algo tan artesanal… Sin embargo, ahora son exigencias por todas partes de la Federación y tantos gastos…, pero ¿y qué haces? ¿renuncias a tu pasado, a tu historia?“, discrepa él, el mismo hombre que demostró en los ochenta que no hace falta saber idiomas para llegar al fin del mundo. “También se puede hacer por signos”. Y Steve Jones, uno de esos viejos héroes del atletismo británico, podría confirmarlo.

@AlfredoVaronaA 

El veterano 10K de Canillejas celebra su XXXVIII edición el próximo domingo 19 de noviembre y contará un año más con el patrocinio de Skechers

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