Historia de una compra de mierda

Historia de una compra de mierda

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Zapatillas de mierda

Es un clásico. Te asesoras, preguntas, buscas críticas y opiniones por doquier y finalmente te decantas por un modelo de zapatillas que nunca habías probado. Para que luego digan que eres de piñón fijo y que no eres aventurero o atrevido… solo porque nunca te has subido a un avión. ¡Que hay muchas formas de jugarse la vida oiga!

Entonces tú y tu aventura os vais a hacer una toma de contacto, un rodaje suave a ritmo comedido y, en principio, sin ningún riesgo o posibilidad de contratiempo.


Total, que a los diez minutos tienes la sensación de ir corriendo sobre dos tabletas de turrón guirlache de hace tres campañas navideñas (con duro caramelo fósil), y tus dedos meñiques empiezan a manifestarse con enérgicas quejas.

Los 120 euros que tuviste que liberar de tu bolsillo te producen sordera, y te resistes a atender a tus pobres meñiques. Finalmente los pequeños y desamparados apéndices se silencian. Acaban sucumbiendo al castigo y pierden el conocimiento; aunque se te acaban de dormir los dedos eso no sería suficiente para hacerte admitir que la has cagado, si no fuese porque ahora todos tus dedos te envían calambrazos al unísono para advertirte que de seguir así, con seguridad acabarás en una silla de ruedas.

En ese momento no te queda otra que asumir la cagada, y te preguntas qué ha fallado en tu protocolo de compra para que, en menos de media hora, tengas los pies dormidos y un par de ampollas que aún no habíamos mencionado.

No te castigues, son gajes del oficio. En cuanto dejes de blasfemar entenderás que estas cosas pasan. No debes odiar marcas o modelos concretos, ni siquiera al márketing. A veces es sencillamente una cuestión de horma. Aunque también puede ser que te hayan vendido un mojón… todo puede ser.

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