Esto no es un piso de estudiantes

Esto no es un piso de estudiantes

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Foto: Bilbao Atletismo Santutxu
Así son las normas de Azucena Díaz,  nuestra maratoniana estrella, que en el piso compartido en el que vive prohíbe fumar y las fiestas nocturnas a sus compañeros. “El alto rendimiento tiene que ser así” 

Ahora o nunca. Si no hablamos ahora de Azucena Díaz ya no lo haremos nunca y hasta podría ocasionar un problema de conciencia en el futuro, incapaz de solucionarse siquiera con pintura de camuflaje. Así que lo mejor es arriesgarse a conocerla a ella, nuestra maratoniana estrella, cosecha del 82, mujer valiente y disciplinada que en el último Mundial de cross en Uganda completó sus memorias de África al lado de los chimpancés. “Y entonces me di cuenta de que los chimpancés se parecen muchísimo a nosotros”. Quizás porque no es fácil ser atleta ni ser chimpancé en esta sociedad de hoy a menos que una fije sus propias reglas como hace Azucena en el piso compartido de cuatro habitaciones y dos baños en el que vive en la Avenida de Valladolid, en la frontera con la Casa de Campo de Madrid. “Aquí no se permite fumar y las fiestas por las noches están prohibidas, porque esto no es un piso de estudiantes”.

Lápida de atleta o de mujer de 34 años que extravía la lógica cuando va a comprarse la ropa (“uso talla de niña de 12 a 13 años”) o a renovar en comisaría su carnet de identidad.  “El doctor Capape asegura que no estoy quemada y que todavía me queda mucho camino por recorrer. He tenido que parar demasiadas veces. Mis piernas se han ahorrado muchos machaques”. Así que casi es mejor clavarle un desafío al futuro que dejarse atrapar por el pasado, “donde claro que no es oro todo lo que reluce. He pasado malas épocas. He tenido muchas lesiones. De hecho, me ha quedado una lesión crónica que ahí está y que a veces aparece“. Pero frente a la dificultad Azucena siempre permaneció unida consigo misma como la joven que se fue de casa a los 20 años, la misma que no fue internacional hasta los 23 o la misma que el último verano se fotografió con sus padres junto al Cristo del Corcovado en los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro. Una atleta que le invita a uno a pensar en la humildad y hasta en el poder de esos 44 kilos capaces de mover el mundo durante 42 kilómetros. Una vida imposible de fotografiar con un teléfono móvil y en la que la lógica quizás sea una batalla perdida que sólo conseguiría que no volviésemos a abrir en la vida un libro de anatomía. La lógica,  simplemente, no existe hoy.

“No soy una excepción. No soy el sueño de una noche de verano”, replica Azucena. “He sido un proceso lento y he tardado en llegar. Si hago cuentas, desde los ocho años que empecé a correr o desde los nueve cuando gané mi primera milla escolar. Sí  es tiempo, sí.  Pero la fortuna es estar hoy aquí e incluso pensar que todavía ni siquiera he realizado el mejor entrenamiento de mi vida. Las prisas ya no existen para mí. Hasta estos últimos meses he decidido tomármelos un poco de transición y resulta que hace semanas hice un ritmo de 10 kilómetros a 3’25” en el bosque de la Casa de Campo con un pulso excelente, algo que en otra época me hubiese parecido un milagro”.

“No hay un día que marque un antes y un después en mi vida como no sea el día en el que me sometí a aquel test de intolerancias alimenticias”

Hoy, la grandeza es que sus 34 años no impidan nada lo que hace pensar que la fiera no está fuera sino dentro de ella. Quizás por eso Azucena es tan capaz de mantener la tensión durante toda esta conversación. La anarquía no nos deja en paz pero tal vez así es como se consiguen mejores cosas. “No hay un día que marque un antes y un después en mi vida como no sea el día en el que me sometí a aquel test de intolerancias alimenticias. Desde entonces, no puedo comer huevo, no puedo comer clara, no puedo comer sandia y ni siquiera puedo comer soja o arroz. Pero eso ya lo veía claro las tardes que salía a entrenar cuando era niña. Me podía haber tomado un plato de arroz a la hora de comer y por la tarde parecía que me había comido un cochinillo entero yo sola. No era lógico. Entonces me sometí a aquel test y la respuesta fue clara: yo no me quejaba por gusto. Así que me acostumbré a vivir así y hoy me parece lo más natural antes o después de entrar en el supermercado a hacer la compra”.

(..)”no tengo prisa por conocer el futuro. Prefiero seguir siendo quién soy y seguir considerándome una privilegiada”

De hecho, la compra siempre la hace ella. “Mi nevera es una nevera para deportistas. Mi vida, mi casa, mis propios hábitos. No hay otra posibilidad. Ahora tiene que ser así y va a ser así.  Fue la vida que elegí y quiero vivirla hasta el último día al máximo“.  De ahí su poder de convicción que también es parte de su victoria o de su derrota. “Mi vida es distinta. Yo no me puedo comparar a mis hermanos que tienen su familia, sus hijos, su trabajo. El mayor es ingeniero de obras públicas en Chile y el otro trabaja de informático.  Pero todo llegará y, en mi caso, la diferencia es que no tengo prisa por conocer el futuro. Prefiero seguir siendo quién soy y seguir considerándome una privilegiada”. De ahí que su discurso no se quede en casa y se alimente de tanto sentido común, “porque el sentido común es parte de como vives”, agrega ella misma, víctima de su propio ejemplo. “En una ciudad como Madrid yo no necesito ni coche porque me he preocupado por tenerlo todo cerca: la Casa de Campo, la pista de la Blume para entrenar, todo. Puedo ir todos esos sitios corriendo, porque casi es mi medio de transporte.  Los empleados de la Federación, que son vecinos míos,  pueden confirmarlo: casi siempre que me ven estoy corriendo”, ironiza.

Pero así es Azucena Díaz, que no pasa ningún miedo al describirse. “No hay casi nada que no puedas hacer en la vida”, señala.  “He salido adelante de lesiones que me parecían el fin del mundo y aquí estoy, sana y salva, convencida de que esto del atletismo no sólo es lo que consigues,  sino lo que dejas, las amistades que te quedan para el día de mañana, los viajes que hiciste que, aunque a veces apenas salgas de la habitación o de la recepción del hotel,  siempre puedes decir ‘yo estuve allí’ y hay alguna fotografía que lo demuestra”. Al final, el valor está en el sentimiento que uno le pone. “He llegado a sitios que de niña no me podía ni imaginar en Alcobendas”. Y eso no fue  gratis, sino complejo, como lo era a la antigua usanza, cuando nuestros padres nos enseñaban a relativilizarlo todo al volver irritados del colegio. Y esos padres podían ser los padres de Azucena, por ejemplo. “Todavía hoy es así “, explica. “A ellos les encanta acompañarme a los viajes independientemente de mi estado de forma, porque lo que realmente les importa es vivir la experiencia conmigo. No se esclavizan al resultado. No me esclavizan a mí,  no me preguntan cómo estás antes de tomar una decisión”.

Quizás por eso, si esta conversación nos deja algo, es  que hay múltiples caminos para llegar a la meta o para enamorarse de la vida. Un montón de eucalipto que demuestra que a veces la edad es un estado de ánimo y que la ambición puede ser como el centrifugado de una lavadora. Si no se estropea, mañana volverá a sonar fuerte, y a esa idea es a la que se agarra Azucena Díaz para alejarse del punto final y encontrar, quién sabe dónde,  un final absolutamente feliz. “No he corrido más que tres maratones en mi vida y dicen que un atleta alcanza su cénit entre el sexto y el octavo”.  Mientras tanto, a sus compañeros de piso que no se les ocurra llevarla la contraria, que no les pille fumando en el baño u organizando una madrugada loca de sábado. Esa es una casa de deportistas, la casa de Azucena Díaz,  orden y mando, como las grandes mujeres de la historia que no necesitan alcohol para disfrutar de la vida. Al final, va a ser que sí, el maratón sólo es una forma de vida, incompatible, sin embargo, con un piso de estudiantes simplemente porque la vida tiene que ser así.

@AlfredoVaronaA

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