“Que tu madre te reciba llorando…” 

“Que tu madre te reciba llorando…” 

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El precio de las emociones. La historia del campeón de España de 100 kilómetros, a los 48 años, que pone el sentimiento a flor de piel. “Tú sabes lo que es llamar a casa y escuchar a tu madre llorando…”, llorando de emoción… 

Sólo me queda pensar que a veces no es lo que escuchas, sino cómo lo escuchas. Por eso hoy vuelvo sin prisa a aquella tarde en La Quinta de los Molinos y a esta conversación en la que, de repente, él, Juan Antonio Ramos, te dice: “tú sabes lo que es llamar a casa y que tu madre te reciba llorando”. Y no fue lo que dijo sino como lo dijo. Y las lágrimas que salieron en voz baja de sus ojos. Y la exposición de un sentimiento desinteresado a cámara lenta. Porque en el fondo esto de correr es eso: una emoción que el periodismo tiene la posibilidad de conservar en el tiempo y, en mi caso, de dar valor a lo que uno escucha como ése  “tú sabes lo que es llamar a casa y que tu madre te reciba llorando…”, llorando de emoción…, lo que tal vez no se enseña en ningún colegio de pago que no sea uno mismo: la vida.

Pero entonces Juan Antonio Ramos acababa de cumplir un sueño, porque los sueños son los que decidimos nosotros. Él acababa de proclamarse campeón de España de 100 kilómetros y, por encima de las penas o de las dudas de una carrera tan larga,  siempre quedará esa llamada a ese diminuto pueblo de Almería en el que viven sus padres, a la voz de su madre al otro lado del teléfono; a esa capacidad de amar, de darle el valor a lo que uno defiende y de compartirlo con tu gente. La necesidad, en realidad, de volver al pasado y de recordar que a los 13 años te fuiste de casa a un internado para estudiar, colegio Ave María de Granada, y que hoy, que eres un hombre de 48, un tipo que un día aprobó las oposiciones a funcionario y que hoy, en la anarquía de esta conversación, recuerda aquellos 100 kilómetros del campeonato de España en Vecindario, “con rachas de viento en contra de más de 30 km por hora”, sin asustarse. “No conozco peor enemigo que el viento”, recuerda él, hijo de camionero que recuerda en la infancia escuchar “a la legua el camión” de su padre. “No era otro camión. Era el camión de mi padre”.


“Empecé a probar con los 100 kilómetros. Y me di cuenta de que no era una distancia imposible”. 

Quizás por eso esta conversación siempre volverá a casa, a tu mujer, a tu padre o a tu madre, a desembolsar todo tu cariño en un par de horas; a explicar que correr es importante y que “corriendo hay veces en las que no pienso en nada” y a no tener miedo nunca o casi nunca. Ni siquiera a partir del kilómetro 70, “porque hasta ese kilómetro sientes que no has hecho nada”. Pero ese es el precio de toda esta historia o de un hombre que tengo el presentimiento de que ya no olvidaré nunca. Por eso en esta tarde no supimos avanzar sin mezclarlo todo y sin encontrar a este camaleón que de chaval corría tanto en los partidos de fútbol que lo llamaban, Julio Alberto, como aquel lateral kilométrico del Barcelona. Imposible soñar entonces que algún día sería ultrafondista. “Pero en 2009 empecé a entrenar con un grupo en Alcobendas y cuando me sentí saturado del maratón necesité buscar otras sensaciones. Y empecé a probar con los 100 kilómetros. Y me di cuenta de que no era una distancia imposible. Y hasta me atreví a desmitificarlos la primera vez que los hice cuando fuimos hablando hasta el kilómetro 25”.

Hoy, todo eso forma parte de tu identidad, capaz de transformar todas esas batallas en sensaciones o de recordar que “lo que más te aporta es el camino”. Por eso es tan fácil explicar un éxito que es tú éxito lo que tal vez sea la herencia de ese muchacho que salió de casa a los 13 años en busca de la tierra prometida, la necesidad desde muy pronto de encontrar un destino que no vino de golpe.  “Comencé a estudiar Magisterio pero no lo terminé”, recuerda hoy. “Luego, me fui al servicio militar, a Ferrocarriles, y al volver empecé a trabajar de vigilante de seguridad hasta que me di cuenta de que eso no era vida”. Fue así hasta el año 93 cuando aprobó las oposiciones. Tenía 24 años y seguía sin imaginar que algún día, en su segunda juventud, pudiese llegar a entrenar 50 kilómetros seguidos ni a competir más de 7 horas, a solas contigo mismo, con tu paciencia  o con tus emociones que tal vez sean lo más valioso de toda esta historia. Por eso, de repente, a él se le ocurre recordar su primer 100 y escuchar al paso por el 50 por megafonía que va cuarto clasificado y entonces sí: los nervios entran en juego, los nervios, en realidad, son importantes, porque sin ellos no habría emociones como éstas. No habría mañana.

La emoción de cuando fuiste a correr el Mundial y, de repente, en el hotel te encuentras que están tus amigos esperándote en la recepción con una pancarta que mide demasiados metros cuadrados; la emoción de aquel chaval al que no conocías al que ayudaste en los kilómetros finales en el maratón de Vitoria y que un día te localiza por Twitter para felicitarte a tí, Juan Antonio Ramos, el atleta, el hombre, la fotografía de esa tarde de viernes, para mí, en el parque de la Quinta de los Molinos. La fotografía que ustedes mismos tienen a su lado, capaz de retratar esta conversación. Pero lo que no sé es si uno ha sabido trasladar la emoción con la que él lo dijo a tu lado, “tú sabes lo que es llamar a casa y que tú madre te reciba llorando”, porque entonces te das cuenta de que tocar la gloria es eso. Y la única responsabilidad de la literatura es la de contarlo. O la de intentar estar a la altura de ese momento porque en el fondo la vida es eso, “tú sabes lo que es llamar a casa y que tu madre te reciba llorando”, vuelvo a escribir y volvería a escribir siempre…

@AlfredoVaronaA 

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