El abuelo que solo quería correr. Sobre el anuncio (fake) de Adidas

El abuelo que solo quería correr. Sobre el anuncio (fake) de Adidas

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La negación es la clave del deseo. Si el ser humano tiene una debilidad esa es, sin duda, la negación. Basta que nos nieguen alguna cosa como para desearla con mucho más ímpetu y fuerza. Y basta que nos digan que no, como para que nosotros, los cabezones del mundo, nos tiremos a la piscina, aunque sepamos de sobra que no lleva agua. La negación mueve las mas altas montañas y como espectadores nos identificamos con quien injustamente la sufre.

Esa idea de la negación, precisamente, es la que mueve los cimientos de este extraño anuncio de Adidas que, estos días ha causado furor viral y que resulta singular por varios motivos. Uno, porque lo realizó un estudiante por su cuenta y riesgo, tomando el nombre de la marca a la brava. Y la otra porque fue rechazado de antemano por la multinacional. Aunque ahora al ver el éxito que ha obtenido imagino que a la marca le convendría recular y hacer la vista gorda.

” Este anuncio, en realidad, ¿lo ha hecho un profesional disfrazado de estudiante?”

Pero independientemente de que el anuncio lo haya realizado un estudiante con sus compás de clase, hay que ser cautos, y tampoco hay que elevarlo al olimpo del audiovisual por la sencilla razón de que ya existe el precedente de aquella mítica película del abuelo atleta que vivía en un sanatorio mental. Porque esta pieza no deja de ser una píldora sintetizada de aquella película pasada por la licuadora, aunque el producto resultante de esa licuadora, no deja de ser aromático como el zumo de papaya.

Pero ya se sabe que la publicidad es muy laxa para el pillaje. Y en el oficio del publicista a lo que es copia se le denomina sutilmente referencia. Un cuento Chino, que, como se ve, los estudiantes enseguida se lo aprenden rápido. ¿O este anuncio, en realidad, lo ha hecho un profesional disfrazado de estudiante? Desde luego si es un estudiante, sus padres deben pagar una buena leña mensual para que el niño estudie en esa escuela que tiene unas cámaras atrezadas con un juego de ópticas que haría la envidia de cualquier producción media de una película española. Además de una dirección artística (y una fotografía exquisita en tonos vintage).

Pero pensemos que sí -que es verdad-, que lo realizó un estudiante avezado, con todo su esfuerzo, y talento, y que en lugar de hacer un corto antisistema al uso en un joven estudiante de cine con acné, ha tirado por el camino de en medio, y se ha currado el solito un anuncio con coste cero para Adidas. Imaginemos las caras de sus padres cuando descubran que le pagan a su vástago una cuota mensual en una carísima escuela de cine que vale un ojo de la cara, para que al final el chaval termine regalando preciosos anuncios a una multinacional. Y más que eso, estamos hablando de una multinacional, que, además, hace mucho tiempo viene gastando ingentes cantidades de dinero en anuncios que son infinitamente menos eficaces y bellos que el realizado gratis por el chaval a costa del sudor de la frente de sus padres. No se ustedes, pero, yo, como progenitor del chico, por lo pronto, me tiraría de los pelos.

“Aunque la arruga es bella, en publicidad no se usa ni escondida en un pantalón como pliegue de calcetín”.

En cualquier caso, el chico aprendió rápido el uso efectista y manido de la cámara lenta. Y es que la cámara lenta en un spot deportivo viene a ser como el collar de diamantitos del perro, sin él, el perro parece que tiene menos pedigrí y que es solo un chucho con el pelaje deslucido. Bien pensado pocos anuncios de deporte se hacen sin cámara lenta. Y menos aún se hacen sin que le acompañen las notas de un piano que siempre otorgan visos de poesía de qualité y de estar admirando un pasaje importante de la existencia humana al que no debemos perdernos por nada del mundo.

Como se ve, no hay duda, los estudiantes suben con el manual del buen publicista muy bien aprendido. Sin embargo, la virtud del anuncio, creo, no radica en su realización, sino en usar un insólito reclamo publicitario a una figura tan poco publicitaria como un señor de la tercera edad. En eso hay que reconocer que el estudiante se merece un diez. Subrayado en rojo, además. Porque ya se sabe que, aunque la arruga es bella, en publicidad no se usa ni escondida en un pantalón como pliegue de calcetín. Y menos en un entorno, además, como un sanatorio, que, dicho sea de paso, para un ejecutivo de una empresa deportiva no se le ocurriría en la vida usarlo como decorado para anunciar ninguna prenda de su marca, a menos que lo despidan y lo contrate la empresa que fábrica el socorrido Prozac.

Esa es la osadía del anuncio: el perfil del personaje, el entorno en el que se enmarca, como el director hábilmente sabe conjugarlo para que nos identifiquemos con la debilidad del héroe y el deseo negado de correr que nos hace ponernos de su parte a pies juntillas. Y es que ya se sabe que si algo tiene este deporte de correr es que además de moldear el cuerpo, fortifica la mente. Aquello que decían los griegos muy sabiamente, “men sana incorpore sano.” ¿Y qué mejor ejemplificarlo con un abuelete en un lúgubre sanatorio?

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