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Morera: el Mago costarricense

Nació con un balón en los pies y la fiebre del fútbol lo atacó en la misma cuna. Fue un destacado y respetado político en su país por no mancharse nunca de cieno

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Alejando Morera Soto, en una fotgrafía de archivo Archivo SPORT

David Salinas | 13.11.2012 | 10:11h

Nacido en Alajuela (Costa Rica) el 14 de julio de 1909, Alejando Morera Soto ha sido uno de los mejores jugadores que ha dado el pequeño país de Centroamérica. Morera defendió la camiseta del FC Barcelona entre 1933 y 1936 y se le conoció como el Mago por sus increíbles habilidades con el balón. Falleció a los 85 años en su ciudad natal el 26 de marzo de 1995.

Para que ninguna de las gestas llevadas a cabo por Morera en el mundo del deporte y la política (al que llegó después de colgar las botas) quedaran en el olvido, el periodista Guillermo Villegas Hoffmeister escribió una biografía del crack. El volumen (Alejandro Morera: el Mago y el Hombre, de la editorial Euned) es un recorrido por una vida intensa y llena de vicisitudes.

Cuentan que Morera nació con una pelota en los pies y que la fiebre del fútbol lo atacó en la misma cuna. Explica Villegas que “a la hora del almuerzo prefería, en vez de la comodidad de sentarse a la mesa con los suyos (...) coger cualquiera de las viandas y comérsela mientras corría tras la bola haciendo malabares”. Así era el Mago, un apasionado, como su hermano Carlos, que también jugaba al fútbol, y su hermana Alicia, fanática de las carreras y el baloncesto.

Después de terminar los estudios y jugar en el club que lo vio nacer (Liga Deportiva Alajuense), un amigo con lazos en Cuba le animó a fichar por el Club Centro Gallego. Apenas tenía 18 años y su fútbol cautivó al Fortuna de La Habana, que lo reclutó para una gira que lo llevó a Perú.

Tras esta etapa en la isla caribeña regresó a Costa Rica, pero poco tiempo estuvo en su patria. El viaje a Europa estaba ya muy cerca, pero antes viajó a Argentina y México para probar fortuna en campeonatos más profesionalizados y de mayor repercusión mundial. Sin embargo, las inflexibles leyes migratorias en ambos países frenaron su sueño de seguir creciendo como futbolista.

La suerte de Morera hizo un giro radical gracias a Juan Bernal Alonso, español, comerciante y acaudalado que quería llevarlo a Valencia. Su compatriota Ricardo Saprissa, que vivía en Barcelona y había sido jugador del RCD Espanyol, supo que Morera llegaría primero a la Ciudad Condal y, junto a varios directivos del club blanquiazul, fue a recibirlo al puerto. Lo alojaron en el famoso Chalet de Sarriá y en abril de 1933 debutó contra el Atlético de Madrid. Recibió un alud de elogios y el FC Barcelona, que no pasaba por un buen momento, rápidamente le echó el ojo.

Con Morera llegaron también al FC Barcelona los brasileños Jaguaré y Dos Santos. La temporada 1932-33 solo jugó 9 partidos de Liga pero marcó 10 goles. En la siguiente, 1933-34, 43 partidos y 41 tantos. Y en el ejercicio 1934-35, 24 duelos y 12 goles. Hacía lo que quería con el balón. Fue un adelantado a su tiempo y el apodo de Mago le venía como anillo al dedo... “América difícilmente nos podrá mandar un futbolista mejor que Morera”, escribió la prensa catalana de la época.

El delantero costarricense fichó después por el Hércules, pero el estallido de la guerra provocó que su carrera en España tuviera un triste final. El conflicto bélico lo cogió en Hungría, donde había viajado invitado por su amigo Emil Berkessy, con el que coincidió en las filas del FC Barcelona. Después de pasarlo muy mal y sin poder llegar a España, donde tenía todas sus pertenencias (ropa, dinero...), forzó a Morera a jugar algunos partidos en Francia para poder costearse el viaje de regreso a su país. El 2 de noviembre de 1936, y después de un desplazamiento lleno de sufrimientos, llegaba al puerto de Limón. Atrás dejaba el infierno de la guerra.

Siguió jugando al fútbol, como no podía ser de otra manera. Otra vez se enroló en las filas de la Liga Deportiva Alajuense hasta que se casó. Fue entonces cuando dejó el fútbol. Era el año 1947. Entró en el mundo de los banquillos, pero no era lo suyo. Entonces se dedicó a la agricultura. Tenía cafetales y se dedicó a la producción de café en cuerpo y alma. Hasta que se arruinó... “Su corazón ayudó a la ruina económica: regalaba, daba fianzas que terminaba pagando él...”, cuenta Villegas.

Luego entró en el mundo de la política. Fue miembro del parlamento de Alajuela (1958-62) y también gobernador y presidente municipal de Alajuela. En este mundo, igualmente, llegó a ser un fuera de serie “pasando sin llenarse de cieno, cumpliendo en cada caso, como los buenos, con su deber. Solo esto dice muy bien de aquel gran hombre”, dice el autor del prólogo del libro, Álvaro Torres Herrera. 

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