Este miércoles los estamentos que conforman el mundo del fútbol español celebraron un acto con sorprendente oportunismo. Federación, Liga profesional, AFE, Arbitros y Aficiones Unidas, bajo la atenta mirada y cobertura de Miguel Cardenal, secretario de Estado para el Deporte, firmaron un acuerdo para cumplir con el juego limpio. La culminación de un trabajo de años, según manifestaron, que debía hacerse visible y efectivo en el mundo del fútbol desde hoy. Ahí estaba Villar, reflexionando sobre el juego limpio y la necesidad de erradicar las acciones contrarias al mismo. Tambien Sánchez Arminio, advirtiendo que atropellos como el pisotón de Pepe a Messi no pueden quedar impunes. O el propio secretario de Estado, afirmando que la violencia, la xenofobia o el racismo no tienen cabida en el mundo del fútbol. Hasta ahí todo buenos deseos y solemnidad. Un proyecto de tal calibre merece la máxima consideración y ayudaría a recuperar parte del prestigio internacional que se le ha esfumado al fútbol español en el último año y medio. Tiempo durante el cual un club se ha dedicado a poner bajo sospecha a todos los actores que participan del gran espectáculo del fútbol, sin que nadie pusiera freno a tanta insensatez. Pero precisamente por eso, porque quienes tenían que poner cordura han sido cómplices de la degradación sufrida, cuesta creer que, por algún arte de magia, a partir de hoy se actuará con otro rigor.
Quienes han consentido que Mourinho trate de cobardes a los árbitros, los acose en el parking, le meta el dedo en el ojo a un colega, obligue a sus jugadores a actuar como violentos macarras y permiten la impunidad de tipos como Pepe, no merecen confianza. Lo del juego limpio con tantos y tan recientes ejemplos contrarios tiene sorna, burla. Suena a chiste, a teatro del malo. ¿De verdad esperan que les creamos?
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