Tras la rueda de prensa del sábado, en la que había manifestado sus dudas sobre su continuidad, había cierta expectación para ver cómo respondía el Camp Nou y cómo respondía el propio Pep Guardiola.
De entrada, en la grada no hubo reacción. No había pancartas sobre el tema y el público tampoco mostró ninguna expresividad especial. Así las cosas, había que fijarse en los movimientos de Guardiola durante el partido. Y casi sin darse cuenta, el Barça ya recibió un gol en contra, en una jugada en la que, hay que reconocerlo, Martín Montoya no estuvo muy fino. Por eso, a partir de ese momento, el técnico se dedicó a aplaudir y a animar al canterano.
Un gran Messi dio la vuelta al partido con dos goles en menos de diez minutos y Guardiola los celebró efusiamente. Eso si, esos dos tantos le animaron a vivir con más intensidad si cabe los últimos 20 minutos del primer tiempo. Eso sí, le quedó tiempo para protestar algunas decisiones al cuarto árbitro y lamentando las claras ocasiones de gol desperdiciadas.
En el segundo tiempo, Pep siguió fuera del banquillo, como lo había estado durante el primero. Siguió sin ver claras algunas decisiones arbitrales y lamentando las nuevas ocasiones falladas por sus jugadores. Como la del minuto 19, cuando no se pudo culminar una jugada entre Messi y Pedro.
En el minuto 27, como ni se acercaba al banquillo, fue Tito Vilanova quien fue a hablar con él. Hablaron solo unos segundos y decidieron que Thiago Alcántara entrara al terreno de juego.
En el 31, cuando Cesc abandonó el terreno de juego, pareció no estar muy contento, pero el propio Guardiola lo animó efusivamente, con un pequeño empujón incluido. Fue un partido vivido intensamente por el técnico, pero también con cierto humor, como cuando en el minuto 32 Tello no acertó a chutar cuando estaba solo ante el portero. Se puso las manos en la cabeza y miró al banquillo como preguntándonse que le había pasado al canterano.
En el minuto 37, como todo el partido desde el área técnica, pudo escuchar como una parte del Camp Nou coreaba su nombre.
Y llegó la explosión de felicidad total, cuando Messi conseguía su cuarto gol de la noche: brazos abiertos y mirada al cielo. El partido estaba sentenciado.
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